Publicado el

LA TIERRA QUE RESPIRA, UN PASO DE PEDRO MONTESINOS

6287581473_51ecf452f2_o

Pedro Montesinos vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine para sumergirnos, de nuevo, en un mundo de sonidos y onomatopeyas al más puro estilo Tom Wolfe. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Hace varios años que voy regularmente, a finales del mes de agosto, a la isla en la que presencié un extraordinario fenómeno geológico poco conocido y, me atrevería a decir, también, poco valorado. Y no era la primera vez que pisaba su suelo volcánico y negro, porque allí trato de desarrollar, en colaboración con una asociación local, un proyecto de registro y archivo de paisajes sonoros. Pero aquel encuentro —intenso, emocionante y revelador—, fue definitivo para reafirmar mi decisión de seguir yendo hasta aquel rincón del mundo con la ilusión y la convicción del explorador que se adentra en terrenos desconocidos en busca de las más sorprendentes maravillas, en mi caso, perceptibles al oído y susceptibles de ser capturadas con un micro y una grabadora. Un poco, como el buscador de oro que una y mil veces vuelve al mismo tramo del río en el que un día obtuvo la deseada recompensa a su esfuerzo.

Allí, en ese recóndito pedazo de lava solidificada que sigue emergiendo del océano, desfigurado por un corrimiento de tierra que esculpió el sobrecogedor espectáculo que es El Golfo. Allí donde los vientos alisios doblan las sabinas y el bosque de laurisilva se resiste a desaparecer. Allí, donde los primeros pobladores sobrevivieron gracias al agua que condensa de las nubes el «Árbol de la Vida» (el garoé) y durante siglos estuvo el principio del «Fin del Mundo» y, posteriormente, el «Meridiano 0» (antes de Greenwich). Allí, en la isla canaria de El Hierro, no es difícil dar con alguno de esos, a veces delicados guiños, otras feroces zarpazos que encierran auténticos tesoros de un mundo en el que se entremezclan de manera sutil pero firme el tiempo geológico y el tiempo humano.

Un bufadero poco conocido

Hasta ese apartado lugar, en el extremo Norte de la isla, fui una tarde siguiendo la recomendación de Janay, una amiga herreña, guía ocasional y enamorada hasta el tuétano de este que es su terruño. En una pequeña presentación que hice del proyecto para algunos amigos de la asociación (en el marco de su festival Bimbache openART), no dudó en hablarnos de aquel sitio y de aquel extraño bufadero. «Son bastante comunes en costas acantiladas labradas en terrenos volcánicos o kársticos», asegura desde el comité científico del Geoparque de El Hierro don Ramón Casillas, doctor por la Universidad de La Laguna (ULL). Remitiéndose al Diccionario de Térrminos geográficos (1978) de F. J. Monkhouse, define un bufadero como una «hendidura subvertical que enlaza una cueva marina con la superficie del borde de un acantilado; en ocasiones, la fuerza de compresión de las olas que irrumpen en el interior de la gruta expulsa por la hendidura o chimenea espuma pulverizada del agua del mar».

En su intervención, Janay señaló la zona en la que podía encontrarlo y ofreció, de viva voz, las indicaciones que me permitirían llegar al punto exacto en el que se produce esta rareza sonora casi desconocida, incluso para muchos habitantes de la isla: el bufadero escondido del Charco Manso. O como lo denominó la propia Janay: «La tierra que respira».

Presencié un extraordinario fenómeno geológico poco conocido y, me atrevería a decir, también, poco valorado

A pesar de que la ubicación exacta no me había quedado muy clara, dos o tres días después de aquella fructífera charla decidí acercarme hasta esta zona de baño a la que se accede desde Echedo, bajando por la serpenteante carretera que desciende hasta el mar. Una vez allí, cargado con el equipo de grabación completo (trípode incluido), me dispuse a buscar, encontrar y capturar un fenómeno sonoro natural, no biológico propio de este hábitat. Exactamente lo que el investigador y divulgador norteamericano Bernard Krause llama una Geofonía.

CTA-premium-con-precio

Y para alcanzar ese evanescente objetivo, únicamente contaba con  algunas indicaciones que se repetían una y otra vez en mi cabeza, entremezcladas con una tímida pero certera onomatopeya «…ffffffh… por el lado izquierdo, mirando al mar, siguiendo un pequeño camino que sale desde el aparcamiento, …ffffffh… hasta un primer bufadero grande …ffffffh… Y desde allí te acercas un poco más hacia el mar y lo encontrarás…ffffffh…».

Envuelto en una vespertina luz anaranjada que realzaba el intenso azul de un cielo raso y plano, no tardé en confirmar las indicaciones sobre el terreno. Me adentré por el sendero que sale desde la zona de aparcamientos y, a unos 50 ó 60 metros aproximadamente, a mi derecha, ya pude identificar un hundimiento en el terreno, a otros 10 ó 15 metros en dirección al mar. Al acercarme, comprobé que, a través de un orificio redondo de unos 40 ó 50 centímetros de radio, se veían las olas que entraban y salían de una cavidad que se abría en la roca, debajo de mis pies.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE
Publicado el

LEAVING CARACAS, UN PASO DE JUAN TREJO

caracas

Hoy comienza a colaborar en Pasos de Altaïr Magazine el escritor Juan Trejo con «Leaving Caracas». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Esto ocurrió antes de que Hugo Chávez muriera.

Las cosas en Venezuela no habían llegado todavía a convertirse en el trágico simulacro que son hoy en día, pero las circunstancias se desplazaban a toda velocidad hacia el desastre. Podía apreciarse a simple vista.

Caracas me había parecido, nada más llegar, una mole contrahecha y gris, agigantada como un mal presagio. Pasadas las colinas cubiertas de chabolas que flanquean la autopista que lleva a la ciudad, los sucios rascacielos que crecen entre las veloces rondas de circunvalación, apelotonados hasta formar una réplica irreverente al majestuoso Monte Ávila, eran un recordatorio atrofiado de lo que debieron ser los ya remotos años de bienestar económico. No tuve que esforzarme demasiado para entender que los tiempos de gloria de Caracas eran, a esas alturas, poco menos que un ensueño que nadie estaba en disposición de rescatar.

Durante mis días en la ciudad, por otra parte, me hablaron de las espeluznantes cifras de muertos durante los fines de semana, dándome a entender que, a pesar de lo que pudiera parecer, en realidad nos encontrábamos en una zona de guerra. Todos aquellos con lo que entablé relación a lo largo de mi estancia habían vivido directa o indirectamente las consecuencias de la violencia. Conocí al menos a seis personas que habían sido víctimas de robos, a punta de pistola o machete en mano, en los que habían temido por su vida. Dos de ellas, de hecho, habían sido secuestradas en busca de un rescate exprés y habían logrado salvar el pellejo de milagro, pues fueron abandonadas en medio de una de esas zonas suburbanas ajenas a cualquier ley establecida que allí denominan, curiosamente, «barrios».

El mero hecho de salir a cenar fuera de casa implicó durante esos días que tuviésemos que ajustarnos a rigurosos códigos de seguridad, atendiendo a zonas prohibidas y calles marcadas en rojo, propios de una película postapocalíptica de John Carpenter. Si dábamos un paso más allá de las invisibles fronteras, por lo visto, podíamos caer de pleno en el reino del terror.

Sin embargo, la gente seguía viviendo en aquella ciudad abominable. No solo se enamoraban o trabajaban o estudiaban en la universidad, adaptándose a todo tipo de restricciones y amenazas. Me sorprendía mucho más que aún siguiese importándoles comprarse teléfonos móviles de última generación o hacerse implantes mamarios. Ambas cosas podían conllevar una muerte absurda junto a un semáforo o en un descampado. Porque un móvil o unas tetas nuevas implicaban, a ojos de los malandros, un estatus social fatalmente envidiable; a pesar de tratarse de una situación por completo adulterada en la absoluta mayoría de los casos, sostenida en créditos asfixiantes incluso para asuntos de tan escasa relevancia.

Lo más angustiante, por lo que pude entender, era que día tras día aparecían nuevos indicios que llevaban a suponer que el tiempo por venir no iba a ser mejor

En pocas palabras, los caraqueños de a pie, entre los que podría haberme contado de vivir allí, me habían parecido mártires, más que héroes, de una guerra que nadie tenía la confirmación de estar librando. Aunque lo más angustiante, por lo que pude entender, era que día tras día aparecían nuevos indicios que llevaban a suponer que el tiempo por venir no iba a ser mejor.

Por todas esas razones, no pude evitar sentirme aliviado aquella mañana al llegar al aeropuerto Maiquetía Simón Bolívar. Me esperaba allí un moderno y confortable aparato de la compañía Lufthansa que pocas horas después habría de llevarme de vuelta a Europa; a Frankfurt concretamente, camino de Barcelona.

Eso no quiere decir que no hubiese estado a gusto durante mi estancia en Caracas, que no hubiese pasado buenos momentos dignos de ser recordados. Después de todo, me había dedicado básicamente a no hacer nada, a reponerme de los atribulados días que pasé en la Mérida andina, invitado a un estrambótico congreso literario. Había compartido mi tiempo con buenos amigos, entre ellos los que se habían ofrecido amablemente a alojarme en su apartamento de la capital, e incluso había disfrutado de varias de esas situaciones inesperadas que pueden llevar a que te sientas, debido a una afortunada alineación de elementos singulares, como la estrella invitada de una teleserie de éxito.

CTA-premium-con-precio

Así pues, además de la sensación de fracaso y peligro y desasosiego que parecía haberse pegado a mi piel como una lámina de sudor, me llevaba conmigo un buen puñado de recuerdos; así como el CD de Jorge Drexler que me había regalado mi anfitriona y todos los inservibles bolívares que no había podido cambiar debido a las restricciones gubernamentales.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE

Publicado el

ALFANHUÍ SE JUBILA (3), UNA SERIE DE SILVIA CRUZ

alfanhui_se_jubila_opci_n_2_martin_elfmann

Llega la tercera y última crónica de «Alfanhuí se jubila», la nueva serie de Silvia Cruz, en la que parte junto a su padre en un viaje tras los pasos del niño Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio, que cumple este año su 65 aniversario. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


«¿Para qué?» es la pregunta que más hace Fernando. «Mira cuántos balcones», me dice mi padre señalando algunos bloques de pisos en Madrid. «Si aquí no hay procesiones, ¿para qué tanto balcón?» Vuelvo a oír la pregunta cuando atravesamos la capital para ver si, como dice Ferlosio en Alfanhuí, el cielo se tiñe de rosa, violeta y malva y no es azul, ni gris como en otros sitios. «¿Para qué?», me dice. «Para contarlo», le contesto y sonríe dándome por perdida. Camino de Moraleja, en el autocar, descubro que el hedonismo de mi padre aún está en obras. Él quiere llegar a los sitios, saber a qué va. No le importa el camino, ni se detiene en el tránsito. «Me doy cuenta de que echas mucho rato para comer», dice dejándome claro que, a veces, yo también soy una extraña para él.

En el camino de Madrid a Extremadura, hablamos de la situación política en España. Tras la repetición de las elecciones generales en diciembre de 2015, aún no se ha formado gobierno. Ganó el Partido Popular, pero no consiguió suficientes escaños para mandar sin apoyos. Hacen falta pactos y no se logran. No me atrevo a preguntarle a Fernando si ha cambiado el sentido de su voto. Él tampoco me pregunta. Aún hay reparos en hablar sobre la papeleta que uno decide meter en la urna, quizás porque a veces no refleja a la perfección lo que se defiende en voz alta. «¿Sabes que mi abuelo no quería nunca hablar de política? A su amigo El Transío también estuvieron a punto de fusilarlo y cuando hablaban los dos de esas cosas, lo hacían a escondidas».

CTA-premium-con-precio

Me cuenta eso y no da tristeza. Lo explica y aunque sé de las penurias que pasó su familia, no imagino una escena en blanco y negro. La visualizo en colores porque de color es la fortuna y porque su voz contiene rabia, pero no queja. Y con su explicación, llena de azules, rojos y luces, mi padre se retrata: quizás no sea hedonista, pero es capaz de ver la suerte.

***

«Ese parque se llama Alfanhuí, sí. ¿Qué por qué? ¡Porque así se llamará algún político!», me dice un señor sentado a la sombra de un árbol en el parque principal de Moraleja. En esa localidad de poco más de 7.000 habitantes, Luis Roso, escritor novel, me recibe y me enseña el pueblo donde ubicó Ferlosio a la abuela paterna del niño mágico. Me enseña el chopo donde él siempre imaginó que vivía la anciana que acogió a Alfanhuí. Luis tiene 27 años y ya ha publicado su primera novela. «¿Ese chico vive de su libro?», me pregunta mi padre, que sabe por mí que la tinta no da a veces para la vida. Le cuento que no, que es profesor, pero que le gusta escribir y que aspira a vivir de ello.

«Yo siempre he trabajado en lo que me ha gustado», dice orgulloso. «Quizás yo escogí algo que a otros les puede parecer muy tonto, pero a mí me gustó siempre. Uno tiene que hacer lo que le gusta». Lo dice mirando hacia el lado contrario al que yo me encuentro, señal inequívoca de que me está hablando a mí. Sé que mi testarudez le ha dado preocupaciones. Mi empeño en dedicarme al periodismo me ha empujado a una vida precaria que a él, aún cuando yo ya tengo 38 años, le preocupa. Me anima siempre, pero a su manera, como si a él la sangre también le hiciera nódulos en la garganta.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE

 

Publicado el

ALFANHUÍ SE JUBILA (2), UNA SERIE DE SILVIA CRUZ

alfanhui_se_jubila_opci_n_2_martin_elfmann

Continuamos con la segunda parte de «Alfanhuí se jubila», la nueva serie de Silvia Cruz, en la que parte junto a su padre en un viaje tras los pasos del niño Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio, que cumple este año su 65 aniversario. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí


La Humanidad es joven. La mayor parte de los habitantes del planeta aún no ha cumplido 30 años, pero en las noticias occidentales es otro dato el que se repite. «En cada vez más países desarrollados, grupos más pequeños de población joven deberán asumir gastos más elevados por persona para costear las pensiones y los servicios de salud de los grupos de población de mayor edad». Lo dice el Fondo de Población de las Naciones Unidas y lo repica el Instituto Nacional de Estadística, que informa de que España está a la cabeza de los países más envejecidos: el 18% de su población supera los 65 años. Fernando Cruz Caballero es uno de los 8.442.427 españoles que engorda la «tasa gris», proporción de jubilados en relación a la población activa.

En la prensa de los años ochenta leo artículos donde aún los llaman «poder gris», pero la crisis que empezó en 2007 arrasó con muchas cosas, también con la calidad de vida de los pensionistas. Otra conquista arrasada fueron los viajes del IMSERSO, vacaciones subvencionadas que implantó el Gobierno socialista en 1986. Ese ocio a precio reducido permitió que mucha gente, por ejemplo mi abuela Concha, conociera el balneario de Lanjarón. Fue el primer viaje que hizo por gusto, a 145 kilómetros de su casa. «Mis primeras vacaciones las hice con 41 años», recuerda Fernando mientras esperamos un autobús en Guadalajara, donde de Alfanhuí no queda más que una guardería con su nombre. «Siempre te fijas en los más raros», dice mi padre al ver mi chasco y hurga en la herida al encontrar por su cuenta un busto de Camilo José Cela y ni un rastro de Ferlosio.

A la parada, bajo la que nos refugiamos de un sol que pica como un sarampión, llega un anciano a quien, sin dudar, dirijo la palabra. Antonio, de 88 años, contesta a todo como si hubiera venido hasta aquí no a coger un autobús sino a hacer una entrevista. Su aspecto, chupado y tostado, con boina y bastón, es muy normal, pero no su forma de expresarse: «Me falta un cacho de corazón», suelta sin temblar y mi padre me da un codazo con el que me recuerda mi olfato para lo excepcional.

***

«No perdono a Dios», afirma Antonio en referencia a la muerte de su hija, ocurrida hace unos meses. «Poco antes, se llevó a mi nuera. Con lo que yo la quería». Habla con un brío juvenil y no es lo extraño, lo es que exprese sus sentimientos con tanta apertura. «Hay una parte de la inversión emocional masculina que siempre ha sido dirigida hacia la épica, ya sea la guerra propiamente dicha o sus extensiones en la vida civil: la competición laboral, las rivalidades personales». Esta es una de las formas con las que el escritor Eloy Fernández Porta contrapone las viejas masculinidades con las nuevas. La vieja forma de ser hombre es la de Antonio que aún así, habla sobre su corazón desguazado con dos extraños. También lo es la de mi padre, a quien sólo he visto llorar cuando murió su hermano hace ya tres décadas. Mi madre también llora poquísimo, pero habla mucho. Fernando sólo si se le pregunta, por eso le pedí a mi padre una entrevista.

CTA-premium-con-precio

En ella me ha contado cosas como esta: «Los amigos más cercanos lo tenía de chiquillo a más de medio kilómetro de casa. Mariano, Manolín y Toribio. Siempre íbamos los cuatro». No frecuenta a ninguno casi desde entonces. Antonio, que siempre ha vivido en Guadalajara, me cuenta que sigue viendo a sus amistades. «Con los que quedan, claro», dice sonriendo. Mis padres quedan con otras parejas que recuperaron cuando volvieron de una emigración que duró diez años, pero ninguno de ellos es amigo de Fernando en exclusiva. Cuando se jubiló, intentamos amarlo con más ahínco, pero no sirvió de nada. Ignorábamos entonces que la familia es, a su edad, insuficiente. Lo dice el New York Times basándose en un estudio que asegura que en la jubilación, pareja e hijos son importantes, pero lo es más tener amigos. «Alargan la vida un 22%». Mi madre tiene un círculo donde no es «mama», ni «cariño», ni «usted». Es Chelo a secas. Fernando tenía ese sitio en el trabajo.

 (…)

PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE
Publicado el

BARRIOS, CALLES, NOCHES DE BUENOS AIRES. UN PASO DE MARC CAELLAS

caellas

Marc Caellas vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine con esta crónica en la que recorre —y recorremos con él— las calles de Buenos Aires a ritmo frenético. Un monólogo interno de alta intensidad que puedes leer completo Aquí. 


nsas en tu primera calle en Buenos Aires. O en ella, si quieres. Pues es lo mismo. La calle donde una frase suya cobró tanta vida como ninguna que hubieras escuchado antes: que todo viaje, para que realmente se pueda contar, debe devanarse en torno de una mujer, al menos de un nombre de mujer. Pues ese sería el sostén que precisa el hilo rojo de lo vivido para pasar de una mano a la otra.

Piensas en tu primer día en Buenos Aires. Un sol peronista te recibe. Ella te espera en Palermo Hollywood, en la calle El Salvador, entre Humboldt y Juan B. Justo. ¿Lo recuerdas? Espero que no hayas olvidado como hicisteis el amor apresurados, en la ducha, sin tiempo a terminar de enjabonarnos. Teníais tres meses sin veros. Os tocabais, os mirabais, os reconocíais después de todo ese tiempo. «Me pones la piel de pollo», te dijo. Te habló de su hermana y de los fuertes piropos que reciben cuando caminan juntas por Buenos Aires. «Mamita, estás tan buena que te pongo una manzana en la boca y te chupo la concha hasta que te salga sidra». Piropos que en algún momento perdieron su matiz trovadoresco para convertirse en otro desafortunado modo de ejercer la violencia machista. ¿Lo recuerdas? Espero que no hayas olvidado que volvisteis a hacer el amor seguido. Tomasteis otra ducha, esta vez separados, y salisteis a la calle a desayunar. Era muy temprano, apenas las ocho, y pocos lugares estaban abiertos. Un café y una medialuna. Ella andaba en modo ejecutivo. Tenía varias citas concertadas. A algunas la acompañaste, a otras no. La primera en el Malba, ese museo al que siempre regresas para ver las obras de Oscar Bony. La familia obrera, sí, pero, sobre todo, El triunfo de la muerte, ese autorretrato disparado que siempre te interpela. La segunda en su galería, por la calle Arenales, la mítica calle Arenales, ese desfile permanente de personajes. Después de comer caminasteis hacia Recoleta y os sentasteis en un banco en ese parque asimétrico que está delante del cementerio. Frente a vosotros, en otro banco, tres señoras brasileñas conversaban. Parecían testigos de Jehová. Vosotros os besabais como dos adolescentes. Tuviste entonces la sensación de llevar tiempo en Buenos Aires, años quizás, cuando en realidad no hacía ni diez horas que habías aterrizado en Ezeiza con dos maletas con sobrepeso.

CTA-premium-con-precio

Piensas en ese contra-frente de la calle El Salvador, desde el que veías una cuádruple altura, toda vidriada, que emergía sobre la calle Costa Rica, sobre la que ella escribió un breve texto poético que empezaba así: «Barugel Azulay impone su deriva con la siguiente fórmula: fucsia muy fucsia, rojo, naranja, verde, verde esmeralda, azul, violeta, celeste, violeta rojo, ámbar, blanco violeta, azul, y todas las luces juntas. Negro de oscuridad. Rojo, ámbar, fucsia es el ritmo de esa vidriera que te hace pensar en la posibilidad de instalarte en ese circo aditivo que es la luz. Sólo escribes sobre paisajes interiores, y la mayoría de la gente no lo ve porque dentro no ve casi nada. Cree siempre que dentro está oscuro, y no ve nada. Crees que nunca has descrito, en ningún texto, un paisaje. Escribes siempre únicamente sobre montañas o una ciudad o calles, pero tal como aparecen frente a ti».

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE

 

Publicado el

TRANSIBERIANO, UN PASO DE CAROLINA REYMÚNDEZ

transiberiano003
Carolina Reymúndez vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine subida en el Transiberiano, del que por cierto, no se quiere bajar. Un adelanto de esta pieza — ilustrada por el fotógrafo Eduardo Manzana— que podréis leer completa Aquí

Hace cuatro días que estoy a bordo del Transiberiano, el mítico tren que cruza Rusia. Hoy me despertó la solidez del hierro, las ruedas pisando fuerte sobre las vías, un sonido metálico rotundo que parece que viene de adentro mío: elásticos, remaches, bulones, resortes. Supe que no volvería a dormir y aunque falta para el amanecer me levanto y camino hasta el espacio rectangular que divide los vagones. Salvo algunos empleados, todos duermen. Se escucha el silencio a pesar del hierro. Silencio muerto, como después de una noche de vodka. El espacio es pequeño, en cinco pasos llego de una puerta a la otra y por las dos veo el amanecer de niebla y luz rosa sobre los bosques de abedules. Dentro de un rato hará calor en Siberia, la tierra donde uno se imagina el frío más frío.

Cuando vuelvo al camarote lo cruzo a Alejandro, un pasajero que tampoco podía dormir. Le pregunto si cree que estará abierto el coche comedor y dice que sí.

—Yo en un rato voy, después de caminar.

—¿Caminar? ¿Acá?

—Sí, donde esté yo camino. De punta a punta del vagón son 27 pasos. Voy a hacer 45 minutos, hasta que la gente se empiece a levantar.

Cruzo varias puertas como Maxwell Smart pero sin códigos y llego al comedor. Todavía no están puestas las mesas del desayuno y hay un camarero robusto durmiendo entre dos sillas. Me siento a escribir mientras el sol sube por las casas de madera en la llanura siberiana. El Gallo de Hierro avanza y Alejandro camina.

***

—Hablemos ahora.

Eso me dice Alina en el pasillo antes de llevarme a su camarote —el número 5— que comparte con su hija Graciela.

Alina Szewczuk es ucraniana. Tiene cara de huesos grandes, los ojos bien separados, con forma de almendra. Una almendra azul. Sobre el labio superior, las arrugas se abren largas y en abanico, como la cola de un pavo real. Desde hace unos días y con 85 años cumple su sueño: hacer el Transiberiano. En el camarote de Alina hay dos asientos azules que a esta hora se volvieron cama, con sábanas blancas de algodón. Hay una mesa, un florero con una rosa amarilla de plástico, toallitas descartables, botellas de agua. En la cama de la izquierda está Graciela, con short negro y una blusa cómoda. Las piernas desnudas, estiradas. Alina se sienta en la cama de enfrente y también estira sus piernas hinchadas hasta alcanzar el otro colchón. Alina es mujer de ferroviario y recorrió el país en tren. No le preocupa ir al baño a la noche ni el movimiento, ni el tintineo de los platos ni el golpe seco del hierro contra el hierro.

—Entonces, decime, ¿qué querés saber?
—¿Por qué hace el Transiberiano?
—Porque quería conocer el lugar adonde la llevaron a Nina.

Nina es su prima querida. En 1945, durante el stalinismo se la llevaron de Ucrania sin explicación y nadie supo de ella hasta que llegó una carta con su firma que decía: «Estoy en la tierra del sol naciente». En clave, quería decir que estaba en Siberia. Nina había sido condenada a pasar diez años de trabajo en un gulag. En su tierra dejó un hijo —el marido había muerto en la guerra— y a sus padres. En la cárcel se casó con un lituano y tuvo tres hijos más.

CTA-premium-con-precio

Alina no quiere llorar y Graciela no quiere que Alina llore. Se incorpora y sirve un vaso de agua mineral.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE

Publicado el

HUIR O VIAJAR, UN PASO DE SILVIA CRUZ LAPEÑA

cabecera3img_4091

Silvia Cruz Lapeña vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine para hablarnos de ferrys, de escapar, de hacer turismo, y de cómo los desplazamientos marítimos no son iguales si los hace usted que si los hace «cualquiera»: Huir o Viajar


Pireo, Atenas, verano de 2016. Son las seis de la mañana y en el puerto más importante de Grecia hay más policía que control. La gran cantidad de gente que atesta el muelle complica las tareas de vigilancia. Por eso, da la sensación de que aquí puede entrar cualquiera. «Cualquiera» se ha convertido en una palabra despectiva de amplio espectro. Antes, «cualquiera» era como algunos se permitían llamar a la mujer dueña de su vida y de su cuerpo y la misma palabra podía hacer referencia a un delincuente. Hoy, en Europa, «cualquiera» puede ser un refugiado.

Entro al ferry que va a Paros, uno con capacidad para mil personas. Los turistas nos metemos en tropel por la boca de una máquina que parece animal. Resopla y expulsa el agua de la que cogerá impulso para moverse y hasta en el ruido parece el zumbido de un balénido. Ya dentro, doy una vuelta por la planta VIP, por turista y por la baja, que no tiene nombre ni asientos numerados. En un banquillo se acomodan varias personas, parecen familia, cargan con bolsas de plástico. Me pregunto si huyen. Y también si es posible identificar por el aspecto a alguien que busca refugio.

Lesbos, primavera de 2015. En 2015, 402 millones de personas se desplazaron en barco por la Unión Europea. Más de las mitad lo hicieron en ferrys, palabra que ya existía en el siglo XV para referirse a cualquier nave que uniera dos puntos que sólo se podían comunicar por mar. Hoy los ferrys son otra cosa, pues el trayecto Paros-Atenas puede hacerse en avión. Es más rápido y más barato: 30 minutos por 39 euros pero no permite los encantos de una nave: llenarse de salitre la laringe o comprobar si el cuerpo soporta el vaivénque le dio flow a las novelas de Joseph Conrad. Esos lujos, perder el tiempo y elegir el transporte más asequible, no están al alcance de «cualquiera» y los que huyen cogen el ferry por obligación: distancias cortas y menos control. Con un turismo asustado, quizás fueron los «cualquieras» quienes en 2015 colocaron a Grecia por delante de Italia en tráfico de pasajeros marítimos por primera vez en muchos años.

CTA-premium-con-precio

Pero en marzo de 2016, las autoridades marcaron un límite de refugiados por cada ferry que fuera de la isla de Lesbos a la península griega. Cuando «cualquiera» quería comprar un pasaje, el personal contestaba «No hay billetes» para racionar su presencia en los navíos. Para entrar en esta mole acuática nadie me ha pedido el pasaporte, tampoco para comprar el tique. ¿Cómo se distingue al que viaja del que huye? El barco coge velocidad y algunas personas del banquillo salen a cubierta. Compartimos el espacio, el aire, la vista de una Atenas que amanece y decido no preguntarles nada. En realidad, sólo sospecho que escapan, pero no sé quiénes son. ¿Cómo lo sabe con certeza quien les niega su pasaje?

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE

 

Publicado el

LA SELVA HUMILLADA, UN PASO DE GABI MARTÍNEZ

Gabi Martínez nos habla en este nuevo Paso de la obra La selva humillada, de Bartolomé Soler, un libro de viajes que Martínez considera «imprescindible». Aquí el adelanto en abierto para los lectores del blog.


«Una de mis devociones ha sido andar», escribió Bartolomé Soler (Sabadell, 1894 – Palau de Plegamans, Barcelona, 1975). Es lo que hizo en la selva guineana durante tres meses. «Ver, ver y andar, y apresar en la retina y en la palma de mi mano toda esta naturaleza que me restalla en los oídos y en los ojos y humilla la altivez de mis antiguos paisajes». Luego, firmó La selva humillada, un imprescindible libro de viajes en lengua española que sin embargo se conoce fatal por dos motivos: Soler practicó la libertad de un modo molestamente radical; y el libro es, como se ha dicho, de viajes.

También es verdad que, en las últimas páginas, Soler es muy incorrecto. En ese tramo, rompe la especie de ensoñación buenrollista del occidental-que-se-ha-ido-embriagando-de-naturaleza-salvaje-y-negritud, del español que casi ha «entendido» una primitiva forma de vivir feliz. Y la rompe como si se sacudiera un sueño improcedente, soltando una reivindicación de superioridad racial blanca extemporánea; como si de repente pretendiera borrar todos esos días de placer sensual y aprendizaje con un arrebato que hace pensar en sacerdotes que despiertan jadeando a medianoche con los calzoncillos pringosos y la imagen aún fresca de la «pesadilla» de carne joven que les llevó hasta ahí. Puede que ese racista Arrebato Final también haya penalizado a la divulgación de la obra pero si se tienen en cuenta las afirmaciones, sugerencias y reflexiones que acumula el total de la lectura, si consideramos la capacidad de Soler para contradecirse y rebatir sus propias creencias, más bien habría que utilizar La selva humillada como validísimo paradigma de cómo el viaje puede matizar una mirada.

El cosmopolita frente a lo insólito

En cualquier caso, hay que ponerse en situación. 1951. Hace solo tres años que Johnny Weissmüller cedió su mítico alarido a Lex Barker después de tres lustros saltando de liana en liana demostrando que un solo blanco es más capaz de reinar en la selva que todos los negros y los leones juntos. La selva se proyecta como territorio a colonizar. John Hunter continúa degustando las mieles de figurar como el Gran Cazador Blanco. El mundo atraviesa una tensa posguerra que ha desencadenado un nuevo enfrentamiento armado en Corea. En resumen: el Otro, sea humano o animal, se observa desde Occidente como un ser inferior o como un enemigo a batir. Y Bartolomé Soler es español. Es decir, pertenece a un país que, desde que perdió las últimas colonias en 1898, prácticamente ha renunciado a sondear las realidades ajenas, aún más en este período en manos de una dictadura que se desgañita por recomponer lo que ha quedado tras la guerra civil mientras afronta un bloqueo económico internacional.

Se apela sobre todo a sensaciones, a la atmósfera, a los estímulos que el entorno desencadena en el yo más profundo del narrador viajero

De todos modos, Soler es un español peculiar. De chaval se escapó de casa varias veces hasta que desembarcó en Argentina. Allí sobrevivió durmiendo en bancos, vendiendo fiambres, también llegó a dirigir una plantación. Fan del teatro, se hizo actor, siguió viajando. Volvió a España, escribió una novela de éxito, y de nuevo a América. Cuba, Estados Unidos, Colombia, Perú, Chile… Al volver al terruño, le pasmó ver a la gente enardecida con la «odisea» de un caminante que cubría el trayecto Zaragoza-Madrid a pie mientras a él nadie le preguntaba por el mundo inmenso que había conocido. Escribió más libros, uno de ellos evidenciando la patética política de ese país entre corrupto, cateto y ofuscado que poco después empezó a matarse a tiros. Salió vivo de una checa. Cuando los franquistas ganaron, aceptó ser alcalde de su pueblo, Palau-solità, para evitar los ajusticiamientos vengativos, con la pretensión de imponer cordura. Y después de todo eso, y de triunfos y desengaños en los escenarios teatrales, y de varias novelas con frecuencia basadas en experiencias viajeras que subrayaron su carácter cosmopolita —todo un exotismo por entonces—, Soler llegó a la Guinea que le inspiraría el que se considera su único libro exclusivamente «de viajes».

La profesora de literatura en la universidad de Florida Montserrat Alás-Brun, una de las pocas que se han interesado por este libro de Soler, afirma que el catalán debía tener El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad en la cabeza al viajar a África, y que por eso le salió un libro tan literariamente intimista que recuerda más que ninguno en España a la mítica novela de Conrad.

CTA-premium-con-precio

Un libro en el que no se mencionan muchos nombres geográficos porque se apela sobre todo a sensaciones, a la atmósfera, a los estímulos que el entorno desencadena en el yo más profundo del narrador viajero. Bartolomé Soler. El cosmopolita, enfrentado a unas personas, a un pensamiento lo bastante insólitos para sumirle en un memorable tour de force ideológico en el que se desnuda como los mejores.


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE.

Publicado el

EL DESENTIERRO DEL DIABLO, UN PASO DE MARINA HERNÁNDEZ

anarquista_2_1

Marina Hernández vuelve a nuestros Pasos de Altaïr Magazine con la segunda y última parte de la historia de Raúl Prchal, el último anarquista de la puna: «El desentierro del diablo». También podéis leer aquí el comienzo de la historia, «La realidad no existe» .


 

5

En las calles de Humahuaca las comparsas se encargan del ruido y los vecinos, del talco y la espuma. En Carnaval ha comenzado y por el espacio de nueve días y nueve noches este municipio y otros muchos del norte argentino se ocuparán de festejar el desentierro del Diablo, la tradición más respetada de la región en la que «se baila, se canta y se bebe con sagrada dedicación». El humo de colores provoca sensación de alucinación o tal vez es que las calles se han convertido en un espectáculo onírico en el que sus asistentes se divierten con toda libertad. Los diablos, hombres en sus trajes de telas de raso, lentejuelas, una larga cola, flecos de colores, careta y cuernos, aceptan de buen ánimo su misión: alegrar y entretener a los presentes con su picaresca, sus bailes y sus pecados. A la media tarde del primer día de Carnaval han acudido a las faldas de los cerros, donde se encuentra el mojón del pujllay y han desenterrado al diablo original de su hueco de tierra y piedras, devolviéndole a él la libertad y a ellos suficiente impunidad para divertirse hasta la extenuación. Se acompaña el rito con abundante chicha de maíz o maní y con saratoga, la mezcla de alcoholes locales con fruta fresca que se almacena en las casas de familia y que surtirán las gargantas de todos los presentes durante los días que aún le restan a la gran fiesta de los norteños.

«Llegando está el Carnaval
Quebradeño mi cholitay
Fiesta de la quebrada
Humahuaqueña para cantar
Erke charango y bombo
Carnavalito para cantar»

Y después:

«Yo soy el hijo del Inti Sol
De la Pachamama y el Inti Sol
Yo soy hermano del pueblo Coya
Del Inca hermano y del Aymará»

El ritmo es de charango y quena, reyes de las melodías de altura, pero ningún otro instrumento queda aparte, del mismo modo que en este sincretismo tampoco los turistas se han quedado afuera de la festividad tradicional y con su presencia y su hacer la completan y la actualizan. Saben bien cómo integrarse: agarran el vaso con pasión. En las calles se venden recuerdos de este Carnaval fabricados en Bolivia y en China y las zambas, las sayas y los carnavalitos se mezclan con voces foráneas, palabras inventadas casi siempre, y la certidumbre de que no son muchos los recién llegados que saben quién es el susodicho pueblo coya, ni el aymará tampoco, pero qué bien bailan. En el patio de la Huayra alguien ha prendido fuego a la basura al ritmo de una gangosa chacarera.

Me imagino que los mejores años del Carnaval humahuaqueño debieron parecerse a este, solo que por entonces Raúl participaba activamente en los delirios alcohólicos de la festividad como un vecino más y ya no lo hace. Aquellos años solía dejarse la voz en las coplas que él mismo inventaba y tocaba el derbake marroquí (puede que el mismo que percute Alfonso Kumovic en El Francotirador) hasta que le sangraban las manos. La comparsa Huayra Huasi del año 2000 enarboló las banderas negras del anarquismo y recorrió las calles de Humahuaca acompañada de malabaristas y lanzallamas en un gran número de fuego que no dejó a nadie indiferente —ni a las autoridades. Cada año una repetición de la misma juerga: damajuanas de vino Socompa vaciándose con la misma velocidad que los vientos de la puna y sayas, chacareras y carnavalitos que se bailaban descalzos. Sabían que la comuna era transitoria y por eso había que vivirla con intensidad. Al amanecer el viejo se levantaba y religiosamente acudía a su puesto de trabajo en la planta de Aguas Potables.

CTA-premium-con-precio

Un día comenzaron las hemorragias: le sangraba la nariz. Se ponía un taponcito para parar la sangre y continuaba «chupando», hasta que en un pico de hipertensión se lo llevaron al hospital. Pasó tres días conectado a una bolsa de suero y sintiéndose profundamente humillado. No volvió a emborracharse, «si acaso un vasito de vino blanco, al principio, para la abstinencia». Aquella decisión marcó también el fin de la carnavaleada como la había vivido hasta entonces. Dice que tomando agua no tiene sentido festejar. Habían pasado treinta y cinco años desde que comenzó a beber, en ese antiguo sueño juvenil de integrarse entre los indios.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE

Publicado el

LA REALIDAD NO EXISTE, UN PASO DE MARINA HERNÁNDEZ

anarquista_1_1

Marina Hernández vuelve a nuestros Pasos de Altaïr Magazine para contarnos la historia —tal vez real, tal vez no— del último anarquista de la puna. «La realidad no existe» y por eso Raúl Prchal elige los márgenes y la coherencia para intentar que el capitalismo no lo devore a él también.


 

A medio camino entre la ciudad de Jujuy y el fin de la Argentina un hombre blanco ha construido un castillo de adobe para vivir entre los indios. Un cráneo de buey cuelga de la puerta de entrada a modo de mascarón de proa. Debajo se evidencian las señas del anarquismo: una A mayúscula que alimenta y rebasa una circunferencia. La única ventana está cerrada porque el viento rojo comienza su andadura de otoño por estas tierras de altura; se avecina el frío otra vez. Es la tercera vez que la ruta me trae hasta esta casa, comuna anarquista, refugio de malabaristas y de soñadores utópicos y de los jóvenes recién graduados que emprenden su ruta hacia el Norte como rito de paso hacia la edad adulta. También de los artesanos que cambiaron capitalismo por vino Toro y cigarrillos de intemperie a la sombra de los cardones abuelos —los cactus de altura— que inundan la quebrada y la puna. Esta vez la puerta está cerrada. Un cartel invita a largarse de allí y no molestar. Toco la puerta.

—¿Raúl?

—Qué carajo, ¿no viste el cartel? —responde una voz desde el interior de esta oscuridad de cueva.

El fuego ya está prendido y cruje el serrín chamuscándose bajo los plásticos y papeles de la jornada. Descubro al viejo ocupando la esquina de la mesa de madera frente al hogar, con el gesto en sombra bajo el sombrero de ala que siempre le cubre la cabeza. Tiene ante él una bolsa de coca y se afana en elegir cuidadosamente la próxima hoja que formará parte de ese enorme bolo que ocupa su boca. Una a una, separa la nervadura de la carne verde y fresca y envuelve, con ella, pedazos de llipta, la ceniza que activa los alcaloides de la planta sagrada del originario pueblo inca. Es un hombre exquisito y no cualquier coca le sirve.

—¿Qué querés? —me pregunta.

—Escribir tu historia —respondo. Se lo piensa.

—Pero voy a mentirte.

Así que supongo que esta es la historia de una mentira narrada a la luz de las lámparas de queroseno un día de fuerte viento en la quebrada roja.

Que cada uno juzgue si merece ser creída.

 CTA-premium-con-precio

2

El día 1 de enero de 1975 Raúl Prchal llegó a Humahuaca, Jujuy, acompañado de su esposa Graciela, sus dos hijas, y una cohorte de compañeros con el objetivo de construir una comunidad autogestiva que les permitiera, de una vez por todas, abandonar la sociedad de consumo circundante. Aquella no era la primera vez que Raúl participaba en un proyecto comunitario ni tampoco la primera vez que fracasaba. Recién volvían de la lejana Francia, en cuya cavernosa costa mediterránea habían participado por dos años en la Comunidad del Arca. Fundada por el discípulo de Gandhi, Lanza de Vasto, esta institución basaba su existencia en la no-violencia, la justicia, la búsqueda espiritual, el autoabastecimiento y el trabajo artesanal. Por su rechazo al gregarismo y a su férrea disciplina monástica, el irreverente Prchal pronto se ganó el sobrenombre de Guanaco —camélido tozudo y salvaje del que desciende la llama— y un billete de regreso a la Argentina con la promesa —que nunca llegó a concretarse— de formar una filial del Arca en el Norte.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE