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DEVORAR EL DOURO

La niñez es un sentido
Silvia Cruz Lapeña
Jordi Brescó

- Dime, Huck, si encontramos un tesoro aquí, 

¿qué vas a hacer con lo que te toque? 

- Pues comer pasteles todos los días y beberme un vaso de gaseosa, 

y además ir a todos los circos que pasen por aquí.

Las aventuras de Tom Sawyer

 

Hoy, a media mañana, mi cuerpo se quitó de encima nueve almanaques y medio. Pasó en un coche negro, cuando observaba el modo en que dos hombres jóvenes hablaban y se conocían. Fue en una curva donde sin darme cuenta me sorprendí sumando sus vidas con la mía y las dividí entre tres: así volví a la edad en que dejé de fumar.

Cuando tomé aquella decisión, sentí que estrenaba cuerpo, y no me sentí más adulta, ni más responsable, sino más niña, más limpia, tierna de nuevo. Entonces, como hoy, me volvieron a brotar el paladar y el olfato y un sexto sentido que me hizo creer durante un tiempo que todo tenía arreglo.

Vuelvo a notarlo: desde que hice esa media dejó de dolerme el cuello, no preciso ni las gafas y siento que peso menos. Hay quien lo llama esperanza.

Así de aliviada llego al primer destino de un viaje de diez días que me llevará por los pueblos que bordean el Douro portugués. Empezamos en Miranda, ciudad entre España y Portugal, donde nos ofrecen carnes que se prometen tiernas pero son líquidas.

«Come, come», dice Carlos Ferreira, presidente de la asamblea municipal, que nos habla de la literatura de su ciudad compartiendo mesa y platos con nosotros. Paula, la dueña de la casa rural Cimo da Quinta, quiere que repitamos, que comamos más, chocada como está de que nos sorprenda tanto la ternura de una chicha que sin que el paladar la roce se vuelve jugo.

Desde ese almuerzo, me alimento como si toda esa energía me hiciera falta. Y no me duele el estómago, ese que siempre me alerta de las malas noticias o de un exceso de nervios, pues desde que olí la región de Tras-os-Montes nada perturba mi cuerpo.

 

Miranda do Douro tiene idioma propio, vacas con denominación de origen, corderos churros, cabritos serranos y unos acantilados, como el de São João das Arribas, donde da miedo asomarse, más cuando al vértigo de la altura hay que sumarle el que da haber cambiado de edad.

En esta región deshabitada se forma un valle en altura que tiene vistas al río, al que seguiremos observando La Raya, línea imaginaria que separa ambos países. Lo haremos por tierra y a ratos, también por agua, y el Douro será la mayoría de las veces guía y en otras ocasiones, sólo aliento.

Navegamos en un barco con techo de cristal en el que hacemos un viaje amniótico: es por la voz de Laura, que nos conduce por las Arribes entre precipicios por los que se vislumbra La peña del Oso, avechuchos o milanos en medio de un vergel rocoso y de frontera. La cadencia con la que habla me recuerda a mi madre y al darle las gracias con la mirada, la recorro entera y veo que está embarazada.

 

Nada interrumpe mis digestiones, ni siquiera lo sinuoso de la carretera, pues Rómulo pilota como si llevara un siglo al mando de ese volante. Yo no conduzco, me niego. No sé, ni me interesa pero miro con atención a quien lo hace. A veces esa mirada es vigilancia, una mezcla de desconfianza y de miedo que me empuja a fiscalizar las manos, los pies y las decisiones de quien ha tomado el mando.

Este no va a ser el caso: desde aquella curva en que cambié de década sé que con Rómulo yo podría viajar y ver con los dos ojos cerrados. Iba a ser nuestro guía pero es, desde el primer momento, un trozo de mí. Me pasa igual con Jordi, que ayer era fotógrafo y periodista, pero hoy faltaría a la verdad si lo llamara sólo compañero. Los miro y asumo, para narrarlo mejor, que sin ellos este paisaje significaría otras cosas.

Por eso transito la Nacional 222 sin pizca de miedo. Una carretera llena de eses hecha a imagen y semejanza de un río al que acecharemos como se acechan las sombras. De aldea en aldea, cruzando freguesias y concelhos, como si fuéramos tres niños huidos a los que nadie saldrá a buscar.

 

En todos los pueblos comemos alheira, embutido que puede contener gallina o cerdo, pan, pimentón, ajo u otras especias dependiendo del lugar. Aplastarlo contra el cielo de la boca no me ablanda el corazón como el modo en que cada anfitrión afirma que el de su localidad es el mejor. No me enternece la competición, sino el orgullo por el origen, la tierra y sus productos.

Lo noto en Mogadouro y frente a un plato de hebritas verdes que creo brotes, porque donde yo vivo la fiebre por la juventud ha tocado a las lechugas. Esto se llama meruges y crece junto al agua dulce. Mastico esa hierbita esmeralda a la lumbre del Restaurante A Lareira y aunque es primavera, la leña sobre la que se hace la ternera y quienes me hablan, me hacen sentir como si fuera invierno y no pudiera haber mejor cobijo.

Una de esas personas es Gina, la concejala de Cultura. El otro es Francisco, dueño de A Casa de Cancela, donde dormiremos esta noche. Cuando él arranca a hablar, el poco portugués que sé se me oxida en los oídos. Claro que me interesa lo que ese hombre de antebrazos anchos y pelo cano quiera contarme, pero no quiero oírlo de su boca, pues al mirarme a los ojos le barrunto una tristeza. Y no hallo la manera de evitarla.

 

Como si lo intuyera, Rómulo me protege y empieza a traducir. De ese modo, se interpone entre la tristeza de Francisco y mi empatía, y yo le doy gracias por sujetarme la pena. Así sé que ese señor de ojos azules abandonó Lisboa para volver a su pueblo y levantar un hogar en el que él y su mujer acogerían huéspedes, pero ella murió antes de que la obra acabara y por eso él siente que lo único que tiene es una casa.

En ella nos atiende como un abuelo que te ofrece una piscina, una cocina llena de comida y una cama grande en la que esa noche sueño que Francisco se sube a nuestro coche negro, y aumenta nuestra edad pero merma la suya, y así logramos que su calendario se mueva hacia atrás y su esposa vuelva.

Por la mañana, en la mesa, Francisco nos ofrece un desayuno que incluye una mermelada que hace con sus frutas y sus manos y la unto y la ingiero porque su dulzor me sigue restando años y alegra a mi anfitrión, que antes de irme me regala un bote de la que hizo hace poco con calabazas y que a mí, caray con la ternura del Norte de Portugal, me hace creer en los cuentos.

De camino hasta el próximo destino me doy cuenta de que no van a servirme los relatos de esta ruta que escribieron Julio Llamazares o José Saramago. «El viajero que llega…», dicen de sí mismos en esos textos como si fueran otros y yo me pregunto a qué viene esa tercera persona en una tierra que nada más olerla te perfora el hueso y te pregunta qué haces si estando en el mundo no lo devoras.

No soy «la viajera», soy yo la que anda, mira y paladea. La que recoge jazmines y en un gesto casi olvidado, los coloco entre mis pechos emulando el modo en que se perfumaba mi abuela, de la que aprendí a arrancar y estrujar yemas para que en los gestos cotidianos regresara ese olor a madre que desprende cualquier flor que se te muere en el plexo.

Eso no puede contarlo «la viajera». Y además, me digo saliendo de Mogadouro, ¿en qué lugar de Tras-os-Montes meto al ‘yo’ para que no se oiga? ¿Cómo se explican en tercera persona las coincidencias? Y me respondo, mirando a Jordi y a Rómulo, que quizás pueda hacerse en las novelas, género que, como la conducción, yo no practico.

 

Si el amor quita el apetito, la amistad lo excita. Por eso en el Restaurante A Paula damos cuenta del bacalhau à Narcisa, cubierto de patatas panadera, de la alheira y de unos quesos que son tiernos y melosos porque aquí todos los manjares tienen algo de merienda. También comemos peces escabechados, abletes, que se marinan con una mezcla de vinagre y hierbas marineras que nuestra anfitriona sirve con un dulzón pan de maíz.

Estamos en Freixo da Espada à Cinta pero oigo hablar en español. Son comensales de Salamanca, abundan en este pueblo. Sé que nuestra visita tiene algo de teatro, por eso uso el rabillo del ojo para ver qué comen los demás y cómo los tratan y enseguida detecto que toda esa gente que traspasa La Raya para degustar lo que Paula guisa no lo hace sólo por el precio.

A esas alturas, los tres somos uno. Pero todos los que se quieren precisan lazos: un momento que los una, un emblema. El nuestro está a punto de aparecerse en este pueblo donde volvemos a ver y a oler gusanos de seda, que aquí, además de ser animalillo propio de la niñez, dan una salida laboral a varias artesanas.

 

Azabache, único y rojo. Así el símbolo que nos anuda, pues una cigüeña negra se aparece ante nosotros cuando surcamos el Douro por segunda vez. Es también una señal de lo que nos espera: lo natural como prodigio, lo humano como atracción. Por eso miramos ese ave en peligro de extinción volar sobre nosotros como quien ve un milagro.

Su presencia es un regalo que ni nuestro hermano portugués ha visto nunca. Se le aparece con nosotros, dos extraños, después de llevar una vida oyendo hablar de ese pájaro huidizo cuya presencia se ha convertido para nosotros en una suerte de bautismo, casi un acto religioso.

Tanto es así que no hay fotos, ni vídeos de ese momento, pues sin acordarlo y conteniendo el aliento, guardamos las cámaras y las interjecciones para grabar el ave en la memoria con los ojos. No queremos traducción, ni mediación, ni filtros y a mí ni siquiera me hace falta esforzarme para recordar el aspecto de un animal que confirma nuestra suerte.

 

Cenamos en la única aldea pescadora de la región de Tras-os-Montes, Foz do Sabor. En el Restaurante Lameirinho una virgen de Fátima nos ve pinchar una cebolla que es golosina y resoplar cansados porque además de observar, hacemos la tarea que consume más neuronas: escuchar a otros humanos. Como huevas de barbo con migas y me acuerdo de mi abuela, que decía que junto a sesos e hígado son lo mejor para los niños y las que los están cuajando.

Camino de Casa da Avó, donde dormimos, nuestro conductor se fija en una señal que alerta de que esa vía la cruzan muchos ancianos y yo empiezo a creer que esa forma de alimentar a las visitas es un imán para intentar que se queden y que surtan en la tierra el mismo efecto que tienen en mí Rómulo y Jordi.

Por la mañana insisto en mi niñez comiendo almendras cubiertas, delicatessen que se hace en Torre de Moncorvo de forma artesanal. Las mujeres, con un perol de cobre caliente entre las piernas, mezclan en él los frutos secos con la glucosa sin parar de moverlos con las manos. «Ocho horas al día durante siete días», informa la guía y yo pienso en la esclavitud que traen los calendarios a las mujeres.

 

Intentamos ayunar en el Restaurante Côa Museu pero no podemos, pues aquí hasta las doradas son carnosas, su grasa es dulce y el pan, almohadillado. Sin embargo, será la primera vez que olvidemos la comida casi al instante. La culpa es de la pasión con la que António Jerónimo nos habla de los dibujos que dejaron en su tierra humanos de hace 25.000 años.

En el yacimiento de Vila Nova de Foz Côa están los grabados paleolíticos a cielo abierto más importantes del mundo y el antropólogo nos habla de la Cañada del Infierno, de que a veces grababan un pez, pero la mayoría de sus dibujos eran caballos, rebecos, venados, animales grandes que no se sabe si nuestros antepasados dibujaban para invocarlos, darles las gracias o a modo de trofeo.

«Igual sólo eran los primeros fanfarrones de la Humanidad», dice haciéndonos reír y nosotros queremos saber más, todo si puede ser, e incluso conjeturamos. «Cualquier teoría sobre por qué lo hicieron puede ser correcta y no serlo: haced la vuestra. Al final lo más productivo siempre es la duda», nos dice mientras nosotros lo observamos desde el suelo, con la cabeza apoyada en las manos, como carne de primaria.

 

En São João da Pesqueira envejezco un poco. Atrás queda la región de Tras-os-montes, su despoblación y la falta de empleo que hace emigrar a sus gentes y entramos en una tierra donde la uva da vida, trabajo y expectativas. Estamos en el Alto Douro Vinhateiro, Patrimonio de la Humanidad, donde la mano humana trabaja las laderas para construirles lechos a las cepas.

Es tierra de oporto y Filipe Carvalho nos enseña el ruby, el vintage, el tawny, los blancos… Y yo los bebo, algo más mayor que ayer, aunque la única información que retengo es el regusto a caramelo caro que tiene un vino al que llaman «generoso» y que se me antoja un trago de fiesta de guardar o de domingo, no para todos los ánimos ni para todos los días.

Es un vino chuchería, omnipresente en nuestra ruta como la alheira, que también nos sirven los hermanos André y Vítor Ferreira en la Tasquinha da Praça. Son muy jóvenes y cuando sirven las mesas parecen jugar a las casitas. Son cariñosos y atentos y se han quedado en su tierra, pero en sus platos, ricos, chiquitos y complejos, veo destellos de gran ciudad, y también un modo de emigrar sin irse.

 

Todo el mundo por aquí pide población, es decir niños. Preguntan por los hijos y los celebran, pero la única criatura con la que cargo va en mi maleta. Se llama Rafael Sánchez Ferlosio y cada día al acostarme le pido perdón por ignorarlo. Me lo traje al Douro porque lo sabe todo de ríos y porque con él no sólo conocí el Jarama, el Henares, el Carrión, el Rivera de Gata o el Manzanares, también conocí a mi padre.

Si me excuso ante el escritor que siempre me acompaña es porque desde que puse el pie en Portugal y la mano en el Douro, decidí que este caudal iba a navegarlo sola: sin libro, sin guía, sin el más niño de los adultos, el que come polos de lima limón y no aprecia los manjares. Quizás por ese paladar de esparto, él que está en todo, tampoco me sirve aquí.

Miro a Jordi y a Rómulo contemplar el río sentados en un muelle. Están callados, fuman y están cansados. Bajo los párpados para grabarlos, como hice con la del pico escarlata, y al subirlos veo que el sol ha descendido un poco. «Siempre quise ser Tom Sawyer», recuerdo, pero sus carcajadas me sacan de esa orilla infantil y me traen a esta donde confirmo que son ellos y no yo Huckleberry Finn y Tom.

 

Mafarrico se llama el vino y Álvaro su responsable. Mafarrico quiere decir travieso y su administrador lo es. A Álvaro Martinho, que vendió su empresa tecnológica para convertirse en responsable de viticultura de Quinta das Carvalhas de Real Companhia Velha, lo conocemos en el restaurante Toca da Raposa, en Ervedosa do Douro, donde no trabaja pero del que se adueña: nos ofrece su vino a cada momento y consigue que lleguemos al postre algo embriagados.

Cuando veo la leite creme recuerdo la catalana y siento en el píloro una punzada: es la primera vez que pienso en el final del viaje. Con ese malestar llego a Favaios, donde comemos pan que sale de las manos de Manuela o Rosalía y que engullimos caliente, en bollos de cuatro cantos que no llevan químicos y no está mal el plan, pero Rómulo ha tenido que irse a cumplir otras tareas y Jordi y yo andamos como amputados.

Por eso, en la Adega Vila Real, siento que bebemos para invocar. Allí, Nuno Borges nos hace más llevadera esa ausencia con una degustación de blancos y tintos, que a mí se me antoja un juego de adultos. Por la noche hablo con Jordi de la simpatía de Nuno, del modo en que la gente nos recibe y les decimos adiós, siempre con prisa y algo de culpa, porque sabemos que es probable que el siguiente entrevistado borre su huella.

 

En Tabuaço no olvidaremos a nadie. No, porque allí no sólo comemos alheira, setas o jabalí en O Tonel, sino que reímos como si no hubiera en nosotros ninguna carga. Y sí nuestras risotadas se multiplican con el vino, también se amplifican por nuestros anfitriones, los mejores contadores de historias que vamos a encontrar en el viaje.

Nucha y los suyos nos hechizan con la voz. Entre sus cuentos verdaderos está la historia de Antónia Neves, una lesbiana que vivía como un hombre, o la de su madre, líder de una secta a la que la Iglesia Católica puso freno en seco porque le hacía una competencia muy peligrosa.

La historia es lo de menos, lo importante es cómo la explica, algo que hace a Nucha, como a su tierra, absolutamente hipnótica. Es su gente la que logra que no olvidemos nunca Tabuaço, donde alguien, contagiada de esa alegría, nos invita a brindar por su boda al borde de un acantilado con un licor de moras. Es esa pasión lo que hace que sigamos allí después de habernos ido. Y no hay ruta turística que pueda competir con eso.

 

Seguimos en la región de Viseu, donde además de uvas hay manzanas. Maurício Fonseca nos enseña sus campos en Armamar y nos regala una caja de Golden chiquitas pero muy jugosas que nos ayudarán a mitigar, a dentelladas, lo dulce, la carne y lo suculento de todo lo que nos ofrecen.

Somos tres de nuevo, por eso bailo. Lo hago cuando la Associação Cultural e Recreativa  «Jograis de Gogim» se presenta ante nosotros en la Quinta da Barroca y cantan cosas así: Ó malmequer mentiroso / Quem te ensinou a mentir / Tu dizes que me quer bem / Quem de mim anda a fugir.

La música me mueve y me convence durante un segundo de que podría vivir aquí, pasear junto a la Igreja Matriz de São Miguel o desear un hijo que le pediría a la piedra de la fertilidad a la que van las que quieren engendrar. Después de cenar, Adelaide, la anfitriona, señala una estrella fugaz y salta y ríe y dice que le hemos traído suerte. Exhalo un «ojalá» lleno de ganas y me acuerdo, sé por qué, de aquella cigüeña negra.

En este punto del curso, el Douro ya es navegable. Es un canal, un lugar por el que mueven barricas y turistas, un camino practicable. Es más seguro, pero menos atractivo. Por eso, en la gran pasarela de Peso da Régua no me interesa saber cuántos turistas llegan o qué impacto ambiental tienen los cruceros que veo llegar. La pregunta que me asalta es de otro tipo: «¿Se tiran mucho desde este puente?»

Hago la pregunta sin morbo, como si fuera de verdad inocente. En realidad, lo que querría saber es si quien hizo esta pasarela para peatones y bicicletas tuvo en mente que su obra sería un trampolín para suicidas. «Hubo un año muy malo en que se tiraron muchos», dice el guía local y su imprecisión no me molesta porque sé que la información está en la normalidad con que la suelta.

Rómulo me da un dato más interesante: «¿Sabes que quien se suicida así lo hace en la misma dirección que la corriente?». Nunca he pensado que haya nada poético en matarse. Ni en el dolor, ni en la enfermedad. Pero sí en la justicia que impone la naturaleza, que no siempre es madre y siempre, no conozco la excepción, impone un precio.

 

Hasta aquí, nuestros hospedadores elegían la comida por nosotros. Decidían qué era lo mejor y lo ofrecían. En Peso da Régua, por primera vez, podemos escoger y como una feijoada. Quiero un plato caliente, quiero un guiso, como si ansiara algo que me sacara de la excepcionalidad que supone andar por una tierra tan rica y tan hermosa que a ratos parece de mentira.

«Estoy en contra de la química», dice Marta Lorenzo, enóloga de Raposeira, bodega que hace vinos espumosos en Lamego, que asegura que hay otras maneras de provocar procesos en los caldos. «Siempre hay soluciones físicas», dice refiriéndose a cómo eliminar la borra de los vinos pero yo pienso en el amor.

¿Qué no? Nos lo confirmó Maurício con el modo de cuidar sus frutos, tocándolos, mirándolos, sin aditivos; lo explica ahora Marta y nos lo ejemplificó António, un artesano de Armamar, con un caso que de pronto, tengo ganas de probar: «Si muerdes a tu pareja en el punto adecuado del cuello, estarás tocando la vena que va hasta su corazón».

 

En Marco de Canaveses Huck y Tom hacen stand up paddle y empujan con sus palas unas tablas que los llevan por un río que no es el Missisippi, tampoco de todo el Douro, sino el río Paiva. El capitán me alerta a mí, que voy mojándome los pies desde la lancha, de que en el agua ha visto una culebrilla. No le hago caso y alargo la alerta hasta que veo al animal muy cerca y sólo entonces, encojo corazón y piernas.

Antes hemos tomado el vino verde que João Maia nos ha ofrecido en Casa de Vilacentinho, una bodega heredada de su familia. Ya no hay dulce ni golosina, el vino es vino, pero no es tosco. Este vino verde es sofisticado y hace juego con el paisaje, cada vez más frondoso, como si la naturaleza se preparara para mullir el golpe que va a suponer el final de este camino.

Pero antes, en el concello de Baião nos enamoramos de la casa de Eça de Queirós, donde vivió algún tiempo y se guardan muchos de sus libros y recuerdos. Justo al lado, tomamos un aperitivo que nos da Toninho, del Restaurante Tormes. «El chef es mi hijo, que estudió en Barcelona», dice ese hombre grandote nombrando la cuna de Jordi y también la mía.

 

Mi otro ya hermano le dice a Toninho que esas son las vistas más bonitas del viaje. Jordi sabe que esa competición en el Norte de Portugal es complicada, sabe que quizás mienta, pero entiendo su maniobra y me uno a ella: quiere echar un ancla, decir cosas absolutas, algo que nos comunique para siempre con este sitio y este viaje.

Por la noche comeremos carne riquísima pero no tan tierna y un café hecho en cacerola por Isabel, la duela de la Tasquinha do Fumo que nos besa y nos abraza y nos reconforta, como si supiera que vamos a necesitar muchas caricias para acabar la fantasía de estos diez días.

La penúltima parada es Gondomar, urbe ya, donde nos llevan a un taller de filigrana, joyas hechas con hilo de plata u oro, y luego, en una franquicia de restaurantes, comemos sin hambre y sin ganas. Ya no hace falta acumular energía, ni reservar las pupilas, ni los oídos, ni tener lista la piel para las vidas de otros.

 

En Vila Nova de Gaia hay mar y hay río y en esa desembocadura está el final. Vamos con prisa, pues nos han invitado al Rally de Porto, donde enseguida detecto los rasgos de una ciudad: velocidad, gente acumulada, estruendo y furia. Yo vivo en una, no me es extraño, pero la diferencia de ritmo, la falta de olor y de apetito entre ayer de hoy es un puro shock.

Ir hasta la Capilla del Senhor da Pedra y retratarnos abrazados nos da esperanza de que volveremos a vernos y a ser niños, pero en nuestro último brindis, en Casa do Pescador, Jordi, Rómulo y yo levantamos las copas pero bajamos los ojos. Al inicio del viaje éramos tres pero una forma extraña de reconocimiento mutuo y el paisaje del norte de Portugal, su comida y su gente nos volvió uno.

Los miro con un amor que se me antoja infinito, me reafirmo en la idea de que son Tom y Huck, me digo que este viaje no habría sido el mismo si hubiera venido sola y que no es incompatible ser niña con ser Mark Twain. Con ese alivio le digo adiós al Douro y vuelvo a tener mi edad, nunca más los mismos ojos.

 

Fotografías de Jordi Brescó

Silvia Cruz Lapeña
Silvia Cruz Lapeña

Silvia Cruz Lapeña es periodista freelance. Colabora habitualmente en El País Semanal, Vanity Fair, RockdeLux, Letras Libres o Deflamenco.com. Es autora de Crónica jonda (Libros del KO, 2017), donde narra el viaje que hizo durante un año por los festivales de flamenco más importantes.

Jordi Brescó
Jordi Brescó

Periodista ante todo y pese a todo. Vivir en el extranjero le despertó un gran interés por aquellas historias lejanas y le hizo masterizarse en periodismo político internacional. Multiusos en Altaïr Magazine, con especial foco en los ámbitos audiovisual e interactivo. Cree que lo más importante es estar en el sitio adecuado en el momento oportuno.