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El blog de la redacción


Las primeras fronteras, un Paso de Carolina Reymúndez

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COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, EN EL QUE LA PERIODISTA ARGENTINA CAROLINA REYMÚNDEZ NOS HABLA DE LA EMOCIÓN Y EL MIEDO DE CRUZAR POR PRIMERA VEZ LOS LÍMITES GEOGRÁFICOS Y POLÍTICOS QUE PONEN EN JUEGO OTRAS BARRERAS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD.


Salir para emerger. Salir de la casa, salir del barrio, salir de la provincia, salir del país. Las primeras fronteras, las que uno cruza a los veinte o veinticinco años, con mochila y poca plata, funcionan como un rito de pasaje hacia el mundo adulto. Salir en un viaje de descubrimiento e iniciación. Salir para encontrar el camino propio. Las primeras fronteras son pruebas de responsabilidad, seguridad, éxito en la hazaña que es el viaje. Todos recordamos nuestras primeras fronteras como un hito. Salir como metáfora de la constitución personal.Para conocer sesenta países tuve que cruzar muchas fronteras. Alguna vez un empleado de migraciones hizo alguna broma, dijo «Maradona» o «Messi», pero la mayoría de las veces miraron con desconfianza mientras preguntaban: «Cuánto se va a quedar, dónde, ya vino, a qué viene, conoce a alguien». En Jamaica me invitaron a pasar a una cabina y me revisaron entera y en República Checa fue necesario explicar en lenguaje de gestos qué era la yerba mate. En Chile casi voy presa por un mango (fruta) que se había caído en el asiento del auto sin que lo advirtiera, y en Perú tuve que aclarar por qué viajaba con un cuchillo afilado. La explicación fue mentirosa porque si les decía que era para cortar el queso que llevaba en la mochila no hubiera podido pasar.

Desde que empecé a cruzarlas sola, a los veinte, las fronteras me intimidan. Tienen un factor incierto: el factor humano con poder. Son como un examen en el que algo puede fallar por causas que uno no controla. Aunque haya estudiado, aunque no lleve droga. A pesar de haber respondido bien, aún con los papeles en regla.

Las primeras fronteras, las que se cruzan a pie y en auto, son quizás las de sentido más amplio. Al cruzarlas, uno no sólo cambia de país, también toma consciencia en vivo y en directo —no por las pantallas— de la identidad colectiva, la historia común y las diferencias. Lo que nos separa nos legitima.

Después de años de viajes todavía me suelo sentir incómoda en las fronteras. Me vienen imágenes de películas, de cruces durante las guerras, de huidas y contrabando. Una vez del otro lado, libre y con el pasaporte sellado, es un alivio y quiero salir a festejar. Sí, vamos al bar, yo invito: ¡Crucé la frontera!

Viajábamos en auto por Europa en 1996, cuando cada país tenía su moneda. En España, las pesetas y en República Checa, las coronas. La globalización estaba en marcha, pero faltaba. También faltaba para la «sinfronterización» del continente. Praga todavía no era una de las preferidas del turismo internacional y se podía caminar por el Puente de Carlos sin agacharse para no ser parte de una selfie. La ciudad guardaba resabios de los años de comunismo y probablemente no había Mc Donald’s ni cola para comprar merchandising de Kafka.

Cruzamos por Alemania. Veníamos de Holanda y antes de Marruecos —la trazabilidad constaba en el pasaporte—, quizás por eso les resultamos sospechosos a los oficiales de migraciones que indicaron estacionar el auto a un costado y esperar. Con señas, nadie hablaba otro idioma que no fuera checo. Era un día gris y hacía frío. Después de un rato vino una brigada de cuatro uniformados altos y corpulentos vestidos de azul y con guantes. En el recuerdo son parecidos a SWAT. Sacaron las mochilas del baúl, sacudieron la ropa, palparon la suela de los borceguíes, observaron el termo por arriba y por abajo. Me acerqué para explicarles cómo se abría un bolsillo, pero me apartaron con una mirada de reprobación. Tenía que esperar al costado. Era una sensación extraña, como estar viendo los movimientos de un ladrón en tu propia casa. Estaban concentrados, atentos, perros con sed. No buscaban dinero, sino droga, pero la actitud era similar. Cuando terminaron, pasaron al interior del auto: levantaron las alfombras, corrieron los asientos, se agacharon y olieron. Hasta que llegaron a la guantera y encontraron una cucharita con yerba pegada. Entonces traté de explicarles con gestos y palabras sueltas, que en Argentina tomamos mate, que es más popular que el café, que la yerba es una planta como el té, que para tomarlo se usa una calabaza y una bombilla. Pero no me seguían. El módulo cultural no les interesó para nada. Busqué el paquete de yerba y se había terminado. Las explicaciones se hacían difíciles. Ellos se comportaban como si estuvieran seguros de haber encontrado a una pareja de narcotraficantes sudamericanos y no dejaban de hurgar la privacidad.

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Lejos de Ghana, cerca del mundo, por Mario Trigo y Paty Godoy

Taiye Selasi con el libro en el que aparece el poema de su padre

¿Cómo se pueden mapear las identidades, los afectos y las pertenencias en un mundo de movimiento, de confluencias, de migraciones? En el 360º sobre Cartografías incluimos una entrevista con la novelista «afropolita» (explicaciones más adelante) Taiye Selasi, realizada en el marco del pasado festival Kosmópolis del CCCB de Barcelona, en la que nos habla de la suerte del término que contribuyó a popularizar y de su primera novela, Lejos de Ghana.


Cuando, en marzo de 2005, Taiye Selasi compartió en un artículo lo que para ella era un afropolita, la escena por la que iniciaba su descripción no podía ser más específica: medianoche en el Medicine Bar de Londres, suena un remix de Fela Kuti y la pisa de baile está llena de chicas con enormes afros; se viste kente ghanés y jeans caídos, un sampleado de Sweet Mother —inolvidable hit de Prince Nico Mbarga— hace bailar a una concurrencia en la que Londres se encuentra con Lagos, con Durban y con Dakar.

El nivel de detalle no era casualidad. Bye Bye Babar (referencia al edulcorado elefantito de Jean de Brunhoff) era un ejemplo del esfuerzo de una joven Selasi por describir un fenómeno que la incluía en primera persona. Nacida en Londres, criada en Massachussets, de origen mixto ghanés y nigeriano, ella era esa afropolita que «no pertenece a una única geografía» y lleva en su crianza vagabunda una voluntad de «complicar África» y «redefinir lo que quiere decir ser africano». Se trataba, como señala en la entrevista con Altaïr Magazine, de afirmar lo que sí era (afropolita) después de haber soportado muchas veces que le dijeran qué no era (ni inglesa, ni americana, ni ghanesa ni nigeriana).

Por aquel entonces, Selasi estudiaba un máster en Relaciones Internacionales en Oxford. Poco después, un encuentro memorable con la premio Nobel Toni Morrison le daría el combustible de moral necesaria para lanzarse de cabeza a algo que siempre había querido hacer: escribir. Pero, mientras todo esto ocurría, la fortuna del término que había rescatado/propuesto en Bye Bye Babar, ese afropolitismo empoderador, iba creciendo en relevancia y dimensiones hasta convertirse en una suerte de palabra de moda, utilizada, defendida, revisada y criticada.

De revistas de tendencias a ensayos filosóficos, de propuestas comerciales a reflexiones históricas, el término «afropolita» ha inspirado, entusiasmado y generado debate. Ha habido una época en que (como sustantivo o adjetivo) ha estado presente en muchísimas reflexiones sobre el África contemporánea. Era el antídoto perfecto, en ánimos y esperanzas, al «afropesimismo» que ve sólo las desgracias del continente. Para el filósofo camerunés Achille Mbembe, representa la oportunidad de repensar la fluidez de las identidades africanas, un enfoque de la pertenencia y la identidad que antecede con mucho la época colonial, y ofrece también un posible sustituto a un panafricanismo en cierto modo osificado. Para otros, como el escritor keniata Binyavanga Wainaina, pasada una década, se podría decir que el término poseía un gran potencial subversivo —la posibilidad de rechazar cualquier forma de identidad victimista— pero se ha vaciado y comercializado en multitud de usos banales.

Más allá de usos y potenciales, la descripción (que no definición, como ella señala) de Selasi sigue siendo una instantánea precisa de un grupo humano: los hijos de una diáspora africana que dejó su tierra de origen alrededor de los años 60 y 70 para formarse en el extranjero, tanto en Occidente como en los países del bloque soviético.

Los padres de la propia Selasi se conocieron en Zambia, formándose como médicos, aunque después se separasen y la madre llevase a Taiye y su gemela a vivir a EE.UU. Selasi no conoció en persona a su padre, Lade Wosornu —con quien mantiene una buena relación— hasta los 15 años de edad; la fluidez identitaria del afropolitismo se puede traducir a una familia múltiple, de padres, madres, exmaridos y nuevos hermanos y hermanas, dispersa por todo el globo.

Lade Wosornu, además de cirujano, es uno de los poetas más prominentes de Ghana. De su poema Desert Rivers: «También los desiertos tienen ríos / sepultados desde su nacimiento bajo la tierra / (…) / Que no puedas ver nuestras lágrimas / no quiere decir que no lloremos». La metáfora del río escondido da de lleno en los que quizás sean los temas fundamentales del afropolitismo: la fluidez (de la identidad) y la visibilidad (de un grupo humano). Y explica su éxito: con independencia de la utilidad sociológica o la precisión del término, la palabra «afropolita» ayudó a enriquecer el ecosistema del imaginario, permitiendo pensar Áfricas más amplias.

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Las islas Diómedes, por Bárbara M. Díez

Sol-hielo

A veces olvidamos que los accidentes geográficos de los mapas son más que líneas en un plano. Los grandes desiertos, las cadenas montañosas o estrechos de hielo y roca como el de Béring han constituido fronteras naturales para el movimiento de los humanos, pero también inesperados puentes. En este capítulo de nuestro 360º sobre Cartografías, Bárbara M. Díez nos habla del trabajo documental de la fotógrafa mexicana Lourdes Grobet en las pequeñas islas Diómedes, un extremo del mundo, una esquina del mapa entre América y Asia, entre EE.UU. y Rusia.


«Media noche de viernes aquí en el navío es media noche de jueves en la Isla. ¿Tú no sabes que cosa a los marineros de Magallanes ha sucedido cuando acabaron en su vuelta del mundo, como cuenta Pedro Mártir? Que son vueltos et pensaban que fuera un día antes et era en cambio un día después, y ellos creían que Dios había castigado ellos robándoles un día, porque no habían el ayuno del viernes santo observado. En cambio, era muy natural: habían hacia poniente viajado. Si desde la Amérika hacia la Asia viajas, pierdes un día, si en el sentido contrario viajas, ganas un día: he aquí el motivo que el Daphne ha facto la vía de la Asia, y vosotros estúpidos la vía de la Amérika. ¡Tú eres agora un día más viejo que yo! ¿No te hace reír?»

La isla del día de antes, Umberto Eco

Situémonos. Por un lado, Alaska (EE.UU), en el extremo noroccidental de América. Por el otro, Rusia, en el límite oriental de Asia. Ambos continentes separados por un canal natural de mar de casi cien kilómetros de distancia, el llamado estrecho de Bering. En el medio, la línea internacional de cambio de fecha, la frontera de cada país y dos pequeñas islas que parecen custodiar el paso por el istmo y, a la vez, servir de puente entre Oriente y Occidente: las islas Diómedes. La Mayor, perteneciente a Rusia. La Menor, a EE.UU.

Asia y América, dos extremos a punto de unirse, como los dos dedos que se rozan en el fresco de La creación de Adán de Miguel Ángel. Intentando unir los cuatro kilómetros que los separan.

«Antes fue un puente, hoy es imposible de cruzar.» Yolanda Muñoz, doctora en el Colegio de México y dedicada a la investigación, resume de manera muy descriptiva lo que las ínsulas han supuesto para la historia del lugar. Después de la Guerra Fría, el cruce de la frontera marítima entre ambas islas quedó prohibido y la URSS, por aquel entonces, trasladó a los habitantes de la Mayor al continente, dejándola sólo como base militar. Muchos familiares de ambas islas, que habían crecido juntos antes y después de que Rusia vendiera Alaska y Diómedes Menor a EEUU en 1867 —fijando en las islas Diómedes el nuevo límite entre ambos países—, perdieron el contacto y nunca más se volvieron a ver. Hoy es un espacio de resistencia en la frontera entre dos mundos.

Yolanda, que resume la historia del estrecho en su frase, «es un mujerón hermoso sentado en una silla de ruedas», en palabras de la enérgica Lourdes Grobet, fotógrafa y cineasta mexicana, durante la presentación del documental producido por ambas: BeringEquilibrio y resistencia (2013).

La película «es la realización de un sueño», declara Lourdes. «Cuando era niña, en la escuela, nunca me gustaba la tesis de que habían pasado por el estrecho de Bering toda la civilización a América». Años más tarde, entre los variados proyectos que la polifacética artista ha desarrollado durante su longeva trayectoria profesional, «en una entrevista que hice a Yolanda para una revista de discapacidad, ella me soltó que la noche anterior había soñado que cruzábamos juntas el estrecho». Así fue cómo conoció a Yolanda. El hueco escolar sobre la tesis del estrecho se abrió años después, y «a partir de ahí empezamos a trabajar en el asunto».

Así fue como Grobet mantuvo apartadas durante un tiempo sus exposiciones fotográficas desarrolladas —en parte— alrededor de la lucha libre mexicana, sus libros y sus cursos, entre otros quehaceres, para cruzar el anhelado estrecho, «pensar en las imágenes que vendrían, mientras Yolanda se encargaba de las letras» y redactar un manifiesto que cuestione las fronteras, lugares que «no deberían existir» según Grobet.


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Nuevos mundos de videojuego, por Eva Cid

SKYRIM

Paisaje del videojuego Skyrim (CC Elen Nivrae).

¿Cuando todo está explorado y cartografiado, dónde podemos vivir aún la sorpresa de lo desconocido? En el 360º sobre Cartografías, Eva Cid nos acompaña hasta el cruce de caminos del ocio, el viaje y la imaginación: los videojuegos. Mundos cada vez más amplios donde matar al dragón, rescatar a la princesa o hacerse con el tesoro han dejado de ser la clave y cada vez importa más vagabundear, como viajeros antiguos, más allá de las montañas y por las calles de ciudades nuevas e imposibles.


Aquellos que tengan vocación de exploradores o cartógrafos en la era Google se encontrarán con el vacío y la ausencia del misterio de un planeta radiografiado. La tecnología actual ha trazado una cartografía global y multidimensional gracias a herramientas de software como el DAO o el Sistema de Información Geográfica (SIG), que han facilitado la elaboración de mapas digitalizados masivos, cada vez más completos, interactivos, capaces incluso de ser manipulados digitalmente por cualquier persona desde la comodidad del sillón de su casa.

La globalización de los espacios ha desnudado el mundo en el que vivimos, reconfigurando la naturaleza misma de las distancias espacial y temporal —tradicionales ejes del viaje— en lenguaje funcional, accesible, universal, a la distancia de un simple clic, que permite la subida instantánea de imágenes, la geolocalización, el sharing, la difusión en todas las redes sociales de forma simultánea, en cualquier parte del globo.

Este despliegue de recursos, pese a su innegable utilidad, pese a la total dependencia que ha desarrollado en prácticamente todas las dimensiones de lo social y lo cultural, choca de frente con el tropo romántico del viaje hacia lo desconocido, el deseo de escudriñar espacios inexplorados, la necesidad de pisar terra incognita por primera vez. Un deseo que responde al impulso innato del descubrimiento y la comprensión del mundo que nos rodea, común a todos los seres humanos. Pero la digitalización cultural no sólo ha tomado formas instrumentales ni su único enfoque ha sido el pragmático; también el mundo del entretenimiento es hoy digital y, a su vez, lo digital ha parido nuevas formas de entretenimiento… Y, con ellas, nuevos mundos transitables.

El videojuego podría definirse, en esencia, como la reinterpretación digital del juego universal. La rayuela, los naipes o Super Mario comparten naturaleza, propiedades y objetivos. Según la definición que nos ofrece el filósofo holandés Johan Huizinga en su clásico Homo Ludens (1938) el juego es una actividad libre, enmarcada en una situación ficticia (que puede repetirse) y regulada por reglas específicas, que genera un cierto orden y una cierta tensión en el jugador, y posee una motivación intrínseca: pese a que desencadene una serie de efectos beneficiosos para el individuo, jugar es un fin en sí mismo.

Estas palabras se ajustan a la perfección al videojuego, excepto por su particular componente audiovisual. Juego y videojuego son interacción (entre una o más personas y elementos físicos o imaginarios). Tienen una serie de reglas más o menos estrictas (que pueden seguirse con mayor o menor rigor). Promueven un proceso de aprendizaje y ponen en funcionamiento diferentes procesos cognitivos.

Pero además, los videojuegos —o, más concretamente, su naturaleza digital y audiovisual— nos proporcionan otro emplazamiento donde jugar, más allá de los lugares imaginarios que evocamos en cualquier tipo de juego. Los videojuegos nos transportan a realidades alternativas construidas a imagen y semejanza de nuestro corpus cultural y ficcional, y nos brindan nuevos espacios transitables, mesurables e ignotos, en los que además de desarrollar una serie de interacciones lúdicas que se ajusten a esas reglas predefinidas, podemos asumir el rol de explorador.

Jugar y viajar son, en definitiva, dos actividades diferentes que persiguen los mismos objetivos: el placer de sí mismas y el conocimiento. Este nuevo punto de partida hacia lo desconocido que propone el videojuego como medio se ha convertido en un refugio íntimo, solitario, y un último reducto de los exploradores de la vieja escuela.

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La caja que cambió el mundo, por Jaime López

Carguero en el puerto de Rotterdam (CC Frans Berkelaar)

Seguimos desgranando nuestro 360º sobre Cartografías con el magnífico texto de Jaime López, experto del Port Community System del puerto de Valencia. Con él descubrimos la relevancia de esas otras vías —llenas de tráfico— que surcan los océanos y conforman nuestra economía y nuestros hábitos diarios, en un mapa de relaciones que une productores y consumidores, marineros y transportistas, el pasado y el futuro: el viaje del comercio marítimo.


Un ordenador. Un cuaderno. Una mesa. Una camisa. Un reloj. Una lata de refresco, un paquete de arroz, un frigorífico… Si echamos un vistazo alrededor de cualquier lugar en el que nos encontremos, todo lo que veamos o tengamos a mano habrá pasado algún tiempo dentro de un contenedor. El sesenta por ciento del comercio mundial, medido por el valor, viaja en contenedores marítimos. Y ese número es en realidad engañosamente bajo, porque las cifras generales incluyen muchas mercancías que no se pueden transportar en contenedor, como el gas, el petróleo, los productos a granel…. Si eliminamos esos productos podemos llegar a una estimación cercana al noventa por ciento.

Durante miles de años, la humanidad ha surcado los mares en busca de mercancías y tesoros que luego llevaba de un lugar a otro para comerciar, ofreciendo a las distintas poblaciones locales alimentos, joyas o materiales que nunca habían visto antes. Pero este proceso nunca fue fácil. La carga y descarga de las mercancías era un trabajo lento y complicado. Aun así, la carga a granel, muy intensiva en mano de obra, fue la única manera conocida para trasladar las mercancías por vía marítima hasta la mitad del siglo pasado. Un barco podía pasar más tiempo en el puerto que en la mar mientras los estibadores trabajaban cargándolo o descargándolo; los riesgos  de accidente, las perdidas de mercancía y los robos eran muy habituales.

Con el tiempo, se fueron desarrollando distintos sistemas de manipulación que hacían el proceso cada vez más eficiente: cuerdas para atar la madera, sacos o palés para agrupar la mercancía. También los medios de manipulación fueron avanzando. En los puertos del Mediterráneo, hasta los años cuarenta, se podía ver un ejemplo de ingenio para solucionar este problema: los tecles, unas grúas móviles que permitían aumentar la productividad de los puertos, pero con un coste mayor debido a que exigían pasos intermedios para manipular la mercancía (del barco a barcazas más pequeñas, de las gabarras al puerto).

Aunque la revolución industrial trajo barcos más grandes, eficientes y rápidos y el desarrollo del transporte marítimo de línea regular, los medios de carga solo evolucionaron en el uso de grúas mecánicas. Pero con la llegada del ferrocarril se evidenciaron las ineficiencias del transporte marítimo, pues transferir la carga entre trenes y barcos demostró muchos problemas prácticos. Y en el siglo XX, cuando surgió el transporte por carretera y aparecieron los camiones, el problema del tiempo perdido cargando y descargando pasó a ser de los conductores. La cadena de innovaciones tecnológicas para superar todos esos problemas cambiaría para siempre la configuración de los barcos, los puertos y ese sistema circulatorio del mundo que son las rutas de navegación de nuestros océanos.

Malcolm P. McLean (1914-2001) era un transportista de Carolina del Norte que se desesperaba en su camión esperando la mayor parte del día para entregar la mercancía. Veía a los estibadores coger cada caja del camión, que luego deslizaban en el cabestrillo con el que llevaban la caja hasta la bodega del barco, una y otra vez, caja por caja, en jornadas interminables. El sistema le hacía perder tiempo, y perder tiempo era perder dinero.

Pero no fue hasta la mitad de los años cincuenta cuando McLean, después de crear una gran compañía de transporte con más de 1.700 camiones, decidió hacer algo al respecto. Tenía una buena razón para ello: a medida que el negocio de transporte por carretera iba madurando, algunos estados de los EE.UU. adoptaban una nueva serie de restricciones de peso y tasas recaudatorias. Algunos camiones de McLean cruzaban el país de costa a costa, con lo que adaptar el peso de la carga a cada uno de los estados o pagar una tasa al cruzarlo era otro problema añadido.

McLean pensó en los barcos como el medio más eficiente para remediar la situación, pues, utilizándolos, eliminaba los problemas de restricción de pesos, los costes de combustible, ruedas o reparaciones y, también, los salarios de los camioneros. Después de algunas pruebas intentando cargar en los barcos camiones completos, pensó que era mejor enviar solo el tráiler, el remolque sin ruedas. Un «contenedor» rectangular y sencillo que pudiera ser manipulado sin trabas.

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Humanizar los mapas, por Sergio González Rodríguez

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El periodista y escritor mexicano Sergio González Rodríguez (Premio Anagrama de Ensayo 2014 con Campo de guerra) reflexiona para Altaïr Magazine sobre cómo en los mapas y el modo en que los utilizamos —en una nueva visión cartográfica del mundo— puede estar la clave para humanizar un presente lleno de retos económicos y tecnológicos. Un texto exclusivo para nuestro 360º sobre Cartografías.


 

Treinta años atrás, Fredric Jameson postuló la necesidad de replantear la cartografía del ser humano frente a lo que llamó la «lógica cultural del capitalismo tardío».

En esa época, y a pesar de que se atestiguaba ya el ascenso de las sociedades post-industriales, el avance de la conversión integral de lo analógico a lo digital en todas las actividades productivas —además de que ARPANET acababa de separarse de su origen militar y convertirse en un instrumento de uso civil que terminaría en Internet e iniciaba lo que sería el auge de los ordenadores personales— era inimaginable aún el mundo en el que ahora vivimos, donde la vida de las personas está inmersa en el ultracapitalismo de las máquinas. Aquí, la persona se ha convertido en una unidad más del sistema de sistemas que rige la vida planetaria.

Jameson (Postmodernism, or, the Cultural Logic of Late Capitalism, en New Left Review 1, 146, 1984), recuperaba la pertinencia del modelo pedagógico-didáctico de cariz marxista para lograr que cada individuo desarrollara su conciencia social sobre la base del saber, el arte y la cultura. Y proponía actualizar dicho modelo de acuerdo con las circunstancias de aquel contexto histórico, para lo cual subrayaba el papel determinante que la idea de espacio debía jugar en tal enfoque: «la concepción de espacio que hemos desarrollado aquí sugiere que un modelo de cultura política apropiado para nuestra situación tendrá por necesidad que plantear las cuestiones espaciales como sus preocupaciones organizativas fundamentales. Por ello, definiré provisionalmente la estética de esta forma cultural nueva (e hipotética) como una estética de trazado de mapas cognitivos».

Si el punto de reflexión al respecto, analizaba Jameson, se puede referir a la urbe en tanto paradigma de las actividades humanas, se impone detectar la función de la memoria, las actividades, las trayectorias de la persona en el tejido urbano y, a partir de allí, apreciar los vínculos entre la escala local, la nacional y la global.

Jameson subrayaba que, debido a la complejidad de la civilización, el mapa cognitivo que emergía estaba lejos de ser un mapa «mimético», pues los problemas inherentes denotaban una posibilidad de representación distinta a la antigua, en particular, al implicar «la representación de la relación imaginaria del sujeto con sus reales condiciones de existencia».

En otras palabras, el mapa cognitivo que describía Jameson permitiría «una representación situacional por parte del sujeto individual de esa más vasta totalidad imposible de representar que es el conjunto de la estructura de la ciudad como un todo».

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Cartografías: un mapa para leer el 360º de Altaïr Magazine (I)

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Collage de Mario Trigo para el artículo sobre cartografía imaginaria de Gabi Martínez

 

Cuenta Pep Bernadas en el editorial con el que se abre nuestro 360º monográfico sobre Cartografías:

«En 1375, cuando Abraham y Jafudá Cresques dibujaron el primer Atlas conocido, sacudieron en un pispás gran parte de las convenciones de su época. Los innumerables relatos de marineros y comerciantes, cartas, informes, pesquisas y trabajos acumulados durante años se condensaban allí, en minuciosas ilustraciones que mostraban a simple vista la superficie y el contorno de tierras y mares. Era una revelación al alcance de todos, fuesen letrados, iletrados, o hablaran otros idiomas, venía en un lenguaje cartográfico diáfano, en imágenes, cuya asimilación y retención eran inmediatas.»

Ahí empezó todo. El mundo entero metido en un pequeño espacio, reconocible de un vistazo, aprehensible. El mapa como instrumento para comprender lo que nos rodea, pero no sólo las distancias o los espacios, sino también el pensamiento o al propio ser humano. Decidimos hacer un monográfico sobre cartografía para hablar de nosotros mismos, para entendernos mejor. Y estos son algunos de los temas que tratamos:

VIAJE AL CENTRO DE GOOGLE EARTHSimon Sellars hace un recorrido filosófico y hasta melancólico por la herramienta cartográfica más popular del mundo, Google Earth, una aplicación que nos coloca en la perspectiva divina (miramos la Tierra desde 11.000 kilómetros de altura) para luego hacernos descender a los pequeños detalles que nos enseñan un mundo que es extremadamente parecido al nuestro, pero que en realidad es otro.

CARTÓGRAFOS DEL CIELO - Un paseo por la historia del mapeado de las estrellas contada por Natalia Ruiz Zelmanovitch, desde los griegos antiguos hasta los instrumentos que hoy nos permiten buscar exoplanetas donde soñar con una futura Tierra-2 poblada por seres humanos. La obsesión por la cartografía de la realidad llevada a cada extremo del universo.

MAPAMUNDI DE FICCIONESGabi Martínez transita por los territorios de las ficciones ideadas por escritores, cineastas, artistas y filósofos. Espacios imaginarios tan delimitados como los reales, con sus accidentes, su geografía política y sus zonas oscuras donde, tal vez, habiten dragones.

LOS AFGANOS AMAN LAS FLORES – No digas que crees conocer Afganistán si no la has vivido como Jon Lee Anderson, quien detalla con profusión la personalidad, psicología, relaciones, sociedad y espacialidad de una región del mundo fascinante y aterradora para Occidente a partes iguales.

EL GRINGO MÁS RARO DEL MUNDO – Y para conocer al gringo Jon Lee Anderson, reportero de The New Yorker y persona que habla todos los idiomas con acento, no queda más remedio que hacer lo que hicieron Paty Godoy y Pere Ortín: hablar con él durante horas y, sobre todo, escucharle sin perder ni un solo detalle. Y luego contarlo.

UN PASEO POR TURÍN – Buscando el breve recorrido que hizo Nietzsche desde su casa hasta el encuentro con aquel caballo de Turín que lo conmovió hasta enmudecerlo, Agustín Fernández Mallo viaja a la capital del Piamonte para tratar de unir los puntos que van desde el suicido de Cesare Pavese hasta el silencio de una década del filósofo alemán.

LOS EXPULSADOS DE LA TIERRASaskia Sassen, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2013, dibuja la destrucción de la condición natural de las tierras compradas por capitales extranjeros y de la expulsión de los habitantes tradicionales de su lugar en el mapa.

Y esto es solo una parte de todo lo que ofrece nuestro 360º sobre Cartografía. Pero no se queda aquí. Los mapas y las cartografías, en fin, tienen siempre la misma extensión que tiene la imaginación de los seres humanos…

360º de ALTAÏR MAGAZINE, monográfico sobre Cartografías.

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Cartografías: mapas con perspectivas novedosas

Editorial cartografías
(Editorial del 360º monográfico de Altaïr Magazine sobre Cartografías, por nuestro editor, Pep Bernadas)
¿Nos sirven los mapas habituales para mostrar las nuevas geografías que conforman el mundo de hoy? Tal vez no. O, por lo menos, no suficientemente.
En 1375, cuando Abraham y Jafudá Cresques dibujaron el primer Atlas conocido, sacudieron en un pispás gran parte de las convenciones de su época. Los innumerables relatos de marineros y comerciantes, cartas, informes, pesquisas y trabajos acumulados durante años se condensaban allí, en minuciosas ilustraciones que mostraban a simple vista la superficie y el contorno de tierras y mares. Era una revelación al alcance de todos, fuesen letrados, iletrados, o hablaran otros idiomas, venía en un lenguaje cartográfico diáfano, en imágenes, cuya asimilación y retención eran inmediatas.  Sus mapas reproducían  el escenario completo del orbe entonces conocido, observado desde su isla de Mallorca, en el corazón del Mediterráneo, para ellos el centro de la humanidad.

Siglos más tarde reencontramos el espíritu innovador de los Cresques en el esfuerzo de otros creadores que pugnan por entender y explicar con eficacia la complejidad de nuestro mundo, zarandeando conciencias y mostrando a quien quiera percatarse de ello que todo está cambiando a velocidad de vértigo y como nunca antes en la historia y requiere, hoy más que nunca y como reclama el gran ensayista mexicano Sergio González, de un esfuerzo por (re)humanizar los mapas desde un cosmopolitismo de la diferencia. Es lo que hace con sus historias uno de los más grandes reporteros de la actualidad, El gringo más raro del mundo, Jon Lee Anderson que, entre pausas de su ajetreada vida para The new Yorker, inicia sus colaboraciones con Altaïr Magazine y también es entrevistado por nuestro director Pere Ortín y Paty Godoy.

El experto en comercio internacional Jaime López, amparado en su dilatada experiencia en transportes marítimos, traza en La caja que cambió el mundo un mapa expresivo de los puertos y las rutas comerciales consagrados al intenso tráfico de contenedores, reflejando fielmente el croquis de la ordenación económica global; muestra un nuevo equilibrio cuyo centro ya no está, ni mucho menos, en aquel Mare Nostrum que un día fue el ombligo de la antigüedad. Y ni siquiera gravita sobre una Europa desposeída del que fue su rol dirigente. De nuevo la crudeza de la imagen supera la eficacia de la palabra y esculpe la evidencia: el Viejo Continente ya es periferia, Mediterráneo – El sexto continente – es una valla que separa el Norte del Sur, tal y como lo retrata el fotógrafo italiano Mattia Insolera

¿Nos damos cuenta de lo que significa?

Podemos pergeñar otras muchas cartografías que nos inyecten visualmente realidades nada abstractas con mayor contundencia que la lectura de un texto, sobran las posibilidades de elección: la socióloga estadounidense Saskia Sassen nos regala un texto exclusivo basado en su reciente libro Expulsiones (Ed. Katz) en el que reflexiona sobre la mecánica de los cambios globales asociados a las adquisiciones de tierras de cultivo en zonas empobrecidas; en Mapamundi de ficciones el escritor Gabi Martínez rescata lugares, imaginarios o no, inseparables de la literatura universal: de la Atlántida y Utopía a las andanzas de Marco Polo o las narraciones de Faulkner y Macondo; la periodista Natalia Ruiz, en Cartógrafos del cielo, transita por el firmamento estrellado apoyada en los últimos avances que nos dan a entender la posición del punto azul que es la tierra en el cosmos interminable; o el también periodista australiano Simon Sellars, en Viaje al centro de Google Earth, nos lleva a visitar los fantasmas escondidos en la herramienta cartográfica más usada de nuestro tiempo, tanto que parece, por momentos, sustituir a la realidad. Esa misma realidad a la que se enfrenta, de manera deslocalizada, Taiye Selasi, la inspirada inventora del exitoso término «afropolita» y que en Lejos de Ghana, cerca del mundo conversa con Mario Trigo y Paty Godoy sobre las nuevas (ya no tan nuevas) áfricas. Todo un número de cartografías en las que también nos acercamos a la ficción basada en hechos reales de Agustín Fernández Mallo, en su Paseo por Turín siguiendo la historia de Nietzsche, una frase susurrada y un caballo maltratado.

Un número muy completo, con perspectivas novedosas, que también contiene las historias viajeras de Eva Cid -que nos lleva a las tierras ignotas de los videojuegos-, Bárbara M. Díez – que nos acerca a Las islas Diómedes, en el estrecho de Bering, a partir del trabajo documental de la mexicana Lourdes Grobet, y que supone un nuevo refuerzo en la apuesta vital de Altaïr Magazine: aprehender la realidad del mundo desde una mirada propia, nos empuja a hacerlo desde estas perspectivas novedosas, sobre el terreno y mochila al hombro o maleta en ristre, en complicidad  con nuestros autores que, juntos, nos ofrecen un nuevo 360º dedicado a visualizar las cartografías que necesitamos para tratar de entender algo de lo que nos sucede en este complejo y convulso s. xxi.

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El periodismo en la guerra que no llamó a la puerta

Un texto de María Angulo Egea sobre la presentación de Sarajevo (Malpaso, 2015) de Alfonso Armada

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Sánchez, Otero, Armada, Calaf y Garcia Planas durante la presentación.

 

En la planta baja de la librería Altaïr de Barcelona son las siete y media y la sala está abarrotada. Muchos tienen silla, pero una treintena al menos atendemos de pie y algunos sentados en la escalera. Personas de toda condición, de diversas edades. Ciudadanos interesados. Esto debería ser un oxímoron. Ciudadanos movilizados y convocados para escuchar a un cuarteto de reporteros de guerra: Gervasio Sánchez, Rosa María Calaf, Placid Garcia Planas y Alfonso Armada. Periodismo con mayúsculas, de ese que aún nos desgarra, nos inquieta, nos zarandea y nos permite soñar con esa figura de las películas viejas: el reportero intrépido, aguerrido, que se juega la vida por cubrir una noticia en el frente.

Corresponsales de guerra. Cuatro periodistas, que coincidieron hace 20 años en el conflicto de los Balcanes, se reunieron este miércoles para celebrar la publicación de Sarajevo (Malpaso, 2015), de Alfonso Armada. Un libro «pertinente», como señaló su editor, Malcolm Otero, porque se publica con la distancia necesaria para reflexionar con cordura sobre lo que significó aquel conflicto en el corazón de Europa. En aquella guerra que nos estalló en la cara, aquí al lado, y que nadie supo prever. Aquella guerra que, como en tantas ocasiones, nadie supo evitar, y que, por lo que comentaron estos periodistas, tampoco supieron terminar; porque la paz de Bosnia no cerró el conflicto. «Según Wikipedia hace 20 años del fin de la guerra», apuntó Gervasio, pero las consecuencias siguen.

Sarajevo es un texto híbrido, anfibio. Un libro que surfea entra la literatura y el periodismo, señaló Placid Garcia Planas. Puso ejemplos, y se preguntaba una y otra vez tras cada caso, tras cada fragmento: ¿Qué es esto? ¿Información o literatura? ¿Qué es esto? ¿Literatura o información? Así con muchos pasajes de este diario de guerra.

Pero, por encima de todo, lo que representa este volumen es una exquisita sensibilidad. Sensibilidad que es la mejor herramienta con la que puede contar un reportero de guerra. No se puede desnudar al mundo, dijo Placid, si primero no se desnuda uno. Y eso es lo que hace Alfonso en Sarajevo.

Rosa María Calaf subrayó la capacidad de este libro de Armada para hacernos pensar, para hacernos preguntas. Su capacidad para incluirnos como lectores en ese cuestionamiento vital. Un libro que combina hechos y emociones. Valioso nuevamente por recordar la barbarie y el dolor del conflicto. Por obligarnos a recuperar la memoria; a rescatarlo del olvido y la indiferencia. Calaf se detuvo en subrayar la importancia de los medios en esta guerra, («mercenarios sumisos» los llama Armada), que solo piensan en los intereses de la corporación que les paga.

Gervasio y Alfonso recordaron cómo se conocieron hace 23 años en Sarajevo, un 21 de agosto, el día del cumpleaños del fotoperiodista. Cómo ese encuentro feliz, pese al horror, ha construido una amistad sólida y una admiración mutua, con el paso de los años, las colaboraciones y reencuentros posteriores. «Con Alfonso», dijo Gervasio, «me iría al fin del mundo» y Armada apuntó que prácticamente han hecho de todo juntos. Menos sexo, lo han compartido todo; hasta han dormido juntos en la misma cama, ¡que en el Sarajevo en guerra hacía mucho frío por las noches! Colaboración que también refleja este diario, que aparece sustentado con un conjunto de fotografías de Gervasio, tomadas esos mismo días en Sarajevo.

El reportero gráfico, en su línea combativa y con su agudeza de siempre, comenzó su intervención con una sentencia: «El periodismo serio está muerto». Sentencia que repite en ocasiones y que sus colegas de profesión le piden que matice. Pero Gervasio no matiza porque cree a pies juntillas en esta idea. «Los medios tienen dinero para la opinión (la vinculada al circo) pero no tienen dinero para la información.» ¿Qué periodismo es este? Y habló de la guerra. Del miedo como el mejor antídoto contra la estupidez en un conflicto armado. El mecanismo más valioso para cualquier periodista en un territorio en guerra.

Por último, Alfonso Armada, el verdadero protagonista de ayer por la tarde, habló de su «esquizofrenia bien llevada» al referirse a este diario y a otros de sus libros. Y leyó:

Domingo, 6 de septiembre

La ciudad me rodea por todas partes. Es como si el cerco de Sarajevo estuviera ya dentro de mí. ¿Qué sabía antes? Una frase en un libro de historia: el asesinato del heredero del trono austrohúngaro en Sarajevo desencadenó la Primera Guerra Mundial. Nunca imaginé que vendría a escribir acerca de esta ciudad, sin luz, sin agua, y bajo las bombas. Ahora el cerco se estrecha y tengo ganas de huir de aquí. ¿Quién se hace cargo del sufrimiento de la gente, quien administrar algo más reparador que la piedad?

Esquizofrenia por la que mostró interés, en el turno de preguntas, el periodista Pere Ortín. Y en la que Armada profundizó y trató de explicar como una suerte de dos escrituras en las que normalmente se mueve. La que le sirve para los medios y la que construye su diario, sus libros. Dos escrituras, aunque al final «las palabras y la sintaxis son las mismas». Kapuscinsky también hablaba de dos cuadernos en los que registraba lo sucedido. Uno donde recogía lo publicable en la prensa; otro donde se narraban los detalles, las emociones y que utilizaba para sus libros. Lo normal en un periódico es que uno no pueda contar con todo el espacio que desea; por eso existen tantos libros de corresponsales de guerra que, tras el conflicto, conmocionados y llenos de información y vivencias, se sienten impelidos a narrar en profundidad lo sucedido. Sarajevo muestra esta esquizofrénica escritura. Diario y noticia se complementan.

Domingo, 6 de diciembre

LAS BOMBAS NO IMPIDEN QUE LOS SEFARDÍES DE SARAJEVO CELEBREN SU «SEFARAD 92»

David Kamhi saca la pistola que llevaba oculta bajo la camisa vaquera y la guarda en un armario. Tiene 56 años, es profesor de violín en la Academia de Música (el conservatorio de Sarajevo) y vicepresidente de la sociedad humanitaria y cultural La benevolencia. La sociedad tiene más de 100 años de vida y, a pesar del sitio que sufre Sarajevo, acaba de celebrar en la capital bosnia «Sefarad 92»: el 500 aniversario de la pérdida del paraíso.

Nos explica Alfonso Armada que ninguna de las dos escrituras ha sido alterada ni modificada en Sarajevo. Que a pesar de ser un diario de hace 20 años nada se ha modificado. Nada se ha intervenido pese a la juventud en la que fue redactado.

Los dos amigos, Gervasio y Armada, realizaron juntos un viaje en coche desde Zaragoza hasta Sarajevo. Regresaron a la ciudad. En el caso de Armada veinte años después. Y la impresión fue grande, tan grande que quiso recogerla también para este volumen. Palabras con las que quiso concluir su intervención.

Cosas que nunca había podido hacer en Sarajevo:

Coger el tranvía

Entrar por la puerta principal del hotel Holiday Inn

Recorrer la orilla del río

Dedicar la tarde de domingo a recorrer Ilidza

Visitar el viejo cementerio judío desde el que los serbios disparaban contra la ciudad

Recorrer Grbavica

No sentir miedo

Salir de noche sin desafiar ningún toque de queda

Intimidad y periodismo. Sensibilidad e información camparon ayer en Altäir. Y una última advertencia de Placid García Planas: «La guerra llega sin avisar. No llama a la puerta. Llega y punto».

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Altaïr Magazine: estamos en todas partes

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