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El fin de la veranada

Más allá de los Andes
Carolina Reymúndez
 

Me llega un mail con las fechas y precios del próximo arreo en Chile. Eso quiere decir que la prueba piloto de la que formé parte hace unos meses y que ahora contaré, ha funcionado. No sé si ponerme contenta o largarme a llorar. Otra tradición local se abre al turismo.

En números, la propuesta era más o menos así: 4 días, 2.000 vacas, 80 kilómetros, 34 huasos, algún cóndor, 10 turistas, 50 machos y mulas. En letras: acompañar a un grupo de gauchos chilenos, «huasos» se dice, a buscar dos mil vacas a la cordillera, cerca del límite con Mendoza.

Más allá de los Andes, de San Felipe y del valle de Putaendo. Después de Los Patos, justo donde termina el camino de ripio y siguen las montañas. Las mismas que cruzó San Martín con su Ejército Libertador. Del otro lado de Puente del Inca, en la V Región chilena. Lejos, en un lugar donde para comunicarse se usan las señales de humo.

 

Cuando arranca el verano, los hombres de esta zona arrean sus vacas hasta los campos altos de la cordillera, donde hay vegas y se crían pastizales tiernos. Ahí las dejan entre diciembre y abril, antes de las primeras nevadas, cuando el calendario marca el fin de la veranada y el comienzo de la invernada, en tierras menos frías, más bajas.

Invernada y veranada están asociadas al concepto de trashumancia, un ejercicio que se practica en tantos lugares del mundo desde hace siete mil años, y que consiste en mover el ganado dos veces por año hacia los mejores forrajes. 

En esta historia, las vaquitas no son ajenas. Los huasos que ahora cinchan caballos y mulas son los dueños del ganado que en cuatro días bajaremos de los campos cordilleranos, que también tienen dueño: la Compañía Ganadera Tongoy, un fundo o estancia de unas 700.000 hectáreas que llega hasta el límite con Argentina. Nadie sabe bien de quién es, algunos dicen que el dueño es un suizo; otros, que es de un político conocido, aunque su nombre no figure en ningún lado. Los huasos pagan un talaje o arriendo al administrador del fundo para que sus vacas pasen el verano en tierras privadas. 

 

—El campesino no cree en política.

 

Eso opina Benedicto, uno de los cuatro hermanos Montenegro.

 

—Para nosotros, las vacas son como el banco: cuando alguien está enfermo, cuando un pariente muere, cuando sea necesario las vendemos. Mientras tanto, no se tocan. Son nuestro ahorro. 

 

En cinco meses, las vacas se dispersaron por la cordillera buscando el mejor pasto. O bueno, pasto. Porque con las sequías de estos años se come lo que se puede o no se come nada. 

En los próximos cuatro días rastrillaremos diez mil hectáreas. Los 34 huasos se dividen en nueve cuadrillas que toman distintos rumbos para poder recorrer toda la montaña y que no se pierdan los animales. 

Durante el año, estos hombres suelen trabajar como cosechadores. En la zona se dan bien los duraznos, las uvas, los nogales. De eso viven y, además, tienen estas vacas, que son su reaseguro. Para ellos es importante buscarlas y traerlas a los corrales, donde se separan y entregan a cada dueño. No les pesa este viaje, ni siquiera se lo cuestionan, lo hacen desde chicos, es parte de su vida. 

 

—Hay que hacerlo nomás, po.

Así dicen.

Parece que un compadre no pudo venir porque tenía «tres parientitos postrados», entonces mandó a un sobrino para que ayude y ponga ojo. En estos meses, las vacas pueden haber parido. Aunque lo cierto es que no muchos terneros sobreviven. En estas tierras «el león es muy habiloso» y se come las crías.  

El jefe de la expedición, quien divide las cuadrillas, organiza y pone los puntos es Néstor Hugo Arancibia Alvarado, un hombre de contextura gruesa, pocas palabras, ojos azules. Vive en la misma casa hace cuarenta años, casi toda su vida. Dice que él es como un árbol, que tiene raíces, que lo suyo no es viajar, sino andar. Pasa buena parte del día montado sobre un macho que se llama Noche y sabe donde pisa. Una vez lo tiró una mula. Se salvó, pero se queja porque el golpe en la cabeza fue tan fuerte que perdió parte de la visión. 

Cuando gana confianza le gusta hablar, pero ahora está apurado. Es cerca de mediodía y ya deberíamos haber partido. José Muñoz, alias Amarillo a pesar de ser oscuro como el carbón, le avisa que los pilcheros están ensillados, que los turistas ya se calzaron las polainas, necesarias por la vegetación espinosa, y que vamos, po

La caravana está en marcha. Mientras las mulas hunden sus herraduras en el polvo del camino, me entero de que hace seis meses que no llueve. Ni una gota. Desde el caballo, Hugo levanta la mano para saludar a Clara, su mujer. Ella le responde y lo mira alejarse. Está acostumbrada al modo de la cordillera: sabe cuándo parte, pero nunca cuándo vuelve. 

 

Hugo y Amarillo guían las gurupas o mulas cargueras, que llevan alforjas con la comida de los próximos días

 

Avanzamos hacia las montañas por el Paso del Chalaco. Se huelen aromas silvestres: plantas que seguro tienen usos medicinales, bosta, sudor de caballo. Trato de imaginar una vaca, tres vacas y después dos mil. Cómo nos organizaremos para arrearlas. Pienso en películas de vaqueros y alguien en la caravana menciona Cowboys de ciudad, con Jack Palance y Billy Crystal. 

La tarde está despejada y a medida que subimos, el río Rocín queda atrás igual que los sauces, los romeros y los árboles en general. Salvo en algunos valles, la vegetación cambia por espinos, cactus, quiscos (cardones) y arbustos bajos. Ya no hay señal de celular. Pronto usaremos señales de humo para comunicarnos (no es broma). 

Adelante van Hugo y Amarillo, que guían las gurupas o mulas cargueras. Llevan alforjas con la comida de los próximos días: lentejas, paltas, harina para pizzas, carne, manzanas, café, queso de rallar, galletitas dulces, pan. También cargan mesas, sillas, carpas, manteles, botiquín y hasta tubos de oxígeno por si alguien se apuna. 

De la logística y el costado turístico se ocupa Eduardo Finkel, un ingeniero que hace diez años cambió de vida y fundó Pioneros, una agencia dedicada a las cabalgatas con un fuerte: el cruce de los Andes por la ruta sanmartiniana. Así conoció a Hugo, que es su baquiano en esa travesía de ocho días por la cordillera. Juntos pensaron abrir al turismo esta vieja tradición del fin de la veranada. Para la prueba piloto, Finkel le propuso el viaje a cinco fanáticos de los caballos, que habrán tardado un minuto y medio en darle el sí y aquí están, entusiasmados, cubiertos de protector solar, con la mirada en el horizonte. 

El camino sigue trepando, pasamos los dos mil metros de altura, ya no se ven caseríos ni el cuartel militar ni la bandera chilena. Poco a poco, uno tiene la sensación de entrar la cordillera. Nunca de haber entrado, siempre de estar entrando. Durante todo el viaje estamos envueltos por montañas.

El primer campamento es a orillas de un río de deshielo, con truchas que los huasos pescan con las manos. Imposible buscar un lugar plano para armar la carpa. El lugar se conoce como Los llanos. Parece una broma porque aquí todos los planos son inclinados, más o menos, pero inclinados. Alrededor del río hay mallines de hierbas tiernas, verdes. Los caballos, ya sin la montura, se desperezan, beben, se retuercen, relinchan, se alimentan. Atardece. Hora de abrigarse y juntar ramitas para encender el fuego. De las vacas ni mu. 

Antes de las seis hay movimiento en el campamento. Hugo y Amarillo reúnen los animales y los ensillan, mientras Eduardo y Tatiana, su fiel colaboradora —y una mujer que también cambió de vida, dejó la oficina y se subió a los caballos— preparan el desayuno. La cuadrilla de huasos que viene por esta ruta acampó unos metros más arriba, tomó choca (sándwich de queso de cabra y un huevo) y partió. 

Seguimos subiendo. Atravesamos portezuelos y cruzamos quebradas de laja. La piedra llegó al paisaje para quedarse. Los animales la pisan con cuidado. Es tan malo el terreno que las herraduras se cambian cada tres meses. Es tan malo que más adelante me dirán que se habla de «la malura». Alguien se anima a sacar las manos de la tibieza del bolsillo para señalar un cóndor. La caravana entera mira al cielo: el planeo elegante, silencioso, atento. 

Para distinguir la próxima imagen se necesita buena vista: allá lejos, en esa ladera, vienen dos hombres a caballo. Arrean una, dos, cinco… siete vacas. 

Hugo los señala y muestra, más atrás, una columna de humo. La prendieron con tola, un arbusto que quema enseguida, y así le avisan a las otras cuadrillas que ya rastrillaron ese sector y traen el ganado que encontraron. La imagen se acerca, las vacas trotan hacia el valle.

 

—Van cayendo, se entregan. 

 

Dice Hugo y agrega que más abajo hay más hombres que les pegan un grito para que sigan bajando al valle. 

 

Muchos de los huasos que vinieron a la cordillera practican el rodeo, considerado el deporte nacional chileno. Consiste en una carrera entre dos jinetes y un novillo dentro de una circunferencia llamada medialuna. Tiene mucho de lucha contra el animal: los jinetes deben lograr atajarlo, dominarlo, vencerlo. Viéndolos traer a las vacas, queda claro que ese deporte nació del trabajo campesino. 

En el camino hacia La Vega del Salitre encontramos un grupo de treinta vacas pastando al sol y también las arreamos por un cañadón angosto. Por acá, nada de Aberdeen Angus ni Hereford. Estas son vacas criollas, bautizadas por los locales según el color. Cuando es colorada con pintas blancas se llama clavel; cuando es blanca con manchas coloradas, jardín. Si nació atigrada, lagarta y si tiene la cara blanca, mascarilla. La lista de nombres es larga, como si las conocieran una por una. Con el paso de los días entenderé que las conocen una por una. 

 

Vuelven a aparecer pequeños grupos de animales, detrás de la oreja de aquél cerro, en la profundidad de una quebrada, en la redondez de una loma. Rodeos de cinco, diez, veinte, cincuenta. Números chicos, sin los ceros de un dos mil. Al principio me decepciona no ver todas las vacas juntas, como para la foto del conjunto. La del viaje de egresados. A ver, todos ahí. Whisky. Clic. 

Como muchos, estoy pendiente del número. Lo espero. Pero a medida que avanzamos por los pliegues de la cordillera, cuando entiendo el mecanismo de búsqueda ancestral y simple, cuando hay que andar dos horas hasta el otro lado del cerro para ver si en ese mallín están los nueve novillos de Pirilo, cuando un piño de guanacos cruza rápido un campo de pastos amarillos, cuando enlazan los terneros para señalarlos; cuando otra columna de humo nos avisa que por esa ladera vienen bajando 48 vacas flacas, el número se desvanece. De repente, no importa. Dos mil ya no quiere decir nada. Quizás debería sugerirle a Finkel que cambie el título de esta travesía, que avise que las dos mil se ven por tandas. Pero después creo que no. Ese descubrimiento es parte del saber de este viaje. 

Todos los huasos de esta historia usan la misma chupalla, un sombrero de paja que los protege del sol y del frío. Se lo atan con una cinta al cuello porque es tan leve que si se volara en un día de viento llegaría hasta Mendoza. Dos o tres de los treinta tienen abrigo de polar; los demás, suéter grueso, tejido a mano. Como el de Amarillo, de punto Santa Clara. Le digo que es lindo y responde: 

 

—Me lo tejió una señorita amiga. 

 

Amarillo es soltero y según el rumor, padre de varios hijos en varios pueblos y con varias señoritas. 

Todos los huasos de esta historia parten al campo con una lata de tomate vacía que usan de taza, y una alforja —ellos le dicen maleta— donde llevan un paquetito con un trozo de pollo frío y pan. Se sientan en ronda, encienden un fuego y ponen las latas con manija de alambre sobre las brasas. Son todas iguales. Los huasos de esta historia tienen algo de espíritu socialista. 

Mientras el agua hierve, se colocan la maleta en el muslo y sacan la comida de los bolsillos. Comen. Toman té. No hablan.  

Por la noche sí se los escucha. Hoy encontramos buena parte del ganado, lograron enlazar y cortarles la oreja —para señalarlos— a cinco terneros que burlaron al puma y sobrevivieron. 

Las cuadrillas disfrutan la noche despejada alrededor del fuego. Toman pisco, están de buen ánimo. Le piden a Jorjulita, alias El Poeta y también El Sietevidas, que haga un brindis, como le dicen a las payadas. Jorjulita es otro de los hermanos Montenegro. Entonces, me mira a los ojos y ahí nomás tira un verso exprés, rimado. Lo hace con cada uno. Creen algunos que Jorjulita llegó a los cincuenta solo porque tuvo suerte. La ronda lo arenga para que cuente la historia que originó el apodo Sietevidas. Y él dice: 

 

Jue hace tres o cuatro años, para esta misma fecha. Estábamos cruzando la malura, yo apuré el caballo, se enterró y se cayó encima mío, sobre las rocas. Se me hundieron las costillas y se me salió la rodilla. No podía respirar del dolor que tenía. 

 

La mayoría de los que está en la ronda ya escuchó la historia varias veces. Pero les gusta, como a los chicos. Si se olvida una parte, se la recuerdan. Esa vez, a Jorjulita lo trasladaron en helicóptero. Su sueño era ver las montañas desde el aire, pero no pudo levantar la cabeza de la camilla. 

 

—En el hospital no me hicieron nada, la que sí me arregló fue la mamá, que es compositora de huesos. Usó una vela, un peso de cobre, un mantel blanco y me curó. 

 

Los que no hablan se ocupan de que siempre haya llamas en el fuego, para que la tertulia no termine y la noche siga. Le dicen a Jorjulita que está más cosido que un saco de papas y sueltan carcajadas. El hombre, de ojos chipeantes y dientes de castor, también se ríe. Después sigue: 

 

—Yo no sé leer, pero tengo libros. A veces viene la hija y me lee poesías, otras veces pasan meses y no llega.

 

El Sietevidas tuvo tres hijos; la última se la dio a uno de sus hermanos «que no podía tener familia». Ese hermano también está en la ronda y asiente con la cabeza cuando Jorjulita lo cuenta. Los Montenegro, una familia con un concepto amplio del verbo compartir.

Ser parte de la ronda esta noche de cordillera me confirma que tengo el mejor trabajo del mundo. 

 

Todos los huasos usan la misma chupalla, un sombrero de paja y un suéter grueso, tejido a mano

La tierra de esta ladera es blanda y se hace difícil andar. Es mediodía y hace calor. Celina Zavalía, corredora de endurance y una de las turistas fanáticas de los caballos, agita el rebenque en el aire y les grita a las vacas que van lento por un desfiladero. La siguen los perros, que ladran desaforados, el resto de los turistas y una cuadrilla de huasos. Por distintos flancos cercamos al ganado. Cada uno crea interjecciones para que obedezca: «¡Eh! ¡Oeu! ¡Uao!» Las vacas se pegan unas a otras, se amontonan, mugen, cagan y avanzan. Nos cubre una nube de polvo. Es de día, pero acá adentro no se ve nada. Tengo que parar un momento, no quiero terminar abrazada a ese cardón, sepan disculpar.

Quizás, la vaca que está bajo las ramas de ese árbol parecido a un algarrobo se detuvo porque tampoco ve nada. «Ándale que tú puedes», le grita Lucho, pero no hay caso. Está empacada como una mula. Las palabras no sirven, entonces la enlaza pero la clavel sigue sin moverse. Se cansó después de tres días de arreo, está demasiado flaca, no da más. Lo consultan a Hugo y deciden dejarla. No la abandonan; en una semana estos mismos huasos, que vuelvo a distinguir ahora que se asentó el polvo, vendrán para el rebusque. Eso quiere decir que otra vez cruzarán estos campos en busca de los animales rezagados.

Voy con Hugo por la malura, para alcanzar un rodeo en la Quebrada del Perejil. Andamos por el filo de un cerro, a casi tres mil metros de altura. Deseo que esta mula sepa dónde pisa porque un mínimo traspié y podría terminar cosida como el Sietevidas. 

La primera vez que escuché el término malura no lo entendí. Los huasos chilenos hablan rápido. Pregunté qué era y entonces supe que llaman malura a los tramos más peligrosos, altos, difíciles, pedregosos, donde las mulas bajan «refalando» entre el roquerío, donde se asustan hasta los jinetes duchos. A veces, los huasos dan vueltas larguísimas con tal de no atravesarla. La malura tiene algo de lugar endemoniado, de maldad fuera de control.

Cuando logro abstraerme de la idea, disfruto del horizonte montañoso. Cadenas sucesivas de cerros, que a esta hora del día se ven azulados.

En un momento, en el medio de una pampa alta, Eduardo B., otro turista, abogado, nostálgico, se pone serio y pega un grito: 

 

—Extraño a mi mujer y a mis hijos, ¡carajo!

 

El grito es fuerte pero se ahoga en el primer cordón de cerros. Y las señales de humo no llegan a Buenos Aires. Tendrá que esperar a que bajemos y rogar que ande el teléfono público. 

Después de sobrevivir a la malura, Hugo cuenta la historia de la nevazón. Fue hace tiempo, vinieron a buscar las vacas, como ahora. 

 

—Era una tarde fría, bien entrado el otoño y nos agarró de sorpresa un viento blanco. No podíamos ver, ni al compañero ni nada. Cuando nieva en la cordillera no hay que moverse porque no sabes si andas cerro p’arriba o cerro p’abajo. Si te pasa eso, sigue al perro, él te va a sacar. 

 

La vez de la nevazón, él y otros cinco hombres se subieron a una piedra grande y se quedaron toda la noche ahí, parados, cantando y saltando para no helarse. Casi no hay que escarbar para encontrar anécdotas de vida o muerte en la cordillera. 

—No va a llover, las nubes están muy delgadas.

 

Hugo lo anuncia con seguridad. Arreamos la última tanda de vacas por un camino de sauces llorones. Otra vez huelo hierbas. Dicen que es el perfume del pingo-pingo, yuyo que se usa para curar resfríos y dolores estomacales.

Uno de los terneros se descarrió por el monte y los huasos se meten entre las ramas a buscarlo. Le gritan y lo siguen, giran para un lado y para otro las riendas de las mulas hasta que lo encaminan hacia la manga que lo llevará a los corrales.

Los corrales de pircas donde están las vacas, tienen más de cien años. Cerca del final, por única vez, las veo a todas juntas. ¿Mil quinientas? ¿Dos mil? En esta travesía, ya saben, el número es lo de menos.

Volvimos al río Rocín y hay ánimo de fiesta. Llegó el momento de contar las vacas, separarlas y llevárselas a casa. Para los huasos es como contar dinero. Algunos, incluso, cuentan billetes porque llega gente de otros valles a comprar animales. Por eso se ven camiones estacionados y al caserío revolucionado. Es uno de los  acontecimientos del año.

En el corral principal, los huasos apartan el ganado y escuchan este tipo de frases: 

 

—Esta es de aquél, esas dos son de Muñoz, el rodeo jardín de allí atrás, del Montenegro chico… ¿y ese ternero de quién es?

 

Se monta una pequeña reunión para dirimir a quién pertenece. Los que no están a caballo miran atentos desde las pircas. El ternero no está señalado, de qué vaca podría ser, las miradas van y vienen, el animal se choca contra las piedras, corre. La decisión está tomada: se quedará en un corral hasta que estén seguros de quién es.

A pesar del sol que tomamos en estos días me imagino que nos veremos blancos por el polvo que vuela en estas pircas. Víctor Arancibia, hijo de Hugo, premiado en los rodeos campesinos, muestra un distinguido galope cruzado.

A esta hora de la tarde se siente el otoño. El sol está débil y queda poca gente en los corrales. En el camino de vuelta a Los Patos me cruzo con un huaso al que le saqué fotos durante el arreo. Es un hombre mayor, tiene la piel gruesa y arrugada. Le pido su dirección para mandarle las copias. 

 

—No mijita, yo no tengo dirección, yo vivo en el campo. 

 

Después carcajea con la boca abierta, levanta la mano y se aleja en su mula. 

 
 

Una crónica del libro El mejor trabajo del mundo, publicado por la editorial Südpol.

Carolina Reymúndez
Carolina Reymúndez
Periodista de viajes. Licenciada en Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, trabajó en La Nación de Argentina y actualmente escribe para varios medios de Latinoamérica. Enseña en EPP y Periodismo.net y acaba de publicar su primer libro de crónicas de viaje: El mejor trabajo del mundo
 
 

@carolreymundez