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BOGOTEA, UN PASO DE JUAN TREJO

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Continuamos la serie de crónicas «Vida portátil» del escritor Juan Trejo en los Pasos de Altaïr Magazine con «Bogotea». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Esto ocurrió en la mitad del camino de mi vida. O al menos eso espero.

Había sido invitado a la Feria del Libro de Bogotá. Pocos meses antes había ganado un premio literario; de ahí la invitación. 

Llegué a la ciudad cuando estaba anocheciendo. Me recogió en el aeropuerto un tipo con un cartel que lucía un apellido que, aunque estaba mal escrito, podía pasar por ser el mío. El chófer, más bien parco en palabras, me llevó hasta el hotel en un auto grande que olía a recién estrenado. El tráfico nos permitió recorrer ese trayecto a buen ritmo, sin sobresaltos de ninguna clase. No puedo decir que viese nada de la ciudad más allá de las escasas edificaciones que surgían de vez en cuando a ambos lados de la autopista: casas bajas, curiosamente, y algún que otro almacén destartalado. Cuando los edificios empezaron a crecer hacia arriba y a concentrarse a lo ancho, a medida que avanzábamos hacia el centro de Bogotá, las luces chillonas que surgían de cualquier rincón, ya fuese de anuncios o faros de vehículos o de farolas mal alineadas, me llevaron a que dejase de mirar hacia fuera; me dolían los ojos porque mi tendencia a la fotofobia se había visto acentuada por las muchas horas de vuelo con los ojos fijos en la pantalla. Lo cierto es que no estaba interesado en captar algo que sabía que no iba a poder captar en ese momento.

Reservaba todas mis fuerzas para un fin superior: cenar en cuanto llegase al hotel meterme en la cama a la brevedad y cruzar los dedos para pasar la noche de un sueño.

No tuve suerte. Me desperté seis o siete veces durante la madrugada. Dormí poco y mal. Y tuve pesadillas reiterativas. Pero en cuanto el cielo empezó a clarear me levanté de un salto, como un resorte. No iba a tardar en pagar las consecuencias de la falta de sueño, en cuanto empezó a asentarse la implacable sensación de irrealidad, pero el hecho de tener que afrontar algunos retos en las horas siguientes me aportaba una energía suplementaria esa mañana. Aunque he de confesar que en ocasiones, sobre todo si no he dormido bien, tiendo a confundir la tensión y el nerviosismo con la sensación de estar cargado de energía.

Llegué al recinto ferial a pie, acompañado por un conocido editor español que también se alojaba en mi hotel. Recorrimos unas cuantas calles de aspecto popular, propias de barrio obrero, con mucho tráfico rodado, pero aun así tranquilas, limpias incluso. Una vez dentro, las edificaciones, los gigantescos hangares o almacenes que componían el recinto, con sus correspondientes calles asfaltadas que llevaban de un lugar a otro, transmitían un dudoso glamur trasnochado que recordaba a las instalaciones de los viejos estudios cinematográficos de Hollywood. 

A pesar de las voluntariosas indicaciones del que había sido mi acompañante hasta entonces, encontrar el pabellón en el que estaba ubicado el stand de mi grupo editorial no resultó sencillo. La Feria ya había abierto las puertas al público y una verdadera muchedumbre, formada en buena medida por estudiantes, algunos ataviados con uniformes de colores llamativos, ocupaba cada uno de los rincones de las calles que cruzaban de un sector al otro.

Los nombres y los números de los pabellones, por otra parte, parecían responder a un código hermético imposible de descifrar; imposible al menos para mí y mi cada vez más persistente sensación de inestabilidad física y mental.

Días atrás, el representante colombiano de mi editorial me había enviado un correo diciéndome que en el stand de la feria me encontraría esa mañana con Mario Mendoza, el escritor que habían elegido para que presentase mi novela. Sabía más bien poco de él. Había leído un libro suyo años antes de imaginar siquiera que me presentaría en Bogotá, precisamente a modo de documentación para escribir la novela que había de ganar el premio, pero cuando conocí el nombre de mi presentador no lo asocié ni al libro que había leído ni mucho menos al motivo de su lectura. Fue investigando en internet como llegué a conectar ambas cosas. 

Tenía claro su aspecto físico, los rasgos de su rostro al menos. Poco más. Si acaso cierta querencia suya por lo paranormal y lo escabroso. Habida cuenta de que parecía un escritor algo alejado del espectro temático en el que podía situarse mi novela, estaba intrigado por saber por qué lo habían escogido y si llegaríamos a encontrar un lugar común, a nivel intelectual, en el que compartir puntos de vista. Temía que fuese aburrido, que no me interesase lo más mínimo aquello que pudiese contarme o, lo que me parecía mucho peor, que fuese engreído, pagado de sí mismo: un soporífero experto en ocultismo de esos que se comportan como si fuesen catedráticos de Oxford.

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BOGOTÁ, UN PASO DE MARC CAELLAS

El escritor barcelonés Marc Caellas nos acerca a la capital de Colombia, una ciudad donde llueve tanto que algunos de sus habitantes han decidido tomar medidas al respecto. Un nuevo artículo de nuestra sección Pasos.


Dicen los que saben que hace casi 300 años hubo una reunión de capos en Madrid para decidir cuál sería la capital del virreinato de Nueva Granada. Unos defendían la idoneidad de Cartagena, un puerto importante en una época en la que las comunicaciones con la metrópoli eran marítimas, y otros la de Bogotá, alejada de ese mismo mar por el que llegaban piratas, ingleses o saqueadores (¿deberíamos eliminar la coma y la «o»?). Ganó Bogotá y se sentó un precedente que con la futura independencia y creación del Estado de Colombia se mantendría hasta hoy: Bogotá es la capital de un país que vive de espaldas al mar.

Me dirán que es lógico que así sea cuando el mar queda a más de 700 kilómetros por tierra, se mire por el lado donde se mire, pero sorprende más que ni los poetas más insignes como León de Greiff puedan verlo. Así empieza su Balada del mar no visto:

No he visto el mar. Mis ojos

—vigías horadantes, fantásticas luciérnagas;

mis ojos avizores entre la noche; dueños

de la estrellada comba;

de los astrales mundos;

mis ojos errabundos

familiares del hórrido vértigo del abismo;

mis ojos acerados de vikingo, oteantes;

mis ojos vagabundos

no han visto el mar…

Otro poeta, W.H. Auden, quién seguramente nunca conoció Bogotá, comparó en uno de sus ensayos la tierra y el mar. Escribe Auden que la tierra es el lugar donde nacemos, donde el paso de las estaciones crea una serie de deberes y sentimientos. En cambio, el mar es el lugar donde no hay vínculos de hogar ni de sexo, donde sólo hay obligaciones relativas al barco y las razones del viaje.

Leo en la prensa colombiana que el árbol más antiguo de Bogotá es un nogal localizado en la calle 77 con la carrera 9ª. Pronto cumplirá 200 años. Puede considerarse el ser vivo más longevo de la ciudad. Cuentan que la ruta Bogotá-Tunja estaba repleta de estos árboles. Los indígenas los adoraban. Los españoles, considerando que esto era contrario a los preceptos católicos, la emprendieron con los indefensos árboles. Quedaron muy pocos en pie. Desde hace unos años, casi todos los árboles de la ciudad tienen un número. Están censados. Un departamento de la alcaldía los protege de la voracidad de las excavadoras.

Pienso en un texto del arquitecto y narrador venezolano Federico Vegas en el que reclamaba una legislación urbana que declarara a los árboles actores principales en el diseño de la ciudad. En Túnez una ley establece que ningún edificio será más alto que la palmera más alta, asegura Vegas. Habría que exigir que ningún edificio impida el desarrollo de un nogal y «que frente a todas las fachadas los árboles tengan un lugar para formar junto a otros compañeros la fresca y digna continuidad que ya no sabe ofrecer nuestra arquitectura».

En Bogotá, 2.600 metros más cerca de las estrellas, no hay playa. Al menos no como la pensamos intuitivamente, con arena y palmeras, pero sí en cambio hay una de asfalto, con humo y alambres. Es el barrio La Playa, en el centro de la ciudad, a donde llegaron los últimos diez años jóvenes de raza negra, huyendo del conflicto armado que asola su tierra natal, el Pacífico colombiano.

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La Playa es también la ópera primera del director de cine bogotano Juan Andrés Arango. El cineasta muestra al resto de la ciudad la positiva influencia de toda esta juventud que llega a Bogotá para quedarse, para inocular a la fría capital toda su música, energía y vitalismo. El protagonista de la película se gana la vida cortando el pelo, aunque más que cortar lo que hace es usar las cabezas afros como lienzos, siguiendo una tradición que se remonta a la época de la esclavitud, cuando las madres convertían los peinados de sus niñas en mapas que permitían a sus hombres escapar de las minas en las que los habían encerrado los explotadores. Ahora la esclavitud es otra y los peinados son una especie de blog personal que estos tipos cargan orgullosos, como signo de identidad.

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