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Xavier Aldekoa: Historia(s) africana(s)

La historia de tres mujeres rodeadas de Nilo y de las llaves de una casa que ya no sirven para nada. Una crónica de Xavier Aldekoa en una producción de Muzungu y Altaïr Magazine

«La guerra no es solo donde caen los muertos, sino también hacia donde corren los vivos»

Parece que el mundo se para durante el mes de agosto, que Occidente se marcha de vacaciones y las grandes ciudades se despueblan, que los biorritmos se ralentizan. Pero no para nosotros, no para ALTAÏR MAGAZINE, y no para Xavier Aldekoa, con el que tendremos el privilegio de contar durante las próximas cuatro semanas.

«La ciega del Nilo» es la primera de las cuatro Voces que publicaremos de Aldekoa, periodista, corresponsal del diario La Vanguardia en África, autor del imprescindible libro Océano África y miembro de la nueva revista digital 5W y de la productora independiente Muzungu, junto con la cual producimos estas Historia(s) africana(s). Aldekoa viaja a Sudán del Sur, un país que en los últimos sesenta años ha vivido sólo diecinueve de una cierta paz intermitente. Allí, en mitad del Nilo, cerca de la ciudad de Bor, visita a tres mujeres que se esconden en una de las islas del río, a la que huyeron cuando el «Ejército blanco» apareció y arrasó su aldea, como arrasó las aldeas vecinas. No creen que volverán a salir de esa isla nunca más.

Es una de las historias. Aldekoa también viajará a la República Centroafricana y a sus ciudades fantasmales, donde las calles están vacías porque la gente vive escondida; o a Sudáfrica, a seguir la primera visita al zoo de un niño de seis años que sólo ha visto a los animales por la tele; al igual que al hombre blanco, al que solo conoce de verlo en pantalla.

Cuatro Voces en cuatro semanas, cuatro Historia(s) africana(s) contadas desde cerca por Xavier Aldekoa durante el mes de agosto. Porque en Altaïr Magazine, las buenas historias no se van de vacaciones.

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Webdocs: Europa a través del documental

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Captura del proyecto Vergessene Fahnen, de Florian Thalhofer.

El día que nació el autor de estas líneas, el centro de Londres se colapsó con el estreno de Grease y con la presencia de John Travolta y Olivia Newton-John en la premiere. Mientras tanto, Abba llenaba las discotecas y se mantenía en el número 1 de las listas de ventas del Reino Unido con este tema. Apenas una década después, Ben Johnson pulverizaba el récord del mundo de 100 metros lisos en los Juegos Olímpicos de Seul para ser inmediatamente desposeído de récord y medalla al dar positivo en un control antidoping. Si hubiese vivido en Gran Bretaña, al cumplir los dieciocho podría haber votado —de haberlo querido— a John Mayor.

Todo esto aparece al poner un nombre y una fecha de nacimiento en la web Your Story, un proyecto dentro de la plataforma BBC Taster, dedicada a la experimentación de nuevos formatos audiovisuales para el documental en la web. Con apenas ese par de datos, Your Story crea una suerte de «minidocumental» en el que se colocan en paralelo hitos de una vida (tu nacimiento, cuando eras un adolescente, tu mayoría de edad, al cumplir treinta…) con hechos históricos sacados de los archivos de noticias de la BBC británica.

El primer artículo de Arnau Gifreu en su serie de Voces para ALTAÏR MAGAZINE «Un mundo de webdocs», dedicado a webdocumentales hechos en y sobre Europa, es un auténtico parque temático virtual para cualquier apasionado de los documentales o simplemente para cualquier persona con un poco de curiosidad por el mundo. Para esta entrada del blog hemos intentado hacer un recorrido —uno breve, porque recorrer todas las posibilidades que nos da Arnau nos llevaría varias semanas,— a través del viejo continente por medio de diferentes webdocs de entre los que nos propone.

Empezamos por Francia, como hace Arnau. Nos tienta recorrer la superficie de París y nos tienta mucho más adentrarnos por sus catacumbas, pero finalmente decidimos visitar el webdoc histórico Storming Juno, sobre el papel de los soldados canadienses en la liberación de Francia durante la II Guerra Mundial. Y la entrada a ese documental nos coloca con toda rapidez en un referente rabiosamente contemporáneo: el del videojuego bélico. Un escenario estático que representa una escena del desembarco de Normandía y por el que podemos girar 360º y en todas direcciones, como si fuésemos uno más de los soldados que allí están. En diferentes puntos de esa escena de guerra hay enlaces que nos llevan a diferentes partes de la guerra: pinchar en un avión nos conduce a la aviación canadiense, pinchar en el mar, a la marina. Fragmentos de escenas dramatizadas por actores se mezclan con audios y vídeos de protagonistas de entonces, componiendo un mosaico envolvente y fascinante.

Salimos de Francia para llegar a Alemania, y si hay alguien allí que nos intriga de todos los artistas de los que habla Arnau es Florian Thalhofer, que ha creado una plataforma llamada Korsakow pensada para que el autor pueda crear webdocs sin necesidad de contar con unos conocimientos especialmente complejos de informática y programación. ¿Funciona esa plataforma, los documentales web hechos con ella merecen la pena? Probamos a ver uno del propio Florian, Vergessene Fahnen, con una idea tan sencilla como la búsqueda de los motivos por los que las banderas alemanas ondean en determinadas casas. Un álbum de fotos en movimiento, elegante y discreto, y un resultado final hermoso.

Entramos en Holanda para conocer a Zilla van den Born, una artista audiovisual que crea un documental casi banal, de sus vacaciones por medio mundo, compuesto por mensajes de Whatsapp, fotos, pequeños vídeos, selfies, lo que cualquiera haría para sus amigos. Pero Sjezus zeg, Zilla da una vuelta de tuerca perversa: todas estas historias que cuenta Zilla son mentira y todas las pruebas documentales que aporta son meras manipulaciones hechas desde su casa en Amsterdam. La artista holandesa no busca una interactividad, como hacen otros webdocs, sino que pone en cuestión los nuevos límites de la veracidad y la realidad filtrada por las nuevas tecnologías.

Terminamos el viaje por España y decidimos centrarnos en los webdocs más periodísticos. Visitamos 1 de cada 5, que funciona casi como cualquier infografía de un periódico: datos, estadísticas, diagramas que ayuden a entender una situación mejor. Pero a esto se le añaden minidocumentales, declaraciones y análisis en vídeo, haciendo que un elemento básico de la información periodística, la infografía, se enriquezca y aumente considerablemente su valor. Sencillo y directo, una forma de ampliar las fronteras del mero análisis de datos.

La suerte de poder contar con un guía como Arnau hay que aprovecharla. Leed y sobre todo explorad su Voz sobre los webdocs en Europa y no tardéis en iniciar el viaje que os propone. Eso sí, avisad en casa; a lo mejor tardáis en regresar…

 

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Martín Caparrós y los viajes del hambre

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«Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre —y, al mismo tiempo, para muchos de nosotros, nada más lejano que el hambre verdadera—.»

Si algo señala constantemente Martín Caparrós en su ensayo El hambre (Ed. Anagrama) es el hecho de que la palabra «hambre» ha perdido su significado. Es un conjunto vacío, dos sílabas sin contenido, un vocablo que no provoca reacción alguna cuando se pronuncia o se escucha. Y sin embargo el hambre es la mayor lacra de la humanidad, la que más enfermedades provoca, la que más muertos se cobra. El de Caparrós es un libro profundamente incómodo porque nos dice a todos, sin excepción, que aunque no queramos saberlo, el hambre está junto a nosotros y destruyendo todo lo que encuentra a su paso.

Los viajes del hambre es la serie de artículos que Martín Caparrós ha escrito para nuestas Voces en ALTAÏR MAGAZINE. Es una especie de cuaderno breve de notas donde el autor ha apuntado algunas de las cosas que se ha encontrado mientras viajaba por todo el mundo para documentarse para su ensayo, acompañado de las fotografías que él mismo tomó con su cámara personal. Esta semana hemos llegado al sexto y último capítulo de la serie y queríamos recordar, con apenas una o dos frases por capítulo, lo que Martín nos ha contado a lo largo de este último mes y medio.

1. Níger: «Para decirlo más o menos claro: comer la bola de mijo todos los días es vivir a pan y agua. Pasar hambre.»

2. Calcuta: «En un puesto escondido un hombre vende pescaditos rojos: en una pecera con adornos de plástico, los pescaditos rojos. Hambre es comerse los pescaditos rojos.»

3. Biraul: «Los humanos sobrevivieron, conquistaron la tierra porque saben adaptarse a tantas cosas: aquí se adaptaron a casi no comer y, por eso, millones son bajos, flacos, módicos, cuerpos que saben subsistir con poco.»

4. Chicago: «Ahora en la Bolsa de Chicago se negocia cada año una cantidad de trigo igual a cincuenta veces la producción mundial de trigo. Dicho de otro modo: la especulación con el trigo mueve cincuenta veces más dinero que la producción de trigo.»

5. Daca: «En Daca, como en tantas ciudades, el agua que los pobres deben comprarle al aguatero que pasa con un carro cuesta mucho más —cuatro, cinco veces más— que el agua corriente de los que tienen agua corriente.»

6. Bentiu: «Hay quienes dicen que el Plumpy es un típico producto de la época del sucedáneo: dulzura sin azúcar, café sin cafeína, manteca sin colesterol, bicicletas sin desplazamiento, cigarrillos sin humo, sexo sin contacto, alimentación sin comida: un modo de simular que esos chicos que no comen comen, que esos millones de paupérrimos van a seguir viviendo.»

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Una mapa de voces

Mapa-blog-Voces

«¿Habremos recorrido ya todo el mundo?»

La pregunta se formula en la redacción de ALTAÏR MAGAZINE casi por casualidad, pero es pertinente: llevamos diez meses en marcha en esta nueva andadura digital del magazine y tenemos la sensación de haber estado en casi todas partes. Vamos al ordenador y abrimos nuestra sección de Voces y un mapa del mundo al lado y nos ponemos, como se hacía antes, a clavar chinchetas en él.

«Lo que más ha sido Sudamérica, ¿no?»

Esa sensación da, aunque hemos prestado especial atención a México, que después de todo fue el material de nuestro primer 360º monográfico. Pero también hemos recorrido lugares como El Salvador, a veces para hablar de feminismo, a veces para hablar de cementerios habitados; o Colombia, asistiendo a la ceremonia de los espíritus, o Bolivia, aprendiendo medicina indígena. «¿Y Norteamérica?» La hemos visto menos, pero nos ha dado tiempo de recorrer las llanuras de Utah o de buscar oro en Klondike, por ejemplo.

«¿Estás apuntando los países africanos?»

Siempre nos ha importado mucho conocer el continente más desconocido, dejar de acercarnos a él con paternalismo o desde un punto de vista pesimista, o colonial, y tratar de conocer a sus gentes y sus ciudades tal y como son, no como las dibujamos desde los prejuicios. Y para ello hemos buscado los temas de los que nunca se habla cuando se mira hacia el sur desde Europa. De la literatura de las mujeres del norte de África hasta la situación de la comunidad LGTB en el continente; desde la comida y la cocina en Senegal hasta los sonidos y las músicas que vienen de Mali.

«Lo más difícil ha sido siempre llegar a Asia.»

Todos decimos que sí con la cabeza, porque Asia está lejos geográfica y culturalmente, porque no tenemos el agarre del idioma ni los pasados comunes. Y a lo mejor por eso nos resultan fascinantes de un modo particular Japón o Indonesia, o Birmania. Para llegar a ellas tenemos las extensiones infinitas de Siberia —y hay quien hace escala viviendo tres días en la URSS—. Y aún más lejos nos queda Oceanía, donde nos hemos acercado a conocer la lengua de signos de los aborígenes de Australia.

«El problema de Europa es que todos creemos ya conocerla.»

Uno de nosotros dice que de eso nada, que aún nos queda muchísimo por conocer. ¿O es que acaso todo el mundo cree conocer los volcanes de Islandia y cada barrio de París? Si ni siquiera en España podemos decir eso, donde nos hemos recorrido la meseta con los pastores trashumantes, la marina gallega más salvaje o los pirineos en mulas, como se hacía antes.

Y sí. Echando un vistazo al mapa lleno de chinchetas nos damos cuenta de que hemos estado incluso en el profundo océano. Entonces, ¿habremos recorrido ya todo el mundo?

Nos reímos. No. Apenas acabamos de empezar.

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El mediterráneo que hace aguas

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Hotel ilegal en la playa española de El Algarrobico, en pleno parque natural almeriense, paralizada a la espera de que se ordene su demolición (Fotografía de Juan Luis Sánchez – CC BY-SA 2.0)

 

Al acercarse por la autopista a la costera ciudad de Benidorm, el periodista vasco Íñigo Domínguez —que nunca había visitado la ciudad— esperaba encontrar primero un desvío, una indicación de la propia autopista, después un urbanismo gradual, progresivo. En cambio, al culminar una subida, se encontró de repente frente a un bosque de rascacielos que se alzaban sobre la nada, gigantescos, invasivos y futuristas.

Domínguez describe la escena, que forma parte de su libro Mediterráneo descapotable. Viaje ridículo por aquel país tan feliz, como reviviendo la incredulidad —«no todo lo que nos provoca fascinación es admirable», recordaba— que le generó aquella llegada a la capital del exceso veraniego e inmobiliario del Levante español. Tuvimos la suerte de escucharle en persona en la presentación de libro (editado por Libros del K.O.) que se realizó el pasado día 28 en la librería Altaïr de Barcelona, acompañados por el veterano periodista Enric González.

Como bien decía el propio González, el efecto de la hilarante obra de Domínguez es similar al que no podemos evitar repasando la realidad de la burbuja económica, que en 2008 estalló dejándolo todo perdido de ladrillo muerto y bancos malos: «Provoca una carcajada, pero después, inevitablemente, llega el escalofrío».

La realidad de la crisis en el Mediterráneo, su pre y su post, ha sido tocada desde el periodismo narrativo y sus aledaños por varios libros que se emparentan con Mediterráneo descapotable. En su reseña para Altaïr Magazine, Pere Ortín ya mencionaba el periodismo punk de Robert Juan-Cantavella en la novela El Dorado, y su visita alucinada al complejo vacacional de Marina d’Or (del que Domínguez recordaba en la presentación «el plan anunciado para construir pistas de esquí al pie de las playas»).

De fondo, están también las enseñanzas de Hunter S. Thompson y David Foster Wallace, maestros de la inmersión en el absurdo del ocio moderno. Pero no hay que olvidar que la crisis (económica y moral) ha recorrido todas las costas del Mediterráneo, no sólo las occidentales. Por ejemplo, desde una clave económica, ¡Vended vuestras islas, griegos arruinados!, obra de Stephan Kauffman e Ingo Stutzle publicada por Hoja de Lata, analiza el cariz xenófobo que adquiere en Alemania la crisis económica griega a partir de un titular del tabloide Bild.

Hablando con Domínguez, corresponsal de El Correo en Roma desde hace 14 años, es imposible que no salte también la cuestión de si España se italianiza o no: actitudes mafiosas, desconfianza del Estado, despilfarros… Él remarca las distancias, sobre todo temporales: que el boom italiano llegó en los años 50 y 60, que los italianos afirman que arruinaron sus paisajes costeros en momentos más inocentes, «cuando no se era consciente del valor de esas cosas». Mientras tanto, en España, en Almería, el hotel de El Algarrobico, cuya imagen encabeza estas palabras, aún sigue en pié, recordándonos los años de falso vino y falsas rosas.

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El documental o la realidad personalizada

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Hoy comienza la Mostra de Documentals de Sagunt «.DOC», en la que ALTAÏR MAGAZINE participa como Medio Oficial y cuyo programa puedes consultar aquí.

«Los documentales son una herramienta formidable para intentar comprender el complejo mundo que nos rodea. Ofrecen respuestas y alimentan incógnitas que nos permiten reflexiones necesarias. Son testimonios que reflejan realidades, quizá la característica fundamental de casi todos ellos.»

Nuestro colaborador Fran García empieza su Voz de hoy en ALTAÏR MAGAZINE con estas palabras, una declaración clara y sin fisuras: los documentales son un medio de comprensión del mundo y verlos es un modo de observar y analizar la realidad que nos rodea desde un prisma más completo.

Hace poco más de una década, el cineasta Michael Moore ganó el Oscar a la mejor película documental por un largo llamado Bowling for Columbine, que fue un éxito de taquilla inesperado en todo el mundo, precisamente por su condición de documental, ese hermano pobre y sin ribetes dorados del cine de ficción. La película partía de la terrible matanza cometida por dos estudiantes del Instituto Columbine, en Colorado, quienes asesinaron a quince personas en abril de 1999, para intentar comprender las razones últimas de la violencia existente en la sociedad norteamericana. Pero lo cierto es que la película no «es» la realidad. El documental narra el propio viaje del director por esa realidad, su descubrimiento de lo que ocurrió, sus conclusiones. Porque el documental, el buen documental, es mucho más un ensayo o una tesis que un libro de historia.

Uno de los grandes éxitos sorpresa de la temporada pasada en el cine fue Searching for Sugar Man. La película, dirigida por el malogrado Malik Bendjelloul, cuenta la historia de Sixto Rodríguez, «Sugar Man», un músico que grabó un único disco en los años sesenta y que luego desapareció, y cuya música se convirtió en un fenómeno de masas en Sudáfrica en los años ochenta. Pero en realidad la película no es sobre Rodríguez, sino sobre los dos fans sudafricanos que a principios de los noventa decidieron investigar qué había sucedido con aquel cantante, y el documental refleja el viaje de esos dos hombres, sus descubrimientos, su sorpresa. No cuenta la realidad que sucedió, sino la realidad que vivieron ellos.

¿Es La sal de la tierra un documental sobre la vida del fotógrafo Sebastião Salgado o en realidad está hablando de un hijo hablando de su padre? ¿Es The Act of Killing un documental sobre las atrocidades de la dictadura indonesia o un ensayo sobre el horror que siente su director, Joshua Oppenheimer, al escuchar los relatos de aquellos verdugos? ¿Es Seré asesinado un retrato de la corrupción y la mafia en Guatemala o es una expresión del puzzle policíaco que tuvo que resolver el realizador Justin Webster para poder filmarlo? ¿Es El impostor un documental sobre un suceso de la Norteamérica más profunda o es en realidad el modo que tiene su director, Bart Layton, de hablar de su propio escalofrío ante el miedo al doppelgänger, al otro yo que usurpa tu lugar en el mundo? ¿Es, en fin, The story of film una serie sobre la historia del cine o es la historia del cine que Mark Cousins cree que merece la pena ser contada?

(La plataforma de VOD Filmin cuenta con una selección de casi seiscientos documentales a disposición de sus usuarios)

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JON LEE ANDERSON, EL GRINGO MÁS RARO DEL MUNDO

Durante el festival de literatura amplificada Kosmópolis 2015, que se celebró en Barcelona en fechas recientes, Pere Ortín y Paty Godoy tuvieron la ocasión de encontrarse con Jon Lee Anderson para realizar una entrevista que podrá verse próximamente en Altaïr Magazine. Aquí ofrecemos una crónica de backstage realizada por Berta Jiménez, de la revista Zero Grados.

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«Negociemos… ¿Cuál es el precio de mi ausencia?»

Cuando se entera de que vamos a entrevistar a Jon Lee Anderson sin él y mientras intenta conseguir su habitual café americano, Martín Caparrós bromea con Pere Ortín, director de Altaïr Magazine, sobre el encuentro que esa tarde y en el festival de literatura Kosmópolis, ambos tendrán para charlar sobre el hambre y la guerra.

Entre risas y referencias boxísticas sobre la velada que nos espera con dos pesos pesados de la literatura periodística, dejamos al cronista del hambre de camino a una hackaton de «periodismo de datos» (sic) y nos encaminamos a nuestro encuentro con el cronista de la guerra.

La entrevista con Jon Lee Anderson está programada para las once y media, pero el reportero de The New Yorker se retrasa casi una hora, y eso que su reloj de muñeca, de tira de cuero roja bien desgastada, está en hora. Él, consciente de nuestra cita, nos esperaba en su hotel, no en el CCCB de Barcelona. Malentendidos inevitables.

Al fin llega, con su cara de yankee de Long Beach, su acento de colombiano de Barranquilla y su camisa africana comprada en Liberia. Una mezcla de miradas, culturas y pensamientos, que bien describe lo que ha sido su vida.

«Eres un gringo bien raro», ríe Pere Ortín mientras discuten por un café con una de esas máquina suizas infernales que han encapsulado el sabor de una infusión. Hijo de una «multitalentosa» escritora de novelas juveniles y de un «nómada»; hermano de dos norteamericanos, una china y una costarricense, Jon Lee Anderson vivió en ocho países hasta los 18 años y no olvida cómo a los doce años, cuando vivía en Estados Unidos, lo llamaban «el chino blanco» (white chink) por haber interiorizado tanto la cultura asiática. Eso sí, tiene claro que con su aspecto nunca deja de ser «gringo en todas partes» a las que viaja.

Una vez preparado el equipo y sentados los conversadores —Ortín y Anderson— la entrevista todavía se demora. Ambos charlan de amigos cronistas comunes, de la crudeza de un país al que adoran, México, y que pasa por momentos muy difíciles: «Monterrey es una ciudad Zeta» concluye Jon Lee Anderson. Entre disquisiciones varias, Ortín le hace entrega de un regalo especial: Cinco Viajes al infierno, el libro de Martha Gellhorn, una de las periodistas más admiradas por Anderson y en una edición en español —de la colección Heterodoxos de Altaïr— que Anderson no conocía.

A pesar de que el tiempo no corría a nuestro favor, la conversación sigue siendo tranquila y distendida —porque si algo es Jon Lee Anderson es tranquilo—; el tono y la atmósfera del encuentro son los propios de una charla entre amigos.

Bucean en la actualidad política, de Siria a Ucrania, de Guinea Ecuatorial a México, hablan del «poder transformador de la empatía», de las diferencias entre «mirar»y «ver» y de los ojos con los que hay que observar el mundo para ser un buen cronista —que en el caso de Jon Lee Anderson, según afirma, son los de «un niño», con esa capacidad de sorprenderse y esa dificultad de atarse a una sola realidad—.

Durante la entrevista, Anderson confiesa que el hecho de que su nombre aparezca entre el de grandes figuras del nuevo periodismo literario como Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote o Gay Talese es una «errata» que le hace muy feliz, aunque añade que es muy joven para pertenecer esa lista.

Anderson y Ortín discuten, mucho más allá del tiempo previsto, sobre cosmopolitismo, los peligros de la vuelta de los nacionalismos identitarios, el gran peso de la historia y lo difícil que resulta reconocerla. Comparten su oposición frontal a todo dogmatismo. «Somos más patológicos de lo que creemos», afirma Anderson, que, tras expresar opiniones contundentes y nada políticamente correctas sobre lo que sucede en el mundo musulmán, opina que el mal cercano siempre resulta el más incómodo: «Los judíos en Europa son molestos porque recuerdan el Holocausto. Hablar de eso sería uncool en una redacción».

Jon Lee Anderson se mueve mucho y gesticula cuando habla. Los focos con los que se ilumina la grabación de vídeo hacen que en la pared y detrás de su cabeza se cree un juego de sombras chinescas que provocan que tengamos ante nosotros a un Jon Lee Anderson completo y natural, desde sus orígenes nómadas a la actualidad de gran reportero de The New Yorker. Una entrevista larga y profunda, tan larga y profunda como una conversación entre amigos a la que, por desgracia, no pudo asistir Martín Caparrós.

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El regreso a casa como género cinematográfico

Cuando tenía diez años, el artista canadiense Mike Simons hizo su primer viaje solo, sin sus padres. Con su equipo de hockey, cogió una avioneta hasta Pine Point, una pequeña población de los Territorios del Noroeste canadienses construida al abrigo de la mina que sostenía la economía del lugar. En 2010, Mike recordó aquel primer viaje de su infancia y buscó, en un arrebato nostálgico, Pine Point en Internet, para ver qué había sido de aquella población. Pero Pine Point ya no existía: en su lugar sólo había desierto y arbustos, no quedaban casas, o la escuela, o los bares. Ni siquiera figuraba ya en los mapas.

Ver el documental interactivo Welcome to Pine Point, de Mike Simons y Paul Shoebridge.

¿No es ese acaso el miedo atávico de todo aquel que abandona el sitio de su infancia y tarda una vida en volver? ¿Regresar allí y descubrir que todo ha cambiado o, aún peor, que ya no queda ningún lugar al que regresar?

En 1982, el escritor uruguayo Mario Benedetti publicó la novela Primavera con una esquina rota. En ella aparecía por primera vez el concepto «desexilio», una palabra que el autor utiliza para designar a ese proceso por el cual un exiliado, al regresar a su patria, no la reconoce como propia, de manera que está condenado a ser exiliado para siempre, pese a poder volver al lugar donde nació.

Esta semana Mario Trigo nos hablaba en su Voz «Retorno al país natal» de la película Images d’un retour au pays natal, en la que su director, Gilbert Ndunga-Nsangata filma, cámara en mano (literalmente), su regreso ilegal a su República del Congo natal, que abandonó quince años atrás para refugiarse en Barcelona. Gilbert va a cumplir con su obligación de primogénito, a visitar a su madre, que afronta los últimos días de su vida. En el viaje, la inquietud por burlar a las autoridades y poder entrar en su país se mezcla con el temor de no reconocer la tierra que lo vio nacer, o quizás de no reconocerse a sí mismo en ella.

Lee la Voz «Retorno al país natal. Memoria, familia y Guerra en el Congo», por Mario Trigo.

Un viaje parecido al que hizo en 2010 Alphonse Zannou, padre del cineasta español Santiago Zannou, quien a instancias de su hijo regresa a su Benín natal cuarenta años después de haberlo abandonado en busca de fortuna en Europa. La puerta de no retorno es un documental amargo desde su concepción, porque no solo muestra el miedo del exiliado al regreso sino que sobre todo habla del pago que conlleva ese retorno: la obligación de revisar la propia vida desde el momento en el que se abandona el hogar hasta el momento en el que se vuelve. Y a veces lo que se contempla, como en el caso de Alphonse, es la crónica de un fracaso vital.

Lo dice Jonas Mekas en su imprescindible Reminiscencias de un viaje a Lituania, de 1972, crónica en tres partes de un exilio que empieza enseñando la llegada del exiliado al nuevo hogar (Nueva York, en este caso) y continúa mostrando el regreso al punto de partida:

«Nada más partir, empezamos a volver a casa, y todavía estamos volviendo. Aún estoy en mi viaje rumbo al hogar. Te queríamos, mundo, pero nos hiciste cosas terribles.»

Porque volver siempre es, en cierto modo, un ajuste de cuentas. A veces una búsqueda de perdón, como le ocurre a Alphonse. Otras veces es quien vuelve el que tiene necesidad de perdonar a la tierra que le vio nacer, como le ocurre a Terence Davies con Liverpool, y la sociedad ultracatólica y opresiva que le hizo vivir su infancia con terror al infierno por sus pecados y su orientación sexual. Of time and the city es su particular modo de decirle a la cara a su ciudad todo lo que tenía que decirle, para después, inevitablemente, perdonarle y confesar que jamás ha podido desprenderse de ella.

Al fin y al cabo, como Mike en Pine Point, como Gilbert en el Congo o Alphonse en Benín, como cualquiera que haya vuelto a sus orígenes después de muchos años ausente, lo que deseamos de todo corazón es que todo esté allí tal y como lo dejamos, inmóvil, esperando por nosotros. Cuando Manoel de Oliveira, ya nonagenario, vuelve a su Oporto natal en Porto da minha infância lo hace para intentar recrear una ciudad que ya no existe, fantasmal, porque lo que busca es tener un lugar donde poder ver el sitio del que viene, y no el sitio en el que se ha convertido.

El resumen perfecto lo da el propio Terence Davies al comienzo de Of time and the city. Volver a casa va mucho más allá de un acto físico: es un acto mental, sentimental y profundamente visceral.

We love the place we hate,
then hate the place we love.
We leave the place we love,
then spend a lifetime trying to regain it.

(Terence Davies, Of time and the city)

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Martín Caparrós: mirar hacia el Otro

MARTÍN CAPARRÓS_HAMBRE2«Uno de los primeros trucos de manual es hablar —si acaso, cuando no queda más remedio— de un hambre impersonal, casi abstracta, un sujeto en sí mismo: el hambre. Luchas contra el hambre. Reducir el hambre. El flagelo del hambre. Pero el hambre no existe fuera de las personas que la sufren. El tema no es el hambre; son esas personas.»

El problema con Martín Caparrós es que la conversación siempre se te queda corta, siempre quieres escucharlo un poco más. Echamos dos horas en la entrevista que le hicimos para nuestras Voces en ALTAÏR MAGAZINE y sudamos tinta y píxeles para dejarla en trece minutos. Casi un cuarto de hora de vídeo en la Internet de 2015, pura transgresión.

El catarro y la tos con la que venía no le impidieron hablar de todo lo que le apasiona: de su amistad con Juan Villoro y el viaje común que hicieron a Corea del Sur, de su faceta como fotógrafo, de El tercer hombre, de su pasado como director de una revista de gastronomía y de esas nuevas estrellas de rock que son los cocineros, de Boca Juniors —cómo no hablar de Boca— y del periodismo deportivo; de Bután, ese país tan pequeño y desconocido del que casi nadie habla y al que quiere ir para hablar de él.

También hablamos de nuestro proyecto en ALTAÏR MAGAZINE, de escribir contra las demandas del lector y complicándole la vida, de la crónica periodística que buscamos hacer y que tanto se opone a esa «crónica caniche» de la que le hablaba a Jorge Carrión en una entrevista hace no tanto:

«Esta crónica manierista que se regodea en la búsqueda de los personajes más extravagantes, que en lugar de contar nuestras sociedades quiere contar sus rarezas. No sé dónde empezó, pero me parece que la cuestión se agravó mucho últimamente, con esta eclosión cool de la crónica, con este acceso de la crónica a los salones elegantes de la literatura en castellano. Y te tomo la palabra «domesticación»: me gusta, me preocupa. Una domesticación formal, temática, política. Contra esa crónica que se reivindica marginal e intenta molestar, oponer, criticar, activar, una crónica caniche, bien peinada, ladrando agudito, tan a gusto en su cojín morado.»

Y, por supuesto, hablamos de El hambre. Del libro y del concepto, del hambre en general y del particular, del hambre en abstracto para el Primer Mundo y del hambre en concreto para los que no están en él:

«El hambre mata más personas cada año —cada día— que el sida, la tuberculosis y la malaria juntos, y no existe. El hambre no participa del misterio, las sombras insondables, lo inmanejable de la enfermedad: la impotencia frente a lo incomprensible. El hambre se entiende demasiado, aunque no exista: es un invento del hombre, nuestro invento.»

Los hambrientos son una incomodidad para la sociedad occidental, es un lugar donde no se quiere mirar y se finge que no está. Señala Caparrós que vivimos en una falacia estadística que dice que el hambre está repartida en uno de cada nueve habitantes del planeta, cuando en realidad no se reparte sino que se concentra en «el Otro Mundo», los Otros, la molestia, el peso muerto.

Termina la entrevista, aunque queramos más, y Martín Caparrós deja caer como por accidente una frase que lo resume todo: «Al final uno nunca será el otro».

Puedes ver la entrevista completa a Martín Caparrós en nuestras Voces en ALTAÏR MAGAZINE