Magazine Altaïr

El blog de la redacción


Farselona y las realidades inventadas

farselona

Cuenta Agustín Fernández Mallo en su texto para el 360º monográfico sobre cartografías que en su viaje a Turín siguiendo el rastro de Nietzsche se alojó por pura casualidad en el Hotel Roma e Rocca di Cavour.

Supongo que fue al preguntarme por mi profesión cuando la recepcionista se animó a informarme de que en ese hotel había pasado su última noche Cesare Pavese. De hecho —aseguró— si así yo lo quisiera podría darme la habitación en la cual el 7 de agosto de 1950 el escritor de El oficio de vivir se quitó la vida. Naturalmente, me negué.

Aparentemente no le hicieron demasiado caso porque apenas unas horas después regresó al hotel después de un paseo y pidió su llave al empleado del turno de tarde.

«¿En qué habitación está usted?», me dice. «En la 49», respondo. «Ah, la que fuera de Cesare Pavese.» «No, no, pedí expresamente otra.» «Debe haber un error, señor, esa es la habitación en la cual se alojó Pavese, ¿quiere que le dé otra? Tenemos libres.»

¿Hubo un error y le dieron accidentalmente la habitación del autor de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos? Es posible, pero es más probable que el recepcionista hiciera algo tan habitual y permitido de forma generalizada como es modificar la realidad para hacer más interesante, mejor, más auténtica la visita del turista. Esa es la paradoja: para vivir la «verdadera experiencia» no queda más remedio que transformarla para que sea más real que la propia realidad.

Farselona y el pasado reconstruido

Cada año millones de visitantes pasean impresionados por las calles del barrio gótico de Barcelona, un espacio estrecho y lleno de historia y de monumentalidad: lugares como la fachada gótica de la catedral hacen sentir al turista que está delante de un pedazo auténtico de historia. Y es cierto, lo están: de historia del siglo XX, para ser más exactos, ya que la fachada fue inaugurada en 1913, como respuesta al deseo de la burguesía comerciante barcelonesa de crear un espacio cultural y artístico deseable para los viajeros que explorasen la ciudad.

Farselona es un documental escrito y dirigido por la mexicana Paty Godoy y la brasileña Kika Serra, dos extranjeras en la ciudad condal que recorren el barrio gótico y sus monumentos recreadores de un pasado mítico y con forma de museo urbano. Ellas no «descubren» la realidad, sino que se preguntan por qué esa realidad reconstruida es mostrada como auténtica al turista y al visitante.

«El problema de fondo no es, estrictamente, la falsedad o invención del barrio sino que esta historia —bien conocida por políticos, arquitectos, historiadores e investigadores— no forma parte de la historia oficial que se cuenta a los millones de turistas que visitan el barrio».

La Venecia del Norte

San Petersburgo, la Venecia del Norte. ¿O era Estocolmo? O quizás fuese Amsterdam, o Brujas, o cualquier ciudad con canales que recuerde vagamente a la ciudad del Véneto. Aunque si nos acercamos a China allí nos dirán que Suzhóu es la Venecia de Oriente, situada al sur del río Yangtsé. En la ciudad de Bolonia hay una «pequeña Venecia» que se puede observar abriendo un ventanuco de madera que hay en un edificio de la Via Piella.

Es la mayor de las paradojas del turismo: los lugares buscan la autenticidad a través de la imitación, de parecerse al otro. «Tan hermosa o más que la Venecia italiana», subrayan, y el turista siente y cree que accede a una realidad más escondida, más exclusiva, que asiste a algo que los demás, que solo conocen Venecia, no pueden ver. Como la burguesía barcelonesa de Farselona, re-creando una mitología gótica que haga sentir al viajero que está delante de historia viva, de pasado, del peso del tiempo delante de sus ojos y bajo sus pies.

El diario italiano La Stampa reseñaba el libro Welcome to Venezia, un ensayo bastante divertido en el que se daba cuenta de la existencia de (al menos) 97 Venecias por todo el mundo, con ese mismo nombre. Desde la conocida Venice de Los Ángeles, paraíso de los beatniks de los años setenta, hasta el monstruoso hotel The Venetian en Las Vegas, que cuenta con más de tres mil habitaciones y reproducciones «fieles» de lugares como el Palacio Ducal o el Puente de los Suspiros.

La última vuelta de tuerca la encontramos ya en el siglo XXI. En 2007 se construyó en Macao el hotel The Venetian, a imagen y semejanza del de Las Vegas y en el que se pueden dar hasta paseos en góndola. Como en Baku, Azerbaiyán, aunque aquí las góndolas son de plástico y a motor. Es el último paso de las realidades inventadas para el turista: la realidad como puro parque temático.

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El archipiélago de la Maddalena, por Simona Manna

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Fotografía de Bruno Cordioli (CC)

Refugio de exiliados, tierra de presos, lugar donde huir o donde terminar tus días, como hizo el gran actor Gian Maria Volonté. La periodista sarda Simona Manna nos lleva, en nuestro monográfico 360º sobre Cerdeña, al archipiélago de la Maddalena, esas «islas dentro de la isla» tan singulares y únicas, y nos presenta a sus habitantes, ni corsos ni sardos sino todo lo contrario. Aquí os dejamos un fragmento de este texto excepcional.


(…)

Los maddaleninos no son miedosos: durmieron durante treinta y cinco años a pocos metros de las armas, municiones y submarinos nucleares estacionados en la base militar estadounidense de la isla de Santo Stefano. Y a los americanos, al final, les cogieron incluso cariño: en 2008, cuando se desmanteló la base militar, los despidieron con una pancarta: «Os echaremos de menos». Es cierto, esa pancarta la quisieron sobre todo los comerciantes, cuyas actividades estaban muy alimentadas por la presencia de los dos mil militares y sus respectivas familias, y también aquellos isleños que les alquilaban casas o que habían encontrado trabajo justamente en la base. Pero la verdad es que todos los habitantes de la isla, a pesar de las polémicas por el riesgo de radioactividad y las batallas para echar a los militares de las barras y estrellas, los sintieron más como amigos que como intrusos.

(…)

La Maddalena es el corazón de un archipiélago que incluye alrededor de sesenta islas e islotes, con un total de 180 kilómetros de costas. Es la única habitada, aparte del pequeño pueblo de Stagnali, en Caprera, y las pocas casas de Santa Maria que se ocupan en verano. El mar que las separa —o une, según el punto de vista— no es como las inquietas aguas de las cercanas Bocas de Bonifacio, que en sus fondos esconden aún restos de antiguos naufragios. Es, al contrario, un mar generoso en colores que hace querer aún cuando se encrespa por el viento y deja a los pescadores en tierra. Es un mar que ha mantenido su pureza a pesar de un turismo cada vez más invasivo.

«De niño, la Maddalena era una isla llena de mar, sol y libertad. Y todavía es así. Son las mismas aguas en las que me zambullía cuando era un chaval. Cruzábamos el monte bajo a pie y siguiendo el maestral íbamos a bañarnos a Bassa Trinità, con esas maravillosas dunas de arena blanca. El agua era cristalina, espléndida, igual que ahora. Cierto, entonces me zambullía también en el puerto, desde un banco, en Cala Gavina o frente al Almirantazgo. Pero ahora hay demasiado tráfico de barcas y trasbordadores». Estamos hablando de los años 40, cuando para divertirse «se iba a recoger higos chumbos por los caminos de campo, los cogíamos con cañas en cuya punta atábamos latas, y después los pelábamos y nos los comíamos en la playa». En aquellos años, cuenta Bruno, se hacían escapadas «en barca, con la familia, para ir a Santo Stefano, justo en la calita donde ahora hay un resort turístico», o bien «se iba a Caprera, a tomar el fresco en el pinar». Incluso el pueblo continúa como antaño: Corso Garibaldi sigue siendo la calle para pasear, Piazza Comando se prolonga como el lugar de la élite local, Piazza Rossa —así llamada por el antiguo color de su pavimento, ya reformado; a veces los nombres sobreviven a su origen— y sus bares son el punto de encuentro de los isleños. «Por suerte esta isla se ha conservado como era, ha mantenido su identidad y sus bellezas. Este mar no tiene un tráfico excesivo, a pesar del flujo de turistas, hasta el punto de que todavía tiene buena pesca», comenta Bruno. Y lo dice con conocimiento de causa, puesto que desde los tiempos de las zambullidas en el puerto, para él, volver a La Maddalena significa pescar. Una costumbre que se ha convertido en ritual: preparar el cebo, salir cuando aún está oscuro y alejarse lentamente de la isla, escoger una cala en la que detenerse para echar el anzuelo y mirar más allá del horizonte.

Hay que decir que, si aún hoy en día se puede disfrutar de tanta belleza natural, es también porque desde hace exactamente veinte años el archipiélago de la Maddalena se convirtió en Parque Nacional: esto, obviamente, garantizó la protección y salvaguardia del territorio. Quizás para hacer que fuesen más atractivas para los turistas, a algunas playas les pusieron nombres evocativos que los maddaleninos no acaban de digerir bien. «¿Pero qué necesidad hay de llamar “Tahití” a una playa? ¡Su nombre es Cala Coticcio, y no tiene nada que envidar a la Polinesia!», dice Bruno refiriéndose a una encantadora calita de Caprera, difícil de alcanzar a pie —veinte minutos de verdadero trekking— pero realmente única.

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Leer de viajes en verano

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Fotografía del proyecto Sixth Continent, de Mattia Insolera

Sí, agosto es el mes por excelencia de las vacaciones en el hemisferio norte, el momento donde muchos deciden coger un avión, cargar el coche hasta arriba, equipar la caravana o armarse con calzado cómodo y bastones de peregrino. Pero también es el mes en el que se mira con deseo a la montaña de lecturas pendientes, todos esos libros que se amontonaron, los recomendados, los que fueron regalados por cumpleaños, los «llévatelo que te va encantar». Y a estas alturas de siglo XXI hemos creado un segundo montón, que ocupa menos espacio pero es igual de imponente: el de las lecturas metidas en el reader, los artículos guardados para luego en Internet, las revistas metidas en la tableta.

Es el momento perfecto para coger de una vez ese especial sobre Cerdeña al que le tienes tantas ganas, para descubrir qué tienen que decir sobre Dakar los propios senegaleses, para enterarte de verdad cómo es México más allá de los tópicos, para descubrir Paraguay, ese país al que nunca le habías prestado demasiada atención y que está plagado de historia y de tesoros. O por fin tener el tiempo de ponerle la mano encima al especial sobre cartografías, que es una locura de nombres consagrados y temáticas que jamás habrías esperado en una revista de viajes.

¡Es el momento perfecto para lanzar nuestra oferta de verano, está claro!

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Xavier Aldekoa: Historia(s) africana(s)


Xavier Aldekoa: Historia(s) africana(s)

La historia de tres mujeres rodeadas de Nilo y de las llaves de una casa que ya no sirven para nada. Una crónica de Xavier Aldekoa en una producción de Muzungu y Altaïr Magazine

«La guerra no es solo donde caen los muertos, sino también hacia donde corren los vivos»

Parece que el mundo se para durante el mes de agosto, que Occidente se marcha de vacaciones y las grandes ciudades se despueblan, que los biorritmos se ralentizan. Pero no para nosotros, no para ALTAÏR MAGAZINE, y no para Xavier Aldekoa, con el que tendremos el privilegio de contar durante las próximas cuatro semanas.

«La ciega del Nilo» es la primera de las cuatro Voces que publicaremos de Aldekoa, periodista, corresponsal del diario La Vanguardia en África, autor del imprescindible libro Océano África y miembro de la nueva revista digital 5W y de la productora independiente Muzungu, junto con la cual producimos estas Historia(s) africana(s). Aldekoa viaja a Sudán del Sur, un país que en los últimos sesenta años ha vivido sólo diecinueve de una cierta paz intermitente. Allí, en mitad del Nilo, cerca de la ciudad de Bor, visita a tres mujeres que se esconden en una de las islas del río, a la que huyeron cuando el «Ejército blanco» apareció y arrasó su aldea, como arrasó las aldeas vecinas. No creen que volverán a salir de esa isla nunca más.

Es una de las historias. Aldekoa también viajará a la República Centroafricana y a sus ciudades fantasmales, donde las calles están vacías porque la gente vive escondida; o a Sudáfrica, a seguir la primera visita al zoo de un niño de seis años que sólo ha visto a los animales por la tele; al igual que al hombre blanco, al que solo conoce de verlo en pantalla.

Cuatro Voces en cuatro semanas, cuatro Historia(s) africana(s) contadas desde cerca por Xavier Aldekoa durante el mes de agosto. Porque en Altaïr Magazine, las buenas historias no se van de vacaciones.

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Paul Bowles, un paso de Jorge Carrión

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COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, OTRO EPISODIO DE «LA TRADICIÓN INQUIETA» DE JORGE CARRIÓN, DEDICADA A TRAZAR LA GENEALOGÍA SECRETA DE AUTORES Y AUTORAS CLAVES EN LA LITERATURA DE VIAJE DEL SIGLO XX. ESTA SEMANA HABLAMOS DEL FUNDAMENTAL PAUL BOWLES.


¿Y si Paul Bowles fuera la espina dorsal de la tradición inquieta del siglo XX?

Si durante los siglos XVI, XVII y XVIII el vector que rige el movimiento es el de Este-Oeste, durante el XIX se va imponiendo progresivamente el vector Norte-Sur. La exploración de África es el preámbulo de su violación. El arte cartografía esa violencia: a veces, mientras realiza ese ejercicio de representación, la justifica, otras la denuncia —oblicuamente—. No es Conrad el puente literario de la tradición inquieta entre los siglos XIX y XX, sino Rimbaud. No es un libro (El corazón de las tinieblas, etcétera), sino un camino. La ruta del autor de Una temporada en el infierno por África. Quiero decir: su biografía, no su obra. Porque no hay obra —o son cartas, literatura de viaje que intentaba camuflar su ADN literario— que nos deje seguir esos pasos y es la ausencia de obra, en el sentido clásico del término, lo que nos permite afirmar que entonces comienza el inquieto siglo XX (aunque faltaran veinte años). Al mismo tiempo, el puente pictórico entre ambos siglos lo tiende Paul Gauguin (que murió en 1903) en el vector Oriente-Occidente; pero no lo hace en lienzos diáfanamente delimitados, sino en su cuaderno de viaje, en las puertas que embadurna, en las paredes de la casa donde se aloja. Y más allá: en los barcos que toma, en los senderos que atraviesa. El propio viaje es siempre la mayor obra de arte; pero es invisible y tenemos que conformarnos con sus huellas, su incompleto trazo.

Los itinerarios de Rimbaud y de Gauguin confluyen en París. El mismo París donde pronto Picasso, que ha ascendido lentamente desde Málaga (el Sur) por Barcelona y los pueblos pirenaicos, en el ímpetu del primitivismo, inyectará africanidad (Sur del Sur) al arte contemporáneo. El mismo París en cuyos años 30 aterriza un jovencísimo Paul Bowles, para sintonizar —en cuerpo o en ausencia— con Djuna Barnes, James Joyce, Gertrude Stein, Ernest Hemingway, John Dos Passos: los pasos perdidos. Huía de su propia familia y de cierta manera de ser norteamericano. Buscaba un laboratorio donde ensayar formas de ser apátrida. Estuvo allí cuando la Guerra Civil española se convertía en el prólogo de la guerra civil europea.

Una de las biografías de Bowles se titula El observador invisible. El testigo sin afán de protagonismo. En la capital de las vanguardias, el joven músico y escritor recoge el testigo de la tradición inquieta a través de la topografía surrealista analizada por Walter Benjamin. Sus primeros poemas, publicados allí, son vanguardistas. Después, traduce y pone música a Lorca. Así se van conectando las corrientes nacionales y lingüísticas en una biografía con forma de red. Multiplicación de vectores, porque «vector» significa «agente que transporta algo de un lugar a otro» y «fragmento de ácido desoxirribonucleico que puede unir otro fragmento ajeno y transferirlo al genoma de otros organismos». En el cuerpo de Bowles, en sus venas textuales, en su médula, confluyen gran parte de las líneas de la mano de la inquietud.

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Entrevista con Juan Villoro: si México fuera un país normal

Villoro_retrato_entrevistaEscritor, ensayista, cronista, guionista, cuentista: Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). Pere Ortín charló en nuestro 360º monográfico sobre México con el escritor mexicano sobre su país, la literatura y los viajes. El hombre orquesta de las letras mexicanas fue, además, una de las firmas invitadas en ese 360˚, el primero que publicamos en esta nueva etapa de Altaïr Magazine. Aquí va un adelanto en abierto de la entrevista.


«No caeré en el abuso de decir escribe Juan Villoroque el mexicano está obligado a ser feliz hasta el vómito, pero no hay duda de que se le exige notoriedad. Los que llevan su dicha en calma suelen ser vistos como pobres aguados o como pinches conspiradores».

Al fondo del Café Topolino, donde nos hemos citado en la calle Francisco Sosa y a pocos pasos del Instituto Italiano de Cultura, no muy lejos de su casa, en el barrio de Coyoacán, al sur de la Ciudad de México— arman barullo unos chamacos que acaban de salir de la escuela. Parecen felices y lo demuestran.

Juan Villoro parece acostumbrado al ruido de fondo. Lleva años, en la prensa o con sus libros, tratando de desentrañar algunos de los muchos misterios que esconde ese ruido oculto tras el carácter mexicano. Transitando sin dificultad aparente de lo culto a lo popular, Villoro ha encontrado una manera, tan lúdica como inteligente, de acercarse a esa «articuladora fuerza de lo que no ocurre» que, según el escritor, forja lo mexicano.

—¿Cómo sería México si fuera un país «normal»?

—Si fuera un país «normal» no sería México.

Villoro es un  malabarista de las palabras. Las maneja con la misma facilidad que esos chicos que entretienen a los automovilistas en el semáforo del cruce de Eje 5 Sur con la calle Vertiz por donde pasé hace un rato de camino a mi encuentro con él.

Maestro cercano y entrañable de toda una generación de jóvenes cronistas mexicanos, construye pensamientos poderosos con la seguridad innata que tienen los inventores de aforismos. Sus sentencias resumen toda una experiencia telúrica: «Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma».

Su mamá le avisó: «México es un país raro», y la realidad del paso de los años sólo ha confirmado aquella sentencia materna. El escritor no la ha olvidado nunca desde que empezó a escribir seducido por la novela De perfil del escritor mexicano José Agustín. Desde aquel momento ha hecho casi de todo: novelas, crónicas, columnas de opinión, teatro, guiones de cómic, televisión sobre fútbol, cuentos infantiles y programas de radio sobre rock. En la creación de todas esas ficciones más o menos basadas en hechos reales, Villoro ha llegado a una conclusión, tentativa, parcial y doble, sobre México:

a) la verdad nunca ha circulado con mucha claridad en el país de Cantinflas;

b) muchos mexicanos parecen «cansados de soluciones y solo quieren promesas».

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Durante una charla con Juan Villoro se cumple aquello que escribió Italo Calvino de que «no es la voz sino el oído lo que guía una conversación». Y la nuestra, como sus crónicas, fluye fácil y se estructura como una trama hablada a partir de rápidos desplazamientos por su vasta cultura. De su boca y sus textos surgen reflexiones profundas: «La veracidad de los textos no importa en un sentido social o político, sino como retrato íntimo de lo que ocurre». Y aún más profundas: «El papel del escritor consiste en preguntar para que otros respondan».

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Mirada de la semana: Gonzalo Sáenz de Santa María Poullet

Gonzalo Sáenz de Santa María Poullet

Cocina en Nepal

Da la sensación de que Gonzalo Sáenz de Santa María Poullet intenta fotografiar los lugares del mundo por los que pasa dibujados en las caras de sus habitantes. Como en la foto de la cocina nepalí que hemos elegido de su portfolio, donde se resume la esencia del país asiático en el rostro de ese hombre que se calienta las manos en el centro de su cocina, tan parecida y tan diferente al resto de cocinas que ha fotografiado. Sus protagonistas, en Nepal, en la India, en Marruecos, en el Sahara, miran directamente a la cámara e interpelan a la vez a fotógrafo y espectador. La identidad individual de cada uno, la identidad colectiva del lugar en el que están, resumida en unos ojos que se dirigen directamente al objetivo. Gonzalo une al ser humano con su espacio creando una unidad de sentido, compleja, definitoria.

Web de Gonzalo Sáenz de Santa María Poullet.

Sus fotografías en 500px.

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Gente de bar, un Paso de Silvia Cruz Lapeña

altair españa desde el bar-7COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, EN EL QUE LA PERIODISTA SILVIA CRUZ LAPEÑA NOS HABLA DEL LIBRO DE JOAN PLANAS ESPAÑA DESDE EL BAR, QUE RECOPILA 100 ENTREVISTAS SOBRE QUÉ PIENSAN Y SIENTEN LOS ESPAÑOLES SOBRE ESPAÑA… DESDE LA BARRA DE UN BAR.


En España hay 280.526 bares, es decir, uno por cada 176 habitantes. Es el país de la Unión Europea con más establecimientos destinados a beber y comer. De media, los españoles van al bar tres veces por semana, frecuencia que no ha variado en siete años de crisis económica. Es cierto que gastan menos, pero también que un tercio de los 100.000 millones de euros que invierten al año en alimentarse los emplean fuera de casa, porcentaje invariable desde hace años a pesar de las dificultades por las que pasa el país. Lo dice el informe sobre datos de consumo alimentario que publicó en 2014 el Ministerio de Agricultura. Pero sólo son números, datos que confirman lo que cualquier turista comprueba al rato de estar en España: que los españoles son gente de bar. Las estadísticas hacen lo de siempre: sumar lo suyo y lo mío y dividirlo por dos. Nada dicen de las personas ni sus motivos, ni de si ese vino que se tomó usted y recogen los sondeos lo pidió para olvidar una pena o para celebrar la vida.

Tampoco dicen las encuestas que en los bares hablamos ni sobre qué temas lo hacemos. Con ánimo de contrarrestar la frialdad del dato y disolver tópicos, Joan Planas se ha pasado 55 días recorriendo bares de veinte ciudades españolas para averiguarlo. Sus cien entrevistas a personas en establecimientos de toda España han permitido a este cineasta y fotógrafo de 33 años entrar en los anhelos, opiniones y temores de sus entrevistados y concluir que a todos nos iría mejor si nos conociéramos más. Todos los testimonios y las fotos recopiladas durante su viaje estarán en España desde el bar, un libro para el que Planas tiene en marcha una campaña de crowdfunding.

España desde el bar es, en realidad, el proceso de documentación de una película que a Planas se le ocurrió al volver de un largo viaje por Asia. Cuando llegó a España, se percató de que el tema preferido de los medios eran las malas relaciones entre España y Cataluña, territorio este último en el que parte de la población aspira desde hace un tiempo a la independencia. El cruce de acusaciones entre políticos y no políticos llevó a Planas a preguntarse si ese odio que transmitían muchos titulares era compartido por los ciudadanos.

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Los expulsados de la tierra, por Saskia Sassen

Plantaciones de palma de aceite en BorneoLa compra de tierras por parte de grandes empresas y gobiernos (llamado landgrabbing) expulsa a los habitantes tradicionales de su lugar en el mapa y a las tierras de su condición natural. En este ensayo de su última obra Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global (Katz Editores, 2015), la socióloga Saskia Sassen, Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales 2013, explica en nuestro 360º sobre Cartografías el fenómeno y cómo condiciona los mapas geopolíticos del mundo, hoy.


La adquisición de tierras de cualquier lugar por gobiernos extranjeros y empresas extranjeras es un proceso que se inició hace siglos en buena parte del mundo. Pero podemos detectar fases específicas en las diversas historias y geografías de esas adquisiciones. Un cambio importante se inició en 2006, marcado por un rápido aumento del volumen y la difusión geográfica de las adquisiciones extranjeras, así como por la diversidad de los compradores. Según estimaciones, entre 2006 y 2011 gobiernos y empresas adquirieron más de 200 millones de hectáreas de tierra en otros países. Buena parte de las tierras compradas están en África, pero hay una parte cada vez mayor en América Latina y, por primera vez desde el período que siguió a la Segunda Guerra Mundial, en varios países de Europa y Asia, principalmente Rusia, Ucrania, Laos y Vietnam. Finalmente, los compradores son cada vez más diversos, incluidos individuos originarios de países que van desde China hasta Suecia, y empresas de sectores tan diferentes como la biotecnología y las finanzas.

Lo que importa para mi análisis es ese cambio tan abrupto en el nivel total y el alcance geográfico de las adquisiciones de tierras por extranjeros. Eso representa una ruptura en una tendencia de larga duración y por lo tanto se convierte en un indicador de un cambio sistémico mayor, un cambio que va más allá de los viejos patrones de adquisición establecidos. Hay dos factores significativos que contribuyen a ese brusco aumento de las adquisiciones. Uno es la creciente demanda de cultivos industriales, principalmente palma para biocombustibles pero también cultivos alimenticios, esta última proveniente sobre todo de los estados del Golfo Pérsico y de China.

El segundo es que la creciente demanda de tierras y el notable aumento de los precios globales de los alimentos en la década de 2000 hicieron de la tierra una inversión deseable, incluso por razones especulativas. Hoy es de público conocimiento que ya desde 2006 los principales bancos estaban preocupados por indicios de la extraordinaria crisis financiera que estaba a punto de estallar. No es coincidencia que la tierra haya surgido entonces como destino de capitales de inversión, no solo por su materialidad (la cosa misma, y no algún derivado que representa la tierra) sino también como medio de acceder a una gama cada vez mayor de mercancías (alimentos, cultivos industriales, minerales raros y agua).

La adquisición de tierras en el extranjero no es un acontecimiento solitario. Requiere, y a su vez estimula, la formación de un vasto mercado global de tierras. Implica el desarrollo de una infraestructura de servicios igualmente vasta para permitir las ventas y adquisiciones, obtener propiedades o derechos de arrendamiento, desarrollar instrumentos legales apropiados e incluso presionar en favor de la creación de nuevas leyes para hacer espacio para tales compras en un país soberano. Se trata de una infraestructura que va mucho más allá de apoyar el mero acto de comprar: no solo facilita sino que además estimula ulteriores adquisiciones extranjeras de tierras. Ese sector de servicios especializados, cada vez más sofisticado, inventa nuevos tipos de contratos y formas de propiedad y crea instrumentos innovadores en la contabilidad, los seguros y la legislación. Ese sector especializado, a su vez, a medida que se desarrolla depende de ulteriores adquisiciones de tierras como fuente de beneficios. Estamos viendo los inicios de una mercancificación a gran escala de la tierra, que a su vez podría conducir a la financialización de la mercancía que seguimos llamando simplemente tierra.

La escala de las adquisiciones de tierras deja una vasta impronta en el globo. Se caracteriza por un enorme número de microexpulsiones de pequeños agricultores y pequeñas poblaciones, y por crecientes niveles de toxicidad en las tierras y las aguas que rodean las plantaciones construidas en las tierras adquiridas. Hay números cada vez mayores de personas desplazadas —migrantes rurales que se mudan a barrios míseros en las ciudades—, aldeas y economías de subsistencia destruidas, y a la larga, mucha tierra muerta.

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Un paseo por Turín, por Agustín Fernández Mallo

Turín Cabecera

Agustín Fernández Mallo hace un viaje a Turín para tratar de reproducir el brevísimo recorrido que llevó a Nietzsche de su casa al acontecimiento (¿anecdótico? ¿Insignificante? ¿Todo lo contrario?) que le llevó al mutismo durante casi una década. Y como en todos los viajes en los que uno va persiguiendo fantasmas, acaba por encontrarlos, incluso algunos otros con los que no había contado. En nuestro 360º sobre Cartografías, Fernández Mallo se rodea de espíritus de la literatura y la filosofía en la capital piamontesa.


Se sabe que la mañana del 3 de enero de 1889 Friedrich Nietzsche sale de su casa de Turín, calle de Carlo Alberto, con intención de ir al centro de la ciudad. Cuando lleva caminados apenas 200 metros, en la Piazza Carignano ve algo que le obliga a detenerse: un cochero está pegando a su caballo, que se niega a dar un paso más. Entonces Nietzsche se acerca, se abraza al cuello del caballo y le susurra unas palabras que aún hoy resultan un misterio: «Madre, soy tonto». Regresa de inmediato a su casa, momento en el que enmudece y pierde la conciencia durante casi diez años, hasta poco antes de su muerte en 1900. Nietzsche no guardaría conciencia de ese periodo.

En mayo de 2012 viajo a Turín con la fetichista intención de repetir, paso por paso, tal caminata de Nietzsche, la cual —de (A) a (B)— me resulta muy fácil de localizar en el mapa.

No era mi intención hacer de ese viaje un repaso por significativos lugares literarios, de los cuales Turín es un verdadero semillero, pero la casualidad hizo que me hospedara en el Hotel Roma e Rocca di Cavour, cuyo nombre, como puede verse, se halla compuesto por dos nombres; ante su puerta, leí un par de veces el letrero para comprobar que no me había equivocado. Supongo que fue al preguntarme por mi profesión cuando la recepcionista se animó a informarme de que en ese hotel había pasado su última noche Cesare Pavese. De hecho —aseguró— si así yo lo quisiera podría darme la habitación en la cual el 7 de agosto de 1950 el escritor de El oficio de vivir se quitó la vida. Naturalmente, me negué. En primer lugar por razones de obvio pudor: resulta pretencioso desear dormir en la misma habitación en la cual murió alguien por tantos admirado. Y en segundo lugar porque, de entrada, no guardo simpatía por los suicidas. He pensado muchas veces en ello, creo que se trata de un atávico rencor por mi parte hacia quien ha decidido renunciar a pertenecer a mi misma especie —porque está claro que un muerto no pertenece a la especia humana, sino a otra que desconocemos—.

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