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EL PRECIO INVISIBLE DEL AZUFRE

Los mineros del Ijen
Pau Franch
Oriol Soler
 

Los ojos te pican. Los pulmones queman cuando tomas aire, tu sistema respiratorio se queja, lo expulsa. Tos. La respiración se acelera, inhalas más aire. Más tos. Por debajo de la máscara de gas se te cae el moco, líquido, como los que acompañan a los catarros en invierno o primavera. Levantas la máscara, los expulsas al estilo futbolista. La respiración se acelera más y tienes la primera arcada. El picor de ojos aumenta y no puedes soportar el escozor. El sol te quema en la piel, sudas a chorros. Un giro de viento te inunda de humo y cuando consigues abrir los ojos ya sólo puedes ver una tela gris. Lloras. Más arcadas. Se te vuelve a caer el moco. De fondo se oye el rugir de las entrañas de la tierra, que expulsa azufre líquido sin tregua. El olor a huevo podrido es insoportable. Tienes que salir de aquí. No tienes ningún tipo de dominio sobre tu entorno, nada que puedas alterar, la naturaleza toma sus decisiones y sólo cuando acabe la ráfaga de humo podrás volver a respirar tranquilo. Como no puedes soportarlo, buscas el camino para subir el cráter, un camino de piedras con una subida que te va a costar 30 minutos de esfuerzo, y te vas.

Algo que no puedes hacer si este es tu puesto de trabajo.

 

El Ijen es uno de los lugares más inhóspitos del planeta; extremadamente bello visto desde fuera; implacable y desolador en su interior.

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Tras pesar la mercancía y obtener el visto bueno del funcionario de la compañía minera, Ahmed Fauzi recibe la recompensa de todo un día de duro trabajo. En el primer justificante, un garabato escrito en bolígrafo referente al primer viaje al cráter del volcán indica que por 76 kilos de azufre transportados le corresponderán 68.450 rupias —unos cuatro euros y medio—, menos de mil rupias por kilo. En el segundo recibo se constata que por 78 kilos de azufre conseguidos en el segundo viaje, Ahmed recibirá 81.000 rupias, más de mil por kilo, ya que la empresa premia una segunda incursión al cráter. Con los justificantes en la mano, Ahmed se dispone a bajar la mercancía hasta el punto de recogida de la empresa minera, al pie del volcán, unos dos kilómetros más abajo. Allí recogerá el dinero ganado, y acto seguido se marchará a Banyuwangui, la población costera en la que vive, a más de una hora en coche. Al día siguiente, Ahmed no volverá al volcán. Tras seis días consecutivos de trabajo, gozará de su único día de fiesta de la semana. Lo pasará con su mujer y su hijo, a los que apenas ve. Sin embargo, la actividad en el Ijen continuará. Nunca para. Mientras Ahmed afronta el último esfuerzo del día, el cráter del volcán sigue lleno de trabajadores que, como él, se someten día tras día a las condiciones infrahumanas del Kawa Ijen a cambio de un sueldo que les permita vivir.

La legendaria meseta del Ijen es una extensa región volcánica del este de Java, en Indonesia, dominada por tres conos: el Ijen (2.361 metros), el Merapi (2.800 metros) y el Raung (3.332 metros). Las tierras que la rodean, escasamente pobladas y repletas de las mejores plantaciones de café de Java, constituyen uno de los mejores paisajes alpinos del país asiático. La aparente belleza del Ijen contrasta con la devastación que se vive en el interior del volcán. El Ijen es uno de los lugares más inhóspitos del planeta; extremadamente bello visto desde fuera; implacable y desolador en su interior. El cráter está formado por un espléndido lago color turquesa rodeado de pequeños surtidores de azufre que expulsan el material de las profundidades de la tierra a la vez que generan espeluznantes fumarolas de humo sulfúrico. Su inagotable producción convierte al Kawa Ijen en el principal punto de extracción de azufre de Indonesia, el 22% del total del Estado, y también en el desolador escenario de uno de los peores trabajos del mundo.

 

—Las condiciones de trabajo son buenas. Pagan bien y cuando toca. 

 

Así se justifica Ahmed Fauzi, que como la mayoría de sus compañeros defiende su trabajo ante la incredulidad de los turistas que se aproximan al cráter. Para Ahmed, y como él muchos otros, la recompensa económica contrarresta la dureza del trabajo. Tras pensarlo unos segundos, afirma que cada mes la suma de dinero que recibe asciende hasta los cuatro millones de rupias, un poco menos de 300 euros, lo que supone un sueldo superior a la media del país, que es de 260. Sin embargo, un tercio de su salario mensual se destina solamente a la educación de su hijo. Este, cuenta Ahmed, es el motivo fundamental por el que lleva 15 años trabajando como minero en el Ijen. Lo dice convencido. Sin resquemor alguno. Como si fuera la cosa más normal del mundo jugarse la vida cada día para poder escolarizar un hijo.

 

Con los justificantes en la mano, Ahmed se dispone a bajar la mercancía hasta el punto de recogida de la empresa minera, al pie del volcán, unos dos kilómetros más abajo. 

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Su rostro, cansado y bondadoso, no deja entrever ni el más mínimo rasgo de resignación. Parece dócil, dispuesto a responder sobre todo lo que se le pregunte aunque tenga que repetir varias veces la misma respuesta. Ahmed es un hombre tranquilo. Viste con sencillez: sudadera verde, pantalones oscuros y botas de agua. En la cabeza lleva una vieja gorra roja, y en el cuello una braga blanca que le servirá de máscara cuando se adentre al cráter del volcán. Habla despacio, en voz baja y con cierta timidez. Su inglés no es perfecto, pero se le entiende. Lo ha aprendido gracias a los turistas que visitan el volcán. Ahmed desprende confianza, franqueza y honradez. Asombra la naturalidad con la que habla de la compañía minera por la que trabaja: PT Candi Ngrimbi. Habla sin resentimiento, como si aceptara de buena gana las condiciones laborales en las que trabaja, sin mostrar ningún atisbo de querer rebelarse o entrar en una guerra que no es la suya.

 

—Nos tratan bien. Nos dan leche y comida cada día —explica. 

 

Se mantiene firme en su discurso. Defiende la empresa por la que trabaja y justifica que quintuplique el precio del azufre cuando lo redistribuye una vez sale del volcán. Su argumentación es que el transporte hasta Surabaya, donde tiene la sede la compañía, es muy caro, aunque Surabaya esté situada a tan solo 250 kilómetros del Ijen. Parece que le es más fácil obviar las condiciones laborales en las que trabaja que luchar por mejoras. Ahmed cree que si la empresa minera optara por mecanizar el sistema de producción de azufre su presencia en el Ijen ya no sería necesaria, y por lo tanto perdería su trabajo. Una tesis que reafirman muchos de sus compañeros una vez dentro del volcán.

La ladera que precede al cráter del Ijen es de una belleza tétrica. El paisaje es diáfano y seco, no hay rastro de vegetación y el gran lago turquesa que domina el agujero contrasta con el color amarillo que salpica las rocas desnudas que componen la bajada hasta el pie del lago, donde se encuentran los surtidores de azufre. Un gran rótulo rojo prohíbe bajar a los turistas y advierte de la peligrosidad del lugar, no por el aire (que ya empieza a ser molesto y que obliga a ponerse la máscara de gas) sino por el riesgo de despeñarse cuesta abajo. Todos los trabajadores del Ijen advierten que un turista francés se mató hace pocos años, aunque muchos de ellos aseguran que si se es precavido no hay mayores riesgos que temer.

La bajada hacia el cráter, con el rugir del volcán como banda sonora, la guía un camino lleno de piedras en el que uno debe tener cuidado aunque, a primera vista, hay que tener muy mala suerte para matarse. Siempre hay piedras grandes en las que apoyar las manos y falcar los pies. El malestar corporal es directamente proporcional a la cercanía de los surtidores de azufre, y los síntomas —sudor, mocos, arcadas, picor de ojor y tos, no necesariamente en ese orden— empiezan a asomarse, aunque son soportables en el primer tramo de la bajada.

 

Algunos, los más jóvenes, cargan con los cestos de azufre entonando canciones de Bob Marley —inmortal en Indonesia— y haciendo bromas los unos con los otros.

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Los trabajadores agradecen que haya personas ajenas al trabajo en el cráter e interactúan. Algunos se muestran alegres y cercanos, y retan al que pasa a cargar con sus cestas de 80 kilos de roca amarillenta, como Madrusin, que lleva 35 de sus 48 años trabajando en el cráter. Empezó a los 12, cuando dejó la escuela. No habla inglés, pero escribe en un papel todos sus datos (dirección, nombre, fecha de nacimiento y hasta código postal) en indonesio. Lleva una máscara de gas, ropa consistente y un refresco de naranja atrincherado entre las piedras de azufre. Ríe saboreando su astucia favorita cuando ve que apenas podemos levantar su cesta a un palmo del suelo. Él ya está en la mitad de la cuesta. 35 años en el cráter suponen, a la fuerza, un descenso notable de la esperanza de vida. Según la ONU, la esperanza de vida en Indonesia es de 70 años; según cálculos hechos a partir de las muertes por causas cardiorrespiratorias de los trabajadores del Ijen, no pasarán de los 50. Fuera de esos cálculos quedan las enfermedades crónicas, los bultos y la piel despellejada del hombro debido al peso acumulado durante los años, además de la fatiga descomunal de subir 150 kilos de azufre seis días a la semana.

No todos los trabajadores tienen máscara de gas para protegerse del humo como Mandrusin, los hay que tienen como única protección un pañuelo mojado en agua que agarran con los dientes. Aunque el sitio parezca deshumanizado y sólo apto para la supervivencia animal, la mayoría de los trabajadores no viven de forma dramática su tarea. Algunos, los más jóvenes, cargan con los cestos de azufre entonando canciones de Bob Marley —inmortal en Indonesia— y haciendo bromas los unos con los otros. Hay caras de sufrimiento y cansancio, pero en ningún caso dramatismo, quejas o victimismo.

 

—Sé que este trabajo es malo para la salud. Pero me da igual, estoy contento porque es un buen trabajo con un buen sueldo— asegura Hediono entre verso y verso de Buffalo Soldier.

 

En el tramo final el aire ya es irrespirable y los ojos pican demasiado; si te quitas la máscara estás perdido. El terreno es llano, los surtidores de azufre están a tocar, y el último escollo es un puentecito de madera, de unos dos metros de ancho y sin barandillas. El olor ya es insoportable y los ojos lloran a destajo. El motivo de todo está allí, sale de forma líquida y se solidifica en cuestión de segundos: el azufre.

Ese mineral tiene multitud de utilidades y es necesario para algunos procesos industriales, lo que lo convierte en un elemento preciado. La mayoría se convierte en ácido sulfúrico, que se usa para la creación de fertilizantes, refinerías de petróleo, tratamiento de aguas residuales, baterías de plomo para coches y un largo etcétera. También tiene usos que pueden parecer contradictorios cuando se prueba de primera mano su toxicidad —se dice que el lago del Ijen es el que tiene el PH más bajo del planeta, entre 0,2 y 0,3, y que por tanto en esas aguas se podría disolver carne humana—. Entre estos usos, preservar la fruta, refinar el azúcar, blanquear papel o mejorar el aspecto de la piel, las uñas y el pelo. Sus utilidades son infinitas y la explotación laboral de los trabajadores del Ijen, entre 200 y 300, una ganga: su sueldo representa sólo un 0,5% del coste operacional total. Excepto ellos, todas las partes salen ganando: la empresa vende a un precio cinco veces mayor del que paga a los que extraen el mineral, y los países del primer mundo importan ese material indispensable para la industria a precio de saldo. Según datos oficiales del 2006, los últimos disponibles, las exportaciones de azufre reportaban hasta 11.500 millones de euros, y un 32% de esta cantidad se convierte en beneficio neto para las empresas explotadoras. 

 

El malestar corporal es directamente proporcional a la cercanía de los surtidores de azufre. 

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La bajada hacia el cráter, con el rugir del volcán como banda sonora, la guía un camino de cabras lleno de piedras en el que uno debe tener cuidado aunque, a primera vista, hay que tener muy mala suerte para matarse. 

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Abajo del todo, al lado de los surtidores, está Majruki. Fue porteador y ahora tiene un cargo otorgado por PT Candi Ngrimbi, la empresa extractora, que siempre se ha negado a hablar con los medios de comunicación. Está en una tienda, pero tiene las puertas abiertas y el humo entra, de modo que es una especie de refugio-placebo. Majruki tiene la piel oscura, arrugas profundas debajo de los ojos y viste una chaqueta gris y un pañuelo amarillo. Está siete horas al día en esa tienda con ese aire irrespirable, pero es un privilegiado, ya no le toca cargar piedras como un animal. Es el encargado de supervisar los surtidores y controlar que su temperatura, que suele ser de 200 grados, no se dispare más de la cuenta. Parece indestructible, inmune a las condiciones infrahumanas del lugar. Curtido durante años y prácticamente ajeno a todo lo que le rodea. Hasta que la naturaleza dice basta. El volcán se enfurece, el viento cambia de dirección, y en cuestión de segundos todo queda cubierto de humo. La charla se termina de golpe, todo el mundo intenta persistir como puede, a su manera, individualmente. También Majruki. El instinto te hace huir, buscar aire más limpio que puedas respirar. A ciegas buscas la salida, y subes. No paras hasta que te encuentras a media ladera. Miras abajo y ves el humo incipiente que te persigue. Vuelves a subir, esta vez hasta la cima del cráter.  

De vuelta a la garita de inicio —dónde los trabajadores del Ijen pesan el azufre y reciben los recibos que les permitirán cobrar— y con la sensación de regresar a un mundo más dolorosamente verosímil que el visto dentro del cráter, la realidad extrema del Ijen vuelve a manifestarse inexorablemente. El funcionario de la empresa PT Candi Ngrimbi —que en el viaje de ida se había hecho pasar por un trabajador del volcán— se niega a responder las preguntas referentes a las condiciones laborales de los trabajadores. Se cierra en banda, alega que no habla inglés y calla. Su expresión le delata, y la charla del principio, en la que se mostró receptivo, también. Su inglés no es bueno, pero nos entiende. Finalmente, ante la insistencia de las preguntas suelta en tono enojado:

 

—¿Qué problema tenéis? 

 

Le preguntamos por las muertes vinculadas al trabajo, por los problemas de salud de los trabajadores, por el precio al que la empresa vende el azufre, por el mal estado del camino de bajada al cráter, por la mínima equipación con la que trabajan los operarios y por todas las injusticias que hemos contemplado en apenas un par de horas en el volcán. Aun así, no obtenemos respuesta alguna. Su cometido es no soltar prenda, y lo ejerce a la perfección. 

 

Majruki está siete horas al día en esa tienda con ese aire irrespirable, pero es un privilegiado, ya no le toca cargar piedras como un animal

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Cuando las personas ajenas al cráter se van, la actividad sigue.

Cada año pasan miles de turistas por el Ijen, el volcán sale en todas las guías. En ellas se habla de los surtidores de azufre, de los trabajadores, de la injusticia que supone este trabajo. Se han hecho documentales, reportajes en todo tipo de formato, crónicas del horror de este trabajo esclavo, injusto e indignante. Pero el azufre sigue ahí, el mercado también, los millones de rupias de beneficio no desaparecen, la hipocresía de Occidente no retrocede, el silencio de la empresa y de las instituciones indonesias sigue legitimando esta masacre y la convierte en consentida. Pero por encima de todo siguen ahí decenas de hombres que se acortan la vida por 300 euros al mes, que cargan como mulas 150 kilos de azufre seis días a la semana en unas condiciones pésimas, inhalando ese vaho venenoso, soportando ese cóctel asqueroso de sudor, mocos, tos, arcadas, ojos llorosos y olor a huevo podrido. La mayoría de ellos seguirán convencidos de que les va bien, que tienen mejor nivel de vida que en otro trabajo, que los jefes son buenos y que les dan leche para que no sufran las consecuencias de esas condiciones de trabajo.

Cuando las personas ajenas al cráter se van, saben que es muy difícil que esto pueda cambiar.  

 

FOTOGRAFÍAS DE ALEXANDRA FERNÁNDEZ RICO 

Pau Franch
Pau Franch

(Barcelona, 1992) es periodista especializado en política y economía. Autor del libro Memòria Oral del PSUC a través d’entrevistes amb els seus protagonistas. Ha pasado por las redacciones de la Cadena SER y Barcelona Televisió, y ha publicado alguna vez en La Vanguardia.

 
 

Twitter:  @Pau_Franch

Oriol Soler
Oriol Soler

(Nou Barris, Barcelona, 1992) es periodista. Forma parte del colectivo de acción periodística SomAtents, como miembro de la asamblea y como reportero, siempre enfocado al periodismo literario. También trabaja en la redacción de informativos de RNE en Barcelona, y ha publicado alguna vez en eldiario.es y, La Vanguardia. Hace dos años que publica una entrevista semanal en el portal Verbàlial, donde también escribe crónica y reportaje. 

 
 

Twitter: @uri__soler