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LA CIUDAD DE LOS MIL EQUIPOS

El fútbol uruguayo no se disfruta
Agustín Acevedo Kanopa

Artículo contenido en el monográfico Montevideo, la urbe tranquila de Altaïr Magazine, dedicado a la cultura, sociedad e historia de la capital uruguaya. 

 

Una española me contacta por Facebook y me dice que escriba sobre la relación entre Montevideo y el fútbol. Que profundice sobre la manera en que se conforma como el «riñón depurativo» de una ciudad. Soy el hijo de un exjugador y técnico de fútbol. Las nociones entre la ciudad y el deporte las tengo arraigadas desde los primeros días de mi vida, algo configurado como un problema incluso antes de que tuviera las herramientas mentales para procesarlo: aun no gustándome el fútbol en mis comienzos, toda la economía material y sentimental de mi casa dependió de goles, tranques, codazos y fichajes, y junto a ellos los distintos destinos geográficos de mi familia. A diferencia del resto de mis compañeros de clase, que recién conocería a mis cinco años de edad —luego de vivir en España (contrato con el Deportivo de La Coruña) y México (mi padre fue una flamante figura en la defensa del Tecos de Guadalajara)— ya tenía, por la simple posibilidad de comparar, una plataforma de nociones de lo que era un uruguayo.

Aun siguiendo por esta línea, es difícil saber la primera vez que fui a una cancha de fútbol. Capaz que ya al año, mi madre, sola, solísima en una A Coruña en la que lloviznaba todo el tiempo, me había llevado a Riazor. Pero la primera experiencia concreta que tengo de estar en un escenario de fútbol es la de un partido en el estadio Luis Franzini, cancha del Defensor Sporting Club (el primo aplicado, aburrido y tesonero de esa disputa loca y fratricida del poderoso linaje de Peñarol y Nacional, los equipos de más arraigo popular de Uruguay). No retengo imágenes concretas, sólo la existencia de mucha gente vieja alrededor de mi y el concepto intuitivo de que los aficionados que me rodeaban no la estaban pasando bien. Haciendo cálculos mentales, mi padre debía estar jugando en Racing o en Fénix, dos equipos pequeños en cuanto a seguidores y triunfos deportivos, pero esta noción de «gente no pasándola bien» es algo que me sorprende por lo bien que definía, antes de toda capacidad de conceptualización profunda, al público uruguayo. Ya fuera a la parcialidad de Peñarol, la de Nacional, la de cualquiera de los equipos chicos, o la de la selección misma.

No tiene que ver con algo únicamente vinculado al porvenir futbolístico del club, sino a una forma de posicionarse del hincha en sí. En todo partido uruguayo, cuando faltan diez minutos para que suene el pitazo final, resuena en altoparlantes la misma voz de hace más de quince años, rogando que las hinchadas logren «disfrutar» del espectáculo de una forma segura y responsable. Por supuesto, conociendo la pasión uruguaya por el fútbol (pasión que ha llevado, no pocas veces, a asesinatos entre barras bravas —incluyendo cánticos de festejo de las hinchadas por la reciente muerte—) el pedido parece bastante lógico, pero siempre me rechinó la forma en que se alojan el verbo «disfrutar» y el sustantivo «espectáculo» en la frase. El fútbol uruguayo —tanto el de la selección, como el de los equipos de su liga— difícilmente se disfruta y difícilmente suele ser un espectáculo. En todo caso, las sensaciones puras y elementales del público son las de «alivio» y «supervivencia» (todo un sentir aglutinador alrededor del triunfo épico de la entrega y la «garra» charrúa, más que por las demostraciones de buen juego). En el fútbol uruguayo no hay mayor espacio para el disfrute y el espectáculo, salvo cuando vas ganando cuatro a cero. Los uruguayos somos adictos a nuestra propia tragedia, y muy pocas veces un partido se da por resuelto, incluso cuando vamos varios goles arriba. Así, el hincha, cólico alojado en las paredes de ese «riñón depurativo», nunca parece disfrutar el partido del todo, y su gran obsequio luego de cada domingo va a ser que alguien no lo agarre de punto durante su semana laboral, o la posibilidad de ser, al menos por aquel ínfimo período, el victimario.

Sobre esto construí mi imagen del uruguayo. A diferencia de los mexicanos, a los que veía más alegres y que parecían ir al fútbol como una excusa para emborracharse y enchilarse comiendo tortas ahogadas, ya a mis cinco años decía que los uruguayos eran serios y amargados. Viendo para atrás, me doy cuenta de que esos uruguayos sobre los que elaboraba aquellas tempranas teorías eran los que encontraba en las canchas de fútbol.

 

Aficionados viviendo el partido contra Italia del Mundial de 2014 (CC Federico Moreira)

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En el fútbol uruguayo puede haber alegría, pero no hay felicidad; o al menos no esa felicidad lúdica de aplausos y deslumbramiento de quien ve un espectáculo, de quien llora en el estribillo de una canción o de quien se conmueve con una actuación. Ese micromundo descartable en el que uno sabe que luego del gran evento la vida sigue exactamente como venía siendo antes de partir rumbo al estadio. Sí hay momentos épicos, en los que uno cree que va a desfallecer o sufrir un ataque cardíaco en pleno festejo (una tradición que va desde el celebrado «maracanazo» en adelante), pero vamos al fútbol a ser testigos de algo que nos va a salvar o arruinar la vida, la vida de nuestros vecinos, la vida de nuestros cuñados, la vida de nuestros compañeros de trabajo.

Ante tal indefensión sólo hay espacio para alentar, emocionarse o putear. Quizás con la única excepción de Argentina —que es una excepción en cualquier tema que involucre la materia «hinchadas»— nunca se podría ver una ratio más sorprendente de puteadas por segundo como el que corresponde a una afición uruguaya. Generalmente hacia el juez (independientemente de cómo arbitre), también hacia el equipo rival, y no pocas veces hacia el propio equipo. La puteada es un factor integrador, un agujero en la olla a presión social de un pueblo comúnmente conocido por el resto del mundo como contenido, tranquilo, humilde, generoso, inteligente.

Desde mis cuatro años iba dos o tres veces por semana a partidos de fútbol, y una cosa que me sorprendía en casi cualquiera de ellos, ya fuera en un estadio diminuto o en el histórico Estadio Centenario (principal escenario del primer Mundial de la historia de la FIFA, reservado para los partidos de la selección y los insignes clásicos Peñarol-Nacional) era la manera en que se vilipendiaban los minutos de silencio que se conmemoraban previos a cualquier partido. Ya fuera honrando en su fallecimiento a una figura insigne de los tiempos pasados de la selección, a un dirigente de renombre de un club, al padre de uno de los jugadores presentes en el campo o un acontecimiento trágico mundial; casi siempre podía escucharse a lo lejos algún grito que rompía toda aquella solemnidad. Lo sorprendente era que, sin importar el tamaño del estadio o de la concurrencia de aquel partido, uno prácticamente podía reconocer de qué sector de la tribuna provenía tal improperio. Los aullidos de aquellos lobos solitarios se mantuvieron tan presentes y constantes que, luego de achicar el minuto de silencio a unos quince segundos, se terminó optando por un minuto de aplausos —los suficientes para poder acallar las inoportunas arengas—.

Sin embargo, en esa mezcla bochornosa entre el anonimato y el reconocimiento de aquellos gritos, había algo concreto de los estadios, de su tamaño y disposición, en los que uno podía rastrear un gen extraño pero terminantemente significativo de lo que es Uruguay con su fútbol, del fútbol con su estadio, del estadio con Montevideo.

 

Aficionados de Peñarol durante la final de la Copa Libertadores de 2011 (CC Jimmy Baikovicius)

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Los estadios son espacios centrifugadores de la masa, y en ellos difícilmente puede esperarse que algo haga muesca en el flujo de cánticos. En el Camp Nou de Barcelona, aún en un partido intrascendente contra el Getafe, las gradas siempre están abarrotadas, pero uno —al menos un uruguayo— siempre percibe a la gente como espectadores anónimos de un show de Las Vegas, un espectáculo con fuego, magia y leones regenteado por Luis Suárez, Lionel Messi y Neymar Jr. En Old Trafford, uno ve a todas aquellas personas sentadas en sus butacas, sin tejido metálico de por medio, y se pregunta cómo es que todos permanecen sentados y cómo es que no invaden el campo de un momento al otro. ¿Será que no se dan cuenta de la ausencia de vallas que los separan de los jugadores, de los jueces y del equipo rival? En la mayoría de los estadios europeos, la única noción concreta que tenemos de algo como una hinchada es cuando pasa un accidente, o algo completamente fuera de lo común —la única cara que recuerdo de un hincha europeo es la de ese pibe que se comió una patada de Eric Cantona en pleno partido del Manchester United—. O cuando algo o alguien de la tribuna irrumpe al estadio: los infaustos nudistas, los militantes esquivados por las cámaras de televisión o esos arriesgados exhibicionistas cuya carrera suele durar lo mismo que la de un flacuchento forward enfrentándose a los tackles de la selección neozelandesa de rugby.

Hablar de una ciudad y su fútbol, al menos desde las implicancias urbanísticas entre lo emocional y lo material, resulta algo sumamente tramposo. En primera instancia, porque los estadios internacionales de gran porte de hoy en día han sido pensados como no-lugares, espacios alternativos en los que las particularidades idiosincráticas del público parecen fundirse en un montón de gente usando bufandas y pelucas de colores. Un terreno liberado de los excesos regionalistas, en donde todo parecería regirse por las normas de convivencia y buenas costumbres de ese supraestado que es la FIFA. Incluso cuando los estadios pasan de usarse en los partidos de la selección a usarse en encuentros de liga, la misma arquitectura del estadio parece fomentar esa mesura y mediación lavada de las intensidades.

No es casualidad que aquellas gigantescas construcciones suelan terminar en un devenir fantasmagórico: una vez concluido el Mundial, los equipos, los sponsors y los turistas abandonan las instalaciones, y los estadios permanecen como troles convertidos en piedra tras el primer rayo de sol, sets cinematográficos abandonados de películas que nunca lograron filmarse. Sólo hace falta pensar en el último Mundial y en el estadio de Manaos, traído a pedazos y perdido en el medio de la Amazonia como el barco de Fitzcarraldo, o el multimillonario estadio de Brasilia, hoy en día oficiando de parking de ómnibus, o de paquidérmico escenario de cumpleaños o casamientos.

Siempre hay algo trágico y voluptuoso en estos escenarios devorados en su propia dejadez (esa extraña fascinación por lo ominoso que suelen producirnos imágenes de las ciudades fantasmas de Chernóbil o Fukushima). Pero en la forma en que estas megaconstrucciones se instalan en la ciudad se logra percibir un gen anticipado de este abandono. En esos casos, o el tumor se propaga matando el organismo (pienso en los estadios de Atenas, colapsando sobre sí mismos luego de funcionar como sede de los Juegos Olímpicos) o el tumor remite, cerrándose sobre sí mismo, quedando como un extraño y majestuoso desecho. Los grandes estadios suelen irrumpir con la misma verticalidad de ese cuerpo extraño: se meten en un rincón de la ciudad —a veces en una zona humilde, intentando gentrificar el barrio, no pocas veces desencadenando un montón de inconvenientes, como sucedió con los estadios olímpicos de Londres— y se expanden hasta donde sea necesario, incluso cuando su existencia interrumpe la lógica interna del tráfico, de los proyectos habitacionales de la zona o del común sentir del barrio.

Sea cual sea la intención originaria, los estadios no suelen ser inocentes. Condensan en sí mismos un proyecto antropológico de lo que se supone que es o, más generalmente, de lo que desearía ser la sociedad en la que se instalan.

 

Hinchada de Nacional (CC Jimmy Baikovicius)

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Hinchada de Peñarol (CC Jimmy Baikovicius)

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Los estadios se construyen como síntomas de una ciudad, una versión cifrada entre sus anhelos y conflictos internos, su forma de postergar la solución de los mismos, el cable suelto que hace cortocircuito en el momento menos pensado.

Es raro analizar una ciudad desde sus estadios, porque parecen, desde su misma concepción, dos organismos ajenos, el terreno de la polis dominado por la democracia y lo apolíneo, y el pan y circo del escenario deportivo, receptáculo dionisíaco de las pasiones de la ciudad. Casi de una manera sanitaria, resulta necesario mantener la distancia entre los dos sentires, separarlos geográficamente para evitar una molesta conjunción.

En el fútbol uruguayo, salvo por el flamante megaescenario de Peñarol, inaugurado hace apenas unos meses, en los últimos cincuenta años sólo se construyó un estadio, el Parque Charrúa, fruto de la obsesión por las infraestructuras de la dictadura militar que rigió desde el 73 al 85. (Hoy en día dejó de ser un escenario futbolístico, reservándose para algunos ocasionales eventos y partidos de la selección de rugby.)

Uruguay, un pequeño país de tres millones y medio de habitantes, concentra en su capital de 1.300.000 la casi totalidad de los equipos disputantes de la liga, salvo un manojo de conjuntos del interior desperdigados entre primera y segunda división. En concordancia con el hecho de que todos los equipos son gerenciados por sus mismos socios, eligiendo por votación sus directivas —a diferencia de equipos de otros países, comandados por grandes magnates que hacen del club su Xanadú personal—, la mayoría de los estadios se construyeron a la par de sus barrios, sin aparecer ahí como cuerpos foráneos. Armándose paso de una manera lenta y progresiva, construyéndose a largo aliento y de a pedazos, apretujándose a la realidad de sus escenarios.

Un ejemplo perfecto de ello es la forma en que creció el Gran Parque Central, escenario del Club Nacional de Football, el estadio en pie más antiguo de nuestro país, que al estar ubicado en un barrio residencial fue obligado a expandirse hacia arriba más que hacia sus costados. A diferencia de las megaconstrucciones que emplazan un establecimiento de un plumazo —como podría ser la nueva instalación del estadio de Peñarol, a las afueras de Montevideo— el Parque Central obedece a los lentos procesos de construcción de una catedral, creciendo sobre sí misma en círculos concéntricos cada vez más abarcativos.

Repartiéndose entre los dos «cuadros grandes» cerca del 80% de la afición total del país, el restante de la ya de por sí pequeña población montevideana se distribuye en un número extraordinariamente grande de equipos diseminados en los exiguos 194 kilómetros cuadrados de la capital. En comparación con la mayoría de ciudades del mundo, en donde uno puede encontrar cerca de tres, o a reventar cinco equipos (donde la identidad ciudadana casi que es equivalente a la del cuadro), en Montevideo la cuenta supera los 25, y a menudo genera extrañas situaciones como encontrar una misma manzana compartida por dos o más estadios. En el barrio El Prado, fundado en los albores de un pasado patricio, de cuadras largas y frondosas y antiguos caserones, si uno sigue por la Avenida 19 de abril se topa con el Parque Viera, escenario de Wanderers (uno de los equipos más antiguos del fútbol uruguayo), compartiendo predio con el Parque Saroldi, de River Plate (cuadro originario de la fusión de dos equipos próximos a la dársena portuaria, pero que terminaría mudándose en la década del 30). Ahí, las vacas de la Rural del Prado —que oficia como una suerte de frontera porosa entre ambos clubes— observan pasivamente a la gente avanzar entre banderas, generándose una extraña homologación entre las lentas colas y el cansino deambular de los animales en sus corrales. Si uno bordea el arroyo Miguelete (una extraña superposición entre su puente coronado por estatuas traídas de Francia y un distintivo hedor producido por el cúmulo de basura a sus márgenes), apenas pasando el conocido Rosedal —el sitio más insigne del Prado—, se topa con el Estadio José Nasazzi, escenario de Bella Vista, apodados «los papales» por el amarillo y blanco de su camiseta. Equipos de una afición más bien vieja, en un predio pequeño se funden distintas hinchadas que parecen beber de los efluvios de un Montevideo detenido, una aristocracia recóndita como el agua estancada en las fuentes del viejo Hotel del Prado.

La extraña convivencia de varios equipos en una misma zona geográfica no se queda ahí. En la zona de Parque Batlle, a pocos pasos del Estadio Centenario, las canchas del club Miramar Misiones y de Central Español casi comparten medianera, generándose una extraña oferta para curiosos y avezados: si uno compra la entrada de uno y se sienta lo suficientemente arriba puede ver dos partidos en simultáneo.

 

El marcador del estadio, ocultado por la afición de Peñarol (CC Jimmy Baikovicius)

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Los estadios y el fútbol uruguayo están hechos de estos pequeños errores de cálculo, esos defectos que terminan dotándole de identidad, en instalaciones en cuya imperfección se ve el registro de lo humano creciendo entre cada rincón, como el pasto que suele abrir grietas en el hormigón de las tribunas.

Uno repasa los estadios (la mayoría de ellos no mayor en capacidad a los 15.000 espectadores) y descubre detalles de un elemento íntimo que explica y define la idiosincrasia del club. Hay «canchas rápidas» y «canchas lentas», en las que la altura con que se deja el pasto agiliza o enlentece la circulación del balón. Hay canchas intratables, llenas de pozos, en cuyo mal estado se puede lograr explicar el poderoso juego aéreo de un club, obligado a confiarle al cielo lo que no se puede pedir a la tierra. A veces el cielo, más que un aliado, se conforma como un complejo dios con quien pactar, como en el Estadio Luis Tróccoli, de Cerro (uno de los equipos chicos de mayor extracción popular —y de hinchadas más fieras—, ubicado en un barrio obrero que es casi una ciudad en sí misma). Allí, el lanzamiento de la moneda inicial resulta determinante para saber quién jugará con el viento a favor que sopla desde la bahía. Y no es un asunto exclusivamente ligado a la extracción social del barrio: en el estadio Luis Franzini, de Defensor Sporting (ubicado en el coqueto barrio de Punta Carretas) durante un tiempo previo a importantes remodelaciones que terminaron paliando sus imperfecciones estructurales, la bajada en que se encontraba la cancha era un elemento a tener en cuenta en la planificación del partido.

Pero las peculiaridades no se agotan en lo estrictamente futbolístico. En la cancha del club Fénix, colocada en lo alto del barrio Capurro, con vista privilegiada hacia el Río de la Plata, los accesos suelen darse a través de unos escalones irregularísimos, que alternan el tamaño de medio pie, o un pie y medio, también cambiando de altura e inclinación, dándole al acceso al escenario —especialmente cuando está atestado de gente— cierto aire de procesión religiosa. Desde aquella cancha, siguiendo por la Rambla rumbo al oeste, en cuestión de cinco minutos de automóvil uno puede toparse con los estadios de La Luz, Uruguay Montevideo, Progreso y Cerro.

El modestísimo Uruguay Montevideo tiene en su escudo una llama, frente a la que cualquier mortal podría disparar asociaciones con una serie de referencias mitológicas, como Prometeo robando el fuego, como las antorchas olímpicas, el iluminismo francés, o con ocurrencias que van desde la masonería hasta los cultos judíos, cristianos, o paganos. Pero la verdadera referencia a la que se le hace honor es a la llama imperturbable de la refinería de ANCAP, que parece velar por aquella cancha. Rampla, a su vez, va un paso más allá que Fénix en su proximidad al Río de la Plata, habiendo sido construida por sus hinchas literalmente sobre la bahía (el hecho de que ellos mismos fueron la mano de obra para construir el estadio les valió el apodo de «Picapiedras»). La cancha está tan cercana a la ribera que una de sus tribunas no está ocupada por asientos, sino por esa misma agua a la que a nosotros, uruguayos, nos gusta llamar «mar». Ante la imponencia de tal paisaje, no son pocas las veces en que la pelota es despejada afuera de la cancha para acabar flotando entre las tímidas olas de la bahía rocosa. Una vez que la pelota se aleja como un balón Wilson desesperado por su destino de recibir patadas una y otra vez, el recogepelotas saca los remos, se sube al bote y rema hasta rescatarla.

Rampla Juniors, actualmente en la segunda división, es el enemigo íntimo de Cerro. Ambos equipos provienen de clases sociales trabajadoras que, año a año, se disputan los partidos en un nivel de tensión que cambia la dinámica de todo el barrio. Recuerdo un clásico en el estadio Luis Tróccoli en el que, al momento de entrar el equipo rival, los coordinadores del estadio pusieron por altoparlantes el tema YMCA, de los Village People. También recuerdo, unos años después —de los últimos clásicos disputados entre los dos, antes de que Rampla Juniors descendiera a la divisional B— el enojo de los hinchas del equipo Picapiedra, que al otro día del encuentro dejaron colgados en el travesaño una serie de pañales cagados y unas jeringas con sangre en el banco de suplentes, en represalia al poco rendimiento del equipo de sus amores.

 

La grada llena de afición de Nacional (CC Jimmy Baikovicius)

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El Estadio Luis Tróccoli, por su parte, con su capacidad para 25.000 espectadores, tiene el mayor aforo para un equipo chico de Montevideo, pero su localización y peculiaridades exceden lo meramente deportivo. Entre el candor popular que ronda las instalaciones, sorprende descubrir que toda su extraña fachada, compuesta de incrustaciones de piedra, hierro y otros materiales de desecho, es parte de un mural abstracto realizado por Leopoldo Novoa, un pintor y escultor gallego. La superficie, que por momentos, con sus metales clavados en las mismas entrañas del pasto, parece salida de la costa de una bahía atrincherada, formaba parte del realismo abstracto, metáfora del proceso de desintegración social del barrio. Un barrio que en plenos años 60 era escenario de luchas políticas, y un declive económico resultante de los problemas de múltiples frigoríficos en donde, en tiempos del Uruguay visto como la Suiza de América, se empleó a una cantidad importantísima de uruguayos e inmigrantes. Hoy en día, el mural, más allá de las inclemencias del tiempo, que han bañado todo de un tono oxidado, sigue impertérrito e imponente, pero casi ninguno de los hinchas «villeros» sabe que está ante un texto cifrado de lo que terminaría pasándoles como barrio. Por el contrario, unos cuántos ven esos fierros incrustados no como metáfora de denuncia, sino como una forma de treparse al estadio sin pagar la entrada.

Uno ve los partidos de fútbol uruguayo y, por fuera de ese público viejo con Radio Spica en el oído, logra ver, más allá de los muros de los estadios, gente trepada en árboles, colgada de alambrados, obreros en sus descansos observando el partido desde pisos pelados de edificios a medio construir. Pero lejos de hablarnos de una intestina «viveza criolla», parecería posicionarnos con ese particular sentir de la relación entre el estadio y sus barrios.

Incluso el gigantesco Hospital de Clínicas (obra única del arquitecto Carlos Surraco cuyos laterales dan al monumento del deporte mundial Estadio Centenario) se convierte en escenario de un extraño cambio de población. Los médicos cuentan que, durante los partidos, familiares e internados del CTI salen de sus habitaciones y se quedan en las escaleras y en los pisos 14 y 15 (áreas designadas a Ginecología y equipos de investigación de la Universidad), aprovechando la buena vista que ofrecen las ventanas a la cancha. Casi ningún médico logra descubrirlos in fraganti pero, al día siguiente, la profusión de colillas de cigarros, botellas y bolsas de snacks queda como huella de la presencia de los enfermos por el fútbol.

Pese a su escasa población y estos detalles que parecerían indicar una pobreza que atraviesa todo el deporte del país, Uruguay sigue siendo el equipo con más Copas América en el continente, con sus 15 trofeos (uno más que Argentina, siete más que el gigantesco Brasil). Además, presume de dos Campeonatos Mundiales y una fuerte exportación de jugadores que siguen erigiéndose como figuras clave en distintas ligas del mundo. La explicación a tal rendimiento paradojal está en sus mismas canchas, esas que hablan de la pasión de una ciudad, una ciudad que en los domingos parece vaciar las calles para meterse en los estadios o enclaustrarse frente a su televisión.

Los anhelos por ser sede en el Mundial del 2030 (cumpliendo el centenario de la primera disputa mundial, en donde Uruguay se coronó como campeón) ya empezaron a disparar una fiebre de especulaciones inmobiliarias sobre la necesidad de crear estadios FIFA, de esparcirlos por la ciudad como cromadas anclas cayendo del cielo. Pero difícilmente Montevideo dejará de ser la ciudad de los mil equipos, de los clubes que podrían fundirse entre sí por proximidad pero prefieren mantenerse enemigos, de los viejos y jóvenes con radio contra el oído mientras soportan las sudestadas del Atlántico, de los aficionados colgados contra los muros, inconscientes de la gravedad, las metáforas y la historia.

En un país con tan poco afecto por los grandes gestos, el fútbol es uno de los pocos rincones de lo épico, el cable pelado en donde pareceríamos revelarnos tal como somos, fuera de nuestros coquetos mantos de civilización europea.

 

En la cabecera, la hinchada uruguaya en el partido de octavos de final entre Uruguay e Italia en el Mundial de Brasil 2014 (CC Jimmy Baikovicius).

Agustín Acevedo Kanopa
Agustín Acevedo Kanopa

Hijo de un futbolista y una contadora, sus primeros años estuvieron marcados por una vida trashumante entre Montevideo, La Coruña, Guadalajara y Tokio. Actualmente se desempeña como psicólogo y periodista, escribiendo semanalmente sobre cine y música en La Diaria, el principal diario independiente de Uruguay. Ha publicado una novela y dos libros de cuentos, entre ellos Historia de nuestros perros (Estuario Editora), obra ganadora del Premio Nacional de Literatura en 2015.