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ALFANHUÍ SE JUBILA (3), UNA SERIE DE SILVIA CRUZ

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Llega la tercera y última crónica de «Alfanhuí se jubila», la nueva serie de Silvia Cruz, en la que parte junto a su padre en un viaje tras los pasos del niño Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio, que cumple este año su 65 aniversario. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


«¿Para qué?» es la pregunta que más hace Fernando. «Mira cuántos balcones», me dice mi padre señalando algunos bloques de pisos en Madrid. «Si aquí no hay procesiones, ¿para qué tanto balcón?» Vuelvo a oír la pregunta cuando atravesamos la capital para ver si, como dice Ferlosio en Alfanhuí, el cielo se tiñe de rosa, violeta y malva y no es azul, ni gris como en otros sitios. «¿Para qué?», me dice. «Para contarlo», le contesto y sonríe dándome por perdida. Camino de Moraleja, en el autocar, descubro que el hedonismo de mi padre aún está en obras. Él quiere llegar a los sitios, saber a qué va. No le importa el camino, ni se detiene en el tránsito. «Me doy cuenta de que echas mucho rato para comer», dice dejándome claro que, a veces, yo también soy una extraña para él.

En el camino de Madrid a Extremadura, hablamos de la situación política en España. Tras la repetición de las elecciones generales en diciembre de 2015, aún no se ha formado gobierno. Ganó el Partido Popular, pero no consiguió suficientes escaños para mandar sin apoyos. Hacen falta pactos y no se logran. No me atrevo a preguntarle a Fernando si ha cambiado el sentido de su voto. Él tampoco me pregunta. Aún hay reparos en hablar sobre la papeleta que uno decide meter en la urna, quizás porque a veces no refleja a la perfección lo que se defiende en voz alta. «¿Sabes que mi abuelo no quería nunca hablar de política? A su amigo El Transío también estuvieron a punto de fusilarlo y cuando hablaban los dos de esas cosas, lo hacían a escondidas».

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Me cuenta eso y no da tristeza. Lo explica y aunque sé de las penurias que pasó su familia, no imagino una escena en blanco y negro. La visualizo en colores porque de color es la fortuna y porque su voz contiene rabia, pero no queja. Y con su explicación, llena de azules, rojos y luces, mi padre se retrata: quizás no sea hedonista, pero es capaz de ver la suerte.

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«Ese parque se llama Alfanhuí, sí. ¿Qué por qué? ¡Porque así se llamará algún político!», me dice un señor sentado a la sombra de un árbol en el parque principal de Moraleja. En esa localidad de poco más de 7.000 habitantes, Luis Roso, escritor novel, me recibe y me enseña el pueblo donde ubicó Ferlosio a la abuela paterna del niño mágico. Me enseña el chopo donde él siempre imaginó que vivía la anciana que acogió a Alfanhuí. Luis tiene 27 años y ya ha publicado su primera novela. «¿Ese chico vive de su libro?», me pregunta mi padre, que sabe por mí que la tinta no da a veces para la vida. Le cuento que no, que es profesor, pero que le gusta escribir y que aspira a vivir de ello.

«Yo siempre he trabajado en lo que me ha gustado», dice orgulloso. «Quizás yo escogí algo que a otros les puede parecer muy tonto, pero a mí me gustó siempre. Uno tiene que hacer lo que le gusta». Lo dice mirando hacia el lado contrario al que yo me encuentro, señal inequívoca de que me está hablando a mí. Sé que mi testarudez le ha dado preocupaciones. Mi empeño en dedicarme al periodismo me ha empujado a una vida precaria que a él, aún cuando yo ya tengo 38 años, le preocupa. Me anima siempre, pero a su manera, como si a él la sangre también le hiciera nódulos en la garganta.

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ALFANHUÍ SE JUBILA (2), UNA SERIE DE SILVIA CRUZ

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Continuamos con la segunda parte de «Alfanhuí se jubila», la nueva serie de Silvia Cruz, en la que parte junto a su padre en un viaje tras los pasos del niño Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio, que cumple este año su 65 aniversario. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí


La Humanidad es joven. La mayor parte de los habitantes del planeta aún no ha cumplido 30 años, pero en las noticias occidentales es otro dato el que se repite. «En cada vez más países desarrollados, grupos más pequeños de población joven deberán asumir gastos más elevados por persona para costear las pensiones y los servicios de salud de los grupos de población de mayor edad». Lo dice el Fondo de Población de las Naciones Unidas y lo repica el Instituto Nacional de Estadística, que informa de que España está a la cabeza de los países más envejecidos: el 18% de su población supera los 65 años. Fernando Cruz Caballero es uno de los 8.442.427 españoles que engorda la «tasa gris», proporción de jubilados en relación a la población activa.

En la prensa de los años ochenta leo artículos donde aún los llaman «poder gris», pero la crisis que empezó en 2007 arrasó con muchas cosas, también con la calidad de vida de los pensionistas. Otra conquista arrasada fueron los viajes del IMSERSO, vacaciones subvencionadas que implantó el Gobierno socialista en 1986. Ese ocio a precio reducido permitió que mucha gente, por ejemplo mi abuela Concha, conociera el balneario de Lanjarón. Fue el primer viaje que hizo por gusto, a 145 kilómetros de su casa. «Mis primeras vacaciones las hice con 41 años», recuerda Fernando mientras esperamos un autobús en Guadalajara, donde de Alfanhuí no queda más que una guardería con su nombre. «Siempre te fijas en los más raros», dice mi padre al ver mi chasco y hurga en la herida al encontrar por su cuenta un busto de Camilo José Cela y ni un rastro de Ferlosio.

A la parada, bajo la que nos refugiamos de un sol que pica como un sarampión, llega un anciano a quien, sin dudar, dirijo la palabra. Antonio, de 88 años, contesta a todo como si hubiera venido hasta aquí no a coger un autobús sino a hacer una entrevista. Su aspecto, chupado y tostado, con boina y bastón, es muy normal, pero no su forma de expresarse: «Me falta un cacho de corazón», suelta sin temblar y mi padre me da un codazo con el que me recuerda mi olfato para lo excepcional.

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«No perdono a Dios», afirma Antonio en referencia a la muerte de su hija, ocurrida hace unos meses. «Poco antes, se llevó a mi nuera. Con lo que yo la quería». Habla con un brío juvenil y no es lo extraño, lo es que exprese sus sentimientos con tanta apertura. «Hay una parte de la inversión emocional masculina que siempre ha sido dirigida hacia la épica, ya sea la guerra propiamente dicha o sus extensiones en la vida civil: la competición laboral, las rivalidades personales». Esta es una de las formas con las que el escritor Eloy Fernández Porta contrapone las viejas masculinidades con las nuevas. La vieja forma de ser hombre es la de Antonio que aún así, habla sobre su corazón desguazado con dos extraños. También lo es la de mi padre, a quien sólo he visto llorar cuando murió su hermano hace ya tres décadas. Mi madre también llora poquísimo, pero habla mucho. Fernando sólo si se le pregunta, por eso le pedí a mi padre una entrevista.

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En ella me ha contado cosas como esta: «Los amigos más cercanos lo tenía de chiquillo a más de medio kilómetro de casa. Mariano, Manolín y Toribio. Siempre íbamos los cuatro». No frecuenta a ninguno casi desde entonces. Antonio, que siempre ha vivido en Guadalajara, me cuenta que sigue viendo a sus amistades. «Con los que quedan, claro», dice sonriendo. Mis padres quedan con otras parejas que recuperaron cuando volvieron de una emigración que duró diez años, pero ninguno de ellos es amigo de Fernando en exclusiva. Cuando se jubiló, intentamos amarlo con más ahínco, pero no sirvió de nada. Ignorábamos entonces que la familia es, a su edad, insuficiente. Lo dice el New York Times basándose en un estudio que asegura que en la jubilación, pareja e hijos son importantes, pero lo es más tener amigos. «Alargan la vida un 22%». Mi madre tiene un círculo donde no es «mama», ni «cariño», ni «usted». Es Chelo a secas. Fernando tenía ese sitio en el trabajo.

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