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EL EXTREMO DEL MUNDO, UN PASO DE ESTEBAN FEUNE DE COLOMBI

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Esteban Feune de Colombi se estrena en los Pasos de Altaïr Magazine con «El extremo del mundo. Una crónica desde Japón». En este texto Feune se convierte casi en un flâneur y camina y camina el Tokaido, la más importante de las cinco rutas del Japón feudal. Podéis encontrar aquí la crónica entera. 


Todo empezó con mi tío Ramón, andariego de ley. Crecí sabiendo que de joven caminaba, una vez por mes, 60 kilómetros a campo traviesa para encontrarse con su novia Brenda. Luego apareció Robert Walser. Lo descubrí cuando vivía en Ginebra y leer El paseo me sigue maravillando. Más tarde vino un tal Marc Caellas y juntos convertimos la nouvelle del escritor suizo en obra de teatro a pie. Los peregrinajes me llevaron a andar, vestido de hombre decimonónico, por Bogotá, Montevideo, Buenos Aires, Madrid, San Pablo, Barcelona, Ciudad de México y La Habana, y a investigar textos vinculados con la dromomania, desde Carl Seelig hasta Rebecca Solnit pasando por Osvaldo Baigorria.

En algún momento impreciso encontré, en una librería de viejo neoyorquina, The 53 Stations of the Tokaido, un tomito con reproducciones de grabados de Hiroshige. Entonces no conocía a ese maestro japonés del ukiyo-e y jamás había oído hablar del Tokaido. Sin embargo, sabía que el destino me tenía preparado, allá lejos y en el tiempo, un viaje a Japón, y que desembarcaría en la isla con la frase «navigare necesse est, vivere non est necesse» —atribuida por Plutarco, en sus Vidas, a Pompeyo, y usurpada por la Liga Hanseática, Pessoa y Caetano Veloso, en ese orden— tatuada en el brazo derecho.

En épocas del Período Edo, entre 1603 y 1868, el Tokaido era la más importante de las cinco rutas del Japón feudal. Unía los 500 kilómetros que separaban a Tokio de Kioto, la antigua capital. Su nombre significa «camino del Mar del Este» porque coquetea con la costa y se diferencia del Nakasendo, que también discurría entre ambas ciudades, pero en medio de las montañas.

A mediados del siglo XIX, el pintor Utagawa Hiroshige retrató con estampas bucólicas las 53 estaciones del recorrido. Se trataba de postas donde los caminantes descansaban, comían y dejaban sentado su paso. Precisos y preciosos, los sofisticados dibujos hechos en papel de arroz registran no sólo hábitos sino también una peculiar forma de vida a pie. Hay picos nevados, plantaciones de té, puentes de madera, lluvias fenomenales y lagos turquesas; ataviados con colores muchas veces chillones, los peripatéticos llevan su carga al hombro o en palanquines y en los oníricos paisajes que plasmó el artista tokiota, al mirarlos de cerca, parece que se movieran.

Después de hacer ocho funciones de El paseo de Robert Walser en Barcelona y de tatuarme el aforismo latino que me prometí, aterricé en Tokio a fines de marzo. El plan era aclimatarme durante un par de días y rumbear de inmediato hacia Kioto a bordo de mis dos piernas. Iba preparado, pero no tanto. Una campera todo terreno, unas botas Quechua, una capa de lluvia, dos pantalones desmontables, un sombrero de aventurero y algunas pocas cosas más que cargué en la típica mochila de mochilero: 11 kilos en la espalda. Por delante, cuatro kilos en otra mochila con el ordenador, un trípode, una cámara de fotos que también filma, una Moleskine y una reserva de almendras, maní, castañas y nueces.

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RETORNO A TRAFALGAR, UN PASO DE JUAN TREJO

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Continuamos la serie de crónicas «Vida portátil» del escritor Juan Trejo en los Pasos de Altaïr Magazine con «Retorno a Trafalgar». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


 

Esto ocurrió durante el verano del que algunos denominan el mágico año de 1992.

Llegamos a Cádiz en autocar. Viajaba con mi novia de entonces, a la que llamaré O. Estábamos llevando a cabo algo parecido a un tour por el sur de España. Habíamos estado ya en Granada, también en Córdoba, e incluso habíamos tenido tiempo de visitar, aunque sin excesivo entusiasmo, la Expo de Sevilla.

Decir que en Cádiz hacía mucho calor sería mostrarse condescendiente. Sin embargo, a mí no me sentaba mal ese calor del sur, más radical que el de la costa catalana al que estaba acostumbrado, aunque también más seco y por lo tanto más respetuoso, menos invasivo. Llevábamos sobre nuestros hombros un buen puñado de kilómetros por carreteras regionales, y otros tantos realizados en tren desde Barcelona a Granada, pero yo me sentía enérgico, dispuesto a apropiarme con ansia de lo que se presentase ante mis ojos.

En esos años de mi primera juventud, todavía estudiante universitario, quería verlo todo, conocerlo todo. Nada me parecía poco, cualquier rincón podía resultarme exótico y digno de aventura. Cargaba con un par de libros y con una libreta pautada en la que iba anotando lo que pensaba que podría resultarme relevante en el futuro, cuando pudiese sacarle rendimiento literario. Nótese que he utilizado la expresión “en el futuro”, pues en ese momento no habría sabido qué partido sacarle a la mayor parte de las cosas que me sucedían.

En la estación de autobuses de Cádiz nos estaba esperando el que iba a ser nuestro anfitrión durante los dos próximos días: Manuel María, al que todo el mundo llamaba Malili. Malili, dentista de profesión, era en realidad amigo de mi hermana. Yo había aprovechado una estancia de Malili en Barcelona meses atrás para hacerme el encontradizo y posibilitar que a mí también me invitase a pasar unos días en la casa que tenía cerca del faro de Trafalgar.

He de decir que en cuanto puse un pie en Cádiz, o mejor dicho en cuanto empecé a notar el aire cálido y seco en la piel, en cuanto tuve la sensación de estar allí de verdad, supe que esos días iban a conllevar alguna clase de descubrimiento íntimo y personal. Aunque poco podría haber sospechado a esas alturas hasta qué punto acabarían resultando importantes para mí las cosas que viví durante aquellos dos días cerca del faro de Trafalgar; cuánto habría de reelaborar el recuerdo de aquella estancia en años venideros en busca de consuelo o de motivación.

Recorrimos en coche la bahía, hacia el sur, camino de un lugar que yo no estaba todavía en disposición de ubicar en el mapa. Pasamos por Chiclana y por Conil de la Frontera. Guiado por el afán del que he hablado antes, yo intentaba empaparme de la amplitud de las vistas y del aroma del océano que entraba por las ventanillas bajadas. Con la desvergüenza de mis veinte años, por lo demás, pretendía mantenerme a la altura del ingenio y de la simpatía de nuestro anfitrión; sin mucho éxito, confieso, pues en cuestión de minutos me vi obligado a rendirme al imbatible poder del sentido del humor gaditano.

Durante ese desplazamiento, Malili no dejó de repetir una suerte de mantra que poco a poco, durante las siguientes horas, fue calando en mi manera de percibir ayudándome a ponerme en situación: “Aquí todo va a otro ritmo. Nada que ver con cómo hacéis las cosas en el norte”. Nunca había pensado en mí mismo como un habitante del “norte”, fuera eso lo que fuese, pero acepté sin rechistar la rotundidad de aquella sentencia.

Cuando estábamos ya cerca de Caños de Meca apareció ante nosotros una especie de cerro o colina boscosa que parecía surgida de la nada. En aquella zona eminentemente llana y más bien arenosa, casi un recordatorio del desierto que se extendía al otro lado del Estrecho, aquel montículo cubierto de pinos, de un verde radiante, llamaba poderosamente la atención. “Es la Cañada del Álamo”, nos dijo Malili. “La casa está ahí arriba, en lo alto de ese cerro, que pertenece al Parque natural de La Breña.”

Al poco abandonamos la carretera comarcal y nos adentramos en el Parque por un pedregoso camino forestal. Transmitía algo impropio aquel recorrido sinuoso que debía llevarnos a lo alto del cerro. El cambio de un paisaje a otro, de un ecosistema y otro podría decirse, era demasiado radical. Finalmente llegamos al amplio claro donde se encontraba la casa. Desde allí, desde el punto más alto del cerro, sí se veía de nuevo el mar, de un radiante azul en ese momento debido a la potencia del sol cenital.

Cuando llegamos, la esposa de Malili, Cristina, estaba cocinando: preparaba una apetitosa paella de verdura. Desde el primer momento, Cristina, cuyo acento gaditano era apenas perceptible, nos trató con una cortesía y un afecto desconocidos para alguien habituado a la discreta y distante formalidad propia de ese “norte” del que hablaba Malili.

Mientras acababa de hacerse la paella salimos todos fuera para tomar el aperitivo. En el exterior había una mesa grande de madera, como para diez o doce comensales, y varias sillas de plástico blancas alrededor.

Estábamos allí sentados, charlando despreocupadamente, cuando de repente, sin previo aviso, salido de entre los pinos, se manifestó el invitado sorpresa; el personaje que habría de condicionar por completo desde ese momento mi estancia allí.

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África no es un país, un Paso de Boubacar Boris Diop

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Boubacar Boris Diop vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine con «África no es un país. El ideal afectivo, el conjunto físico». En este texto el autor reflexiona sobre africanidad, negrofobia y unidad. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


En los años 60 hablábamos de buena gana de una África que se extendía del Cairo a Ciudad del Cabo. La expresión hacía referencia en el imaginario colectivo a un continente gigante pero uniforme a pesar de su extrema diversidad cultural. Nuestro profesor de geografía nos decía con orgullo que África podría contener a China, Estados Unidos, la India y Europa del Este, además de Italia, Alemania, España y Francia. Y añadía que por sí sola la propia República Democrática del Congo es tan grande como toda Europa Occidental. 

Es cierto que esta unidad se ha ido agrietando por todas partes a lo largo de las últimas décadas, amputando, para empezar, su componente árabe. Yo mismo viví algún tiempo en Túnez, y pude comprobar que allí me consideraban como un venido de la conocida como África subsahariana, un continente radicalmente distinto. Habría ocurrido lo mismo en otros lugares del Magreb, pero también en Libia y en Egipto. Estos países que muestran con todo su derecho su «sentir árabe», parecen más fascinados por una Europa que, aunque muy próxima, les está prohibida. ¿Este rechazo de su africanidad tiene que ver con el color de la piel? Sin duda, porque la negrofobia continúa siendo virulenta en las sociedades árabes. Las noticias de Catar o de Arabia Saudita nos lo recuerdan a menudo y sigue confirmándose trágicamente en el caos libio. 

Pero no es la única razón, porque los procesos de dislocación son menos raciales de lo que en principio podríamos pensar. En Sudáfrica, por ejemplo, a toda la parte del continente situada al norte de Limpopo (empezando por el vecino Mozambique) se le supone una pertenencia a un universo lejano y extranjero. Una anécdota ilustra perfectamente esta forma de pensar: en agosto de 2010 una sudafricana a quien pregunté en una cena si había tenido la ocasión de visitar Senegal me respondió con total espontaneidad —antes de rectificar— «No, nunca he estado en África». Esto no es todo: ¿quién tiene en cuenta que Madagascar, las islas Mauricio y Cabo Verde son miembros de la Unión Africana?

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SHE WORKS HARD FOR THE MONEY, UN PASO DE CARLOS VELÁZQUEZ

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Carlos Velázquez vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine con una nueva crónica vándala en primera persona sobre una gran noche financiada por una tarjeta de crédito extraviada. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Las mejores pedas poseen algo de esotéricas. Y las borracheras más memorables son producto del patrocinio. No existe mecenazgo superior.

La CDMX (Ciudad de México) es un monstruo que se caga en ti: en tu tiempo, tu salud, tu dinero, tu paciencia. Te roba, te roba, te roba, no se cansa nunca de robarte, pero en ocasiones: retribuye. Un día te acomodan un levantón, un secuestro express para obligarte a ordeñar tu cuenta en un ATM y otro, aunque se antoje imposible, la suerte te muestra su chimuela sonrisa.  

Me cité con Ike en la cantina la India, Bolívar y República del Salvador. El centro de Ciudad Godínez es como las relaciones enfermizas. Si te atrapa ya te jodiste. Te va a costar escapar. Yo tardé años en desenamorarme. En asumir que existe otro DF. Pero si te descuidas te vuelves a enganchar con facilidad. Era mi caso. Atravesaba por un segundo aire. 

Una calle antes de aproximarme a la India vi algo destellar en el piso. Era una tarjeta de crédito. Un policía estaba de pie a un lado del plástico. Me agaché sin disimulo, lo recogí y me lo metí a la bolsa del pantalón. Entré a la cantina y pedí una cerveza. Cuando ocurren este tipo de fenómenos no hay nada escrito. Lo mismo da que te lo tomes con calma que con celeridad. Saqué la tarjeta. La firma era casi infantil. Claudia con la a del final que se confundía con una o. Es un momento mágico. Casi puedes saborear el universo de oportunidades que se expande ante ti. Pero la ilusión no paga los tragos. Lo más probable es que el plástico estuviera ya reportado.

Cuando ocurren este tipo de fenómenos no hay nada escrito. Lo mismo da que te lo tomes con calma que con celeridad

Ike apareció acompañado por el Negro Fake, que también se llama Carlos Velázquez. Lo apodamos así porque en el círculo existe otro, el Negro Real. «Qué transa, pandilla, vámonos a Old Town», saludó Ike. Old town es el mote con el que bautizó a la colonia Guerrero, en alusión a Sin City. No es una exageración. La Warrior es un barrio bravo digno de las fantasías de Fran Miller. En contra esquina del estudio de Ike hay un motel acondicionado como fumadero de crack en cuya acera pasean travestis con navajas (como en las canciones de Javier Corcobado). La renta baja y la ubicación lo convierten en un excelente base de operaciones. A unos pasos se encuentran La Lagunilla y Tepito. «Cámara», le respondí, «deja voy al Oxxo». Y me tomé la chela de hidalgo. «Sígueme», le ordené al Negro Fake.

Rumbo a la esquina comencé a invocar el espíritu de El Pájaro, un malandro que era más que un hermano para mí. El güey se ahorcó en 2005 porque no soportó el síndrome de abstinencia que produce la heroína. Siempre que vayas a pagar con una tarjeta ajena necesitas recurrir al más allá. Empecé a repetir el nombre de El Pájaro en voz baja: «Gerardo Didier Nava Lozano», «Gerardo Didier Nava Lozano», «Gerardo Didier Nava Lozano». Entré al Oxxo y pedí una tella de Jack Daniel’s y dos cajetillas de cigarros para el Negro Fake. Los Oxxo son el sitio ideal para defraudar a un tarjethabiente. Se ahorran la monserga de solicitarte identificación. Les importa un carajo si eres el titular o no. Si le robaste el plástico a tus padres o a tu vieja. No me desampares Pajarito, «Gerardo Didier Nava Lozano», recé en la mente. El cajero me extendió un ticket. La tarjeta había pasado.

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Berlín Ostalgie, un Paso de Juan Trejo

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Esta es la tercera crónica de la serie «Vida portátil» del escritor Juan Trejo en los Pasos de Altaïr Magazine con «Berlín Ostalgie». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Esto ocurrió antes de que Rusia volviese a dar miedo; si es que alguna vez dejó de dar miedo.

Me encontraba en el Mausoleo Soviético de Treptower Park, en Berlín. Acababa de sentarme en la escalinata que lleva al pabellón de mármol ubicado en lo alto de la montículo que preside el monumento. Sobre dicho pabellón se yergue la imponente estatua de bronce, ennegrecida por el tiempo, del Soldado Libertador con la triste niña perdida, aunque ahora ya a salvo, entre los brazos. La no menos imponente espada que el soldado empuña en su mano derecha, y con la que no duda en hacer pedazos la esvástica nazi que se encuentra a sus pies, parecía apuntar en ese momento directamente a mi cabeza. Como si se tratase de una admonición. Como si el dichoso soldado me estuviese exigiendo algo.

Desde el punto en el que me encontraba podía disfrutar de una panorámica completa del Mausoleo, aunque una panorámica invertida, por así decirlo, pues la figura central, como ya he dado a entender, quedaba a mi espalda. Tenía frente a mí los cinco enormes parterres centrales, con su radiante césped perfectamente cuidado, y también los dieciséis sarcófagos blancos, a ambos lados, con relieves esculpidos para recordar por siempre jamás el sacrificio del pueblo soviético durante la Segunda Guerra Mundial. Y al fondo, flanqueando el paso a las instalaciones, los dos gigantescos triángulos gemelos de granito rojo, inclinados como dos banderas indestructibles, luciendo ambas la hoz y el martillo en la esquina superior, apuntando hacia el cielo. 

Entendí que aquella impotente espada de bronce que pendía sobre mi cabeza suponía una recriminación, o un gesto de reprobación si se prefiere, porque en ese momento, sentado en la escalinata del Mausoleo Soviético de Berlín, me sentía absolutamente desolado, triste como pocas veces en mi vida. De hecho, estaba haciendo un serio esfuerzo para no echarme a llorar. 

Y lo peor del asunto era que no sabía por qué.

Supongo que lo que corresponde ahora es intentar explicar cómo había llegado hasta ahí. Con la distancia que me ofrece el tiempo puedo decir que estando en esa ciudad viví, en un breve lapso de tiempo, dos sucesos que, a pesar de no guardar una vinculación evidente, resultaron devastadores para mi percepción. Dos sucesos que fueron como dos oscuras revelaciones en el devenir de ese viaje. 

Empezaré diciendo que estaba en Berlín acompañando a mis alumnos de segundo de bachillerato. Era su viaje de fin de curso, lo que venía a ser el cierre de su etapa escolar. Más que un viaje para hacer balance se trataba de una breve pausa en la que relajarse antes de llevar a cabo el último esfuerzo que entrañaba la Selectividad. De hecho, íbamos a estar en Berlín tan solo cuatro días.

Era el primer año en que los alumnos de la escuela llevaban a cabo ese viaje, y si yo estaba allí con ellos se debía a que había sido uno de los ideólogos del mismo. Había pensado y diseñado ese viaje junto a la tutora del curso, a la que a partir de ahora llamaré M., con la que compartía por aquel entonces una visión global e inclusiva de lo que podía llegar a ser la enseñanza de las humanidades. Por aquel entonces, me veo obligado a aclarar, todavía confiaba mínimamente en el sistema educativo. Por ese motivo, habíamos pensado que yendo a Berlín los alumnos recibirían una buena dosis de datos históricos, de detalles económicos, de arte antiguo y contemporáneo y de literatura a través del proceso que mejor vehicula la adquisición del conocimiento: el paseo. Por todo lo dicho, cuando la dirección de la escuela aprobó el proyecto y me propuso que, junto a mi compañera M., acompañase a los alumnos a Berlín me sentí la mar de satisfecho. 

Sin embargo, cuando llegó el mes de mayo me di cuenta de que aquel viaje me pillaba a pie cambiado. Me encontraba en un momento muy extraño de mi vida. Tenía la sensación de que las fuerzas que me habían llevado hasta donde me encontraba se habían agotado. Los códigos en los que había creído, a los que me había aferrado para superar toda clase de retos y dificultades desde que salí de la universidad, casi veinte años atrás, habían agotado su valor simbólico. 

Estaba convencido de que mi estado respondía, al menos en buena medida, al conflicto que entrañaba para mí lidiar con mi vocación literaria. Había logrado acabar una novela y publicarla en una editorial bastante decente, tras nueve larguísimos años en los que había tenido que simultanear la escritura con formar una familia; entre otros pequeños detalles. Pero la editorial en cuestión había desaparecido sin dejar rastro año y medio después de la caída de Lehman Brothers. Por lo que, de algún modo, me sentía de nuevo en la casilla de salida como escritor.

Por otra parte, estaba aproximándome a esa edad en la que se empieza a mirar hacia el pasado con creciente congoja, pues la carga de los años que han quedado atrás empieza a resultar no solo más amplia sino también más peligrosamente atractiva que la perspectiva que ofrecen los que quedan por venir. Sin embargo, me costaba tanto admitir esa situación, la del paso del tiempo asociado a mi persona, que ni siquiera fui consciente, hasta que estuve en la habitación del hotel en Berlín, del clarividente título del libro que me había llevado conmigo: No es país para viejos de Cormac McCarthy.

La agenda de actividades para los días que íbamos a estar en la ciudad era muy apretada e intensa. Mi querida compañera M. era una verdadera experta en gestión e intendencia, amén de tener un sólido criterio estético y una fe en las bondades de la docencia a prueba de bomba; una fe que me permitía a mí, algo más descreído, desempeñar el agradecido papel de lugarteniente o incluso de secundario de humor. Gracias a la capacidad organizativa de M. habíamos visto prácticamente todo lo que se puede ver en tres días en esa ciudad, desde la Puerta de Brandenburgo al Pergamonmuseum, pasando por la East Gallery del Muro o el Museo de la Stasi. 

Fue precisamente en el Museo de la Stasi donde experimenté la primera de mis oscuras revelaciones berlinesas.

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Primeras noticias del fin del mundo, un Paso de Rodrigo Fresán

Vista del Soda Lake desde Zzyzx, California (CC Mike Baird)
Vista del Soda Lake desde Zzyzx, California (CC Mike Baird)

¿A dónde ir cuando llega la oscuridad final? Un periodista de viajes podría plantearse así su último press trip, y encontraría al final de los atlas el pueblo más improbable: Zzyzx, en la nada del desierto de Mojave. Os proponemos el adelanto de un nuevo relato breve de ese viajero de palabras que es el genial Rodrigo Fresán y que, si sois suscriptores, podeis leer completo aquí.


Cuando era un niño, él siempre se negaba a la muerte de la luz. Entonces (en tiempos en que apenas habían cuatro canales de televisión, en blanco y negro, y las transmisiones terminaban apenas cruzada la línea de la medianoche luego de la emisión de diabólicas y torturadas películas como Sardonicus o Carnival of Souls y de que, a continuación, un sacerdote despidiera a todo y a todos predicando el creer en lo increíble sabiendo que la oscuridad nos vuelve más permeables a las ideas más locas, mucho más locas que lo que se había proyectado y emitido en Carnival of Souls o en Sardonicus) él se resistía a la hora de apagar las luces no con un click y no con un bang. No enfurecido, pero sí enfrentándose al sueño y, en esa camita baldía, buscando cualquier excusa para que nada acabara y que todo siguiese.

La oscuridad era el final de algo que —a pesar de todo y con todo en contra— se las había arreglado para llegar hasta allí y quién sabe si seguiría en su sitio y funcionando a la mañana siguiente.

Y la noche era un viaje sin mapa en el que resultaba tan fácil perderse.

Así, leer bajo las mantas con una pequeña linterna y pupilas dilatadas, o llevarse al oído y con el volumen muy bajo una radio cuyas larguísimas ondas cortas viajaban mejor por las noches de invierno. Y en las ondas, las voces flotantes, como de fantasmas demandantes de que se crea en ellos a ciegas. Voces en otros idiomas y, entre ellas, su favorita: la del locutor de la BBC que advertía despidiéndose, siempre, de que «This is the end of the world news». El fin de las noticias del mundo, sí, pero también, si se lo traducía literalmente, las noticias del fin del mundo. Sentencia como un mantra que él no podía evitar compaginar con las imágenes de otras películas en esos mismos ciclos de cine de antes de medianoche y de que los televisores se apagasen no sin antes aferrarse por unos minutos más a ese punto blanco en el centro de la pantalla ya oscura. Antes, esas radiactivas películas sci-fi de por entonces. Bajísimo presupuesto pero altísimo nivel de paranoia. En ellas, el planeta —al igual que su cataclísmica infancia, cortesía de padres que, como en varias de esos films, en más de una ocasión parecían haber sido suplantados y duplicados por aliens— siempre estaba a punto de sucumbir a una amenaza llegada desde los abismos del espacio o surgida de las profundidades de la Tierra. Bestias prehistóricas que alcanzaba la superficie para tomar el aire o meteoritos futuristas de puntería perfecta. Y, entonces, todos esos desconocidos extras y figurantes desfigurados y aplastados por patas gigantes o arrasados por olas de fuego.

Y él se recuerda a sí mismo entre sus siete y sus ocho años —recordándolo casi todo porque por entonces no hay demasiado para recordar— y pensando en que su vida podría acabarse en cualquier momento y en la paradoja de un amplio futuro con tan poco porvenir. Sí: en el principio de nuestras vidas es cuando más se piensa en la muerte mirándola de frente y no por eso dejando de temerla; mientras que es al final cuando más se intenta (en vano) pensar en cualquier cosa menos en el The End; en que lo poco que queda por vivir se vaya en la evocación de hechos nimios y cuanto más lejanos mejor. No es que uno ya no pueda recordar el presente inmediato. Es que no se quiere ser consciente de él y de su constante y tan pasajera brevedad.

En casi eso y ese sitio —pero aún no del todo— es donde está él ahora, sitiado.

A mitad de vida pero más cerca de lo último que de lo primero y contemplando junto a un médico una radiografía con los mismos modales con que otros observaron cielos estrellados o los cartas náuticas y líquidas de océanos donde, más allá de los bordes de lo desconocido y junto a los grabados de esas rosas de los vientos a despetalizar, siempre había monstruos esperando a que los marinos y su capitán callaran y cayeran por los bordes de un mundo plano. 

Ahora cae él. 

Mírenlo caer.

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MENOS LIBROS, MÁS POETISAS, UN PASO DE SILVIA CRUZ

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¿Sigue leyendo la población griega? ¿Y escribiendo? Silvia Cruz vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine para contarnos cuál es la realidad de la industria editorial en Grecia tras 10 años de crisis económica. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Un 43.80% de los griegos reconoce que no lee. Las últimas encuestas indican que en Grecia aumenta el número de lectores, pero también que los nuevos lo hacen por obligación: para pasar exámenes o por trabajo. Esas son las últimas cifras oficiales en un país que ha vivido lo peor de una crisis que ha asolado el mundo entero y que diez años después también ha cambiado radicalmente el sector editorial de la cuna, no sólo de la democracia, también de la poesía occidental. Hace tres años, el Gobierno griego se cargó el Centro Nacional del Libro y lo único que se mantiene intacto es el IVA reducido (6%) y el estancamiento del e-book (1% de las ventas), que los expertos atribuyen al precio de los dispositivos.

Un paseo por varias librerías de Salónica y Atenas confirman que, como en España, no son los lugares favoritos de los griegos. En una visita de más de dos horas a Kardamitsa, tienda ubicada en la capital, que también es editorial y ofrece títulos nuevos y de segunda mano a buen precio, entraron dos personas y sólo una compró un libro. Sólo es una anécdota pero los testimonios de libreros, autores y agentes confirman que el panorama ha variado mucho y que, aunque en algunos casos puede ser la puerta a cambios necesarios, el giro no ha sido para mejor en términos generales.

Los números lo confirman: antes de la recesión, Grecia vivió un pequeño «boom» editorial. Si en 1990 se imprimían 3.000 nuevos títulos, en el año 2000 se publicaron más de 7.000 y más de 10.000 en 2008. Pero en 2012 la cifra se situó de nuevo en 7.000. Se editaba poco y se vendía aún menos. Por eso, en 2014, el Gobierno eliminó su Ley de Precio Fijo y permitió descuentos a voluntad del tendero. Las excepciones son los libros de ficción (lo que más se vende) y los infantiles (los primeros que sufrieron la caída de las ventas), que pueden rebajarse como máximo un 10%.

Las pequeñas echan la persiana o buscan formas de sobrevivir. Fue el caso de Hestia, librería con 120 años de historia en Atenas que cerró en 2013, pero volvió a abrir en otro local en 2014. Evangelia Avloniti, directora de la agencia literaria Ersilia, informa de algo que también se ve en España: «Están proliferando pequeñas tiendas que se esmeran en dar un servicio más personalizado.»

Al preguntarle a Konstantina por el libro que más vende en su local se dirige hacia un ejemplar que tiene el nombre de la autora, Lena Mantá, impreso en letras enormes. Es el tipo de libro que más se ha vendido durante la crisis. Lo llaman «literatura rosa» porque los compran mujeres de entre 20 y 50 años, pero no necesariamente hablan de historias románticas. A Konstantina no le gusta esa denominación. «Es despectiva y quizás no pasarán a la historia de la Literatura, pero han impedido que cerremos», dice la librera, que prefiere referirse a ellos como «libros de playa» y destaca los 80.000 ejemplares que se imprimen en primeras tiradas cuando lo habitual en Grecia es hacerlas de 500 a 2.000.

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APRENDE A AMAR EL PLÁSTICO, UN PASO DE CARLOS VELÁZQUEZ

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Hoy Carlos Velázquez se estrena en los Pasos de Altaïr Magazine con una crónica en primera persona sobre los teibols de Monterrey. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Sé que nadie me quiere por cabrón. Pero soy un cabrón sensible. Y aunque les cueste creerlo, en ocasiones he querido hacer las cosas bien. Pero siempre que un hombre desea enderezar su destino aparece un teibol para conducirlo por el camino del mal. Me encontraba en Monterrey. Y en dicha ciudad está uno de mis lugares favoritos del mundo: El Matehuala. La capital del table dance del noreste de México. Visitar Monterrey y no pisar El Mate es como ir al Vaticano y no besarle la mano al Papa. Meses atrás habría acampado sin miramientos en la pista con una cubeta de Indio. Pero trataba de enmendarme. Tenía morra. Presumo que me quería. Sí, a este cabrón que nadie quiere. Y ese día era su cumple. Mi plan consistía en comer en La Nacional y después treparme a un autobús que me llevara a Torreón, para asistir a la fiesta de cumpleaños de mi chica.

Sufro de un mal extremo, soy incapaz de negarme a acudir a un teibol. Un par de compas me rogaron, literal, para que  los acompañara a uno. Te mamas un par de chelas, pides un taxi, pasas por tus chivas al hotel y te tiendes hacia la central camionera.

El plan sonaba bastante inofensivo. Honestamente, no se me antojaba. Mi corazón me dictaba otra cosa. Pero me derrotó el mal consejo. Total, qué podía pasar. Estaba convencido de que no me dejaría tentar. Podía huir a medio cubetazo. La clásica voy al baño (desaparezca aquí). Salí de La Nacional embarazado de mollejas, atropellado y chicharrón de Rib Eye. No es el mejor estado para entrar al teibol, de acuerdo, pero la necedad es como el deporte. Siempre hay que exigirle más al cuerpo. Llevarlo a sus límites. 

Dios estaba de mi lado. Caminé por Madero acompañado por dos matalotes, cuya identidad protegeré para no afectarlos en su relación sentimental, pero por no dejar agregaré que me sacan más de quince centímetros de altura y como cuarenta y cinco de cintura. A unas calles divisamos el letrero del Mango, nuestra primera parada.

Existió un tiempo en que la sola mención de Monterrey me inducía visiones. Cada vez que yo escuchaba a alguien pronunciarlo me veía a mi mismo sentado en la pista del Infinito con los billetes apretujados en ambas manos, algunos cayéndoseme al piso, con una morra encajada en mis piernas. Ocurrió durante la era paleolítica. Traducción: antes de la guerra vs el narco. Cuando MonteHell era el paraíso de la tabla. El Infinito siempre fue mi animal de poder. Mi animal fantástico. Pero tenía mi puti tour. Entre mis preferidos también destacaba el Givenchy. Qué tiempos Señor del Rincón. Mi juventud la repartí entre la lectura y el deambulaje por la calle Villagrán. Cómo extraño ese Monterrey. En el Mango nos aplastamos alejados del tubo. Pero así nos hubiéramos sentado en la pista estaba a salvo. Nada me quebraría. Era un hombre enamorado. Los dos matalotes se sentaron viejas en las piernas. Típico. Cuándo se ha visto que la vaca no lama el terrón de sal.

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BOGOTEA, UN PASO DE JUAN TREJO

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Continuamos la serie de crónicas «Vida portátil» del escritor Juan Trejo en los Pasos de Altaïr Magazine con «Bogotea». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Esto ocurrió en la mitad del camino de mi vida. O al menos eso espero.

Había sido invitado a la Feria del Libro de Bogotá. Pocos meses antes había ganado un premio literario; de ahí la invitación. 

Llegué a la ciudad cuando estaba anocheciendo. Me recogió en el aeropuerto un tipo con un cartel que lucía un apellido que, aunque estaba mal escrito, podía pasar por ser el mío. El chófer, más bien parco en palabras, me llevó hasta el hotel en un auto grande que olía a recién estrenado. El tráfico nos permitió recorrer ese trayecto a buen ritmo, sin sobresaltos de ninguna clase. No puedo decir que viese nada de la ciudad más allá de las escasas edificaciones que surgían de vez en cuando a ambos lados de la autopista: casas bajas, curiosamente, y algún que otro almacén destartalado. Cuando los edificios empezaron a crecer hacia arriba y a concentrarse a lo ancho, a medida que avanzábamos hacia el centro de Bogotá, las luces chillonas que surgían de cualquier rincón, ya fuese de anuncios o faros de vehículos o de farolas mal alineadas, me llevaron a que dejase de mirar hacia fuera; me dolían los ojos porque mi tendencia a la fotofobia se había visto acentuada por las muchas horas de vuelo con los ojos fijos en la pantalla. Lo cierto es que no estaba interesado en captar algo que sabía que no iba a poder captar en ese momento.

Reservaba todas mis fuerzas para un fin superior: cenar en cuanto llegase al hotel meterme en la cama a la brevedad y cruzar los dedos para pasar la noche de un sueño.

No tuve suerte. Me desperté seis o siete veces durante la madrugada. Dormí poco y mal. Y tuve pesadillas reiterativas. Pero en cuanto el cielo empezó a clarear me levanté de un salto, como un resorte. No iba a tardar en pagar las consecuencias de la falta de sueño, en cuanto empezó a asentarse la implacable sensación de irrealidad, pero el hecho de tener que afrontar algunos retos en las horas siguientes me aportaba una energía suplementaria esa mañana. Aunque he de confesar que en ocasiones, sobre todo si no he dormido bien, tiendo a confundir la tensión y el nerviosismo con la sensación de estar cargado de energía.

Llegué al recinto ferial a pie, acompañado por un conocido editor español que también se alojaba en mi hotel. Recorrimos unas cuantas calles de aspecto popular, propias de barrio obrero, con mucho tráfico rodado, pero aun así tranquilas, limpias incluso. Una vez dentro, las edificaciones, los gigantescos hangares o almacenes que componían el recinto, con sus correspondientes calles asfaltadas que llevaban de un lugar a otro, transmitían un dudoso glamur trasnochado que recordaba a las instalaciones de los viejos estudios cinematográficos de Hollywood. 

A pesar de las voluntariosas indicaciones del que había sido mi acompañante hasta entonces, encontrar el pabellón en el que estaba ubicado el stand de mi grupo editorial no resultó sencillo. La Feria ya había abierto las puertas al público y una verdadera muchedumbre, formada en buena medida por estudiantes, algunos ataviados con uniformes de colores llamativos, ocupaba cada uno de los rincones de las calles que cruzaban de un sector al otro.

Los nombres y los números de los pabellones, por otra parte, parecían responder a un código hermético imposible de descifrar; imposible al menos para mí y mi cada vez más persistente sensación de inestabilidad física y mental.

Días atrás, el representante colombiano de mi editorial me había enviado un correo diciéndome que en el stand de la feria me encontraría esa mañana con Mario Mendoza, el escritor que habían elegido para que presentase mi novela. Sabía más bien poco de él. Había leído un libro suyo años antes de imaginar siquiera que me presentaría en Bogotá, precisamente a modo de documentación para escribir la novela que había de ganar el premio, pero cuando conocí el nombre de mi presentador no lo asocié ni al libro que había leído ni mucho menos al motivo de su lectura. Fue investigando en internet como llegué a conectar ambas cosas. 

Tenía claro su aspecto físico, los rasgos de su rostro al menos. Poco más. Si acaso cierta querencia suya por lo paranormal y lo escabroso. Habida cuenta de que parecía un escritor algo alejado del espectro temático en el que podía situarse mi novela, estaba intrigado por saber por qué lo habían escogido y si llegaríamos a encontrar un lugar común, a nivel intelectual, en el que compartir puntos de vista. Temía que fuese aburrido, que no me interesase lo más mínimo aquello que pudiese contarme o, lo que me parecía mucho peor, que fuese engreído, pagado de sí mismo: un soporífero experto en ocultismo de esos que se comportan como si fuesen catedráticos de Oxford.

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GUERRILLERO EN GRAZ, UN PASO DE MARC CAELLAS

Marc Caellas vuelve con una nueva crónica a los Pasos de Altaïr Magazine y en esta ocasión nos traslada hasta Graz, Austria y su mundo de teatro. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Llueve en Graz. Hace frío. Es de noche. Poca gente en la calle. Pregunto por mi hotel a un caminante solitario. Su primera actitud es la de guiarme, pero luego se lía, habla por teléfono mientras enciende un resto de porro, y terminamos en una calle sin salida, en otro hotel. Me alejo de él enfadado, como si tuviera la culpa del mal tiempo o incluso de mi mal humor.

Llego al hotel empapado. Es uno de estos hostels que han proliferado en paralelo a las aerolíneas low-cost y al inagotable deseo de viajar de los jóvenes europeos. El ambiente en la recepción es tranquilo, pero cuando me fijo más me entran ganas de largarme a la imperial Viena. White trash all aroundpienso, y sí, no soy diplomático cuando hablo conmigo mismo. White trash es un concepto acuñado en los USA y se refiere a personas que parecen en bancarrota cultural. Gente con modales brutos, mal gusto y peor pinta. La decadencia europea en su máximo esplendor. Si estoy aquí es que también formo parte de ella. 

Sobre esta decadencia trata Guerrilla, la pieza escénica de El Conde Torrefiel que vengo a interpretar y, sobre todo, a entender. Intuyo que esta Guerrilla es ese tipo de obras que marcan un punto de inflexión en el arte de una época. El proceso de creación de la obra genera una implicación con la ciudad donde se exhibe poco habitual. Es una cuestión de tempo. El teatro del siglo XXI es esto. Aunque aparecieron en escena antes, yo me atrevo a decir que El Conde de Torrefiel son una consecuencia del 15-M. Pocos creadores han logrado cristalizar en sus propuestas artísticas toda el malestar, cabreo, pero también la fuerza o energía que brotó en las plazas españolas la primavera del 2011. Sus trabajos son siempre colectivos. Gente de distintas disciplinas se juntan, se tocan y de ahí saltan chispas con las que los alquimistas Tanya Beyeler y Pablo Gisbert afinan sus piezas. 

En junio de 2016, Nico Chevallier y Pablo Gisbert estuvieron una semana en Graz. Montaron unworkshop. Seleccionaron a 12 jóvenes austríacos, de entre 25 y 40 años. Tras un par de días que transcurrieron entre conversaciones introductorias situadas en una zona de confort poco interesante, una de las jóvenes se levantó y dijo: bueno, ¿vamos a hablar en serio o no? Todos aquí tenemos un nazi en la familia, ¿vamos a hablar de eso o no? Resultó que sí, que hablaron, y que uno participó en la entrada en París, otro combatió en Normandía, y otro fue guardia en Auschwitz. Las doces personas presentes eran descendientes de abuelos nazis. La obra en la que iban a participar,Guerrilla, habla de la guerra, de la guerra que viene, aunque no lo parezca, en esta ordenada ciudad de provincias austríaca. El partido de extrema derecha FPÖ había perdido en mayo las elecciones presidenciales por muy poco, pero ciertas irregularidades con el voto por correo hicieron que el Tribunal Constitucional ordenara su repetición para diciembre. Dos generaciones después, un partido xenófobo estuvo a punto de llegar al poder por las urnas; finalmente venció una candidatura independiente vinculada a Los Verdes.

Algunas de estas historias personales se incluyen en la dramaturgia de la pieza. No sólo los cuerpos de los performers sino su alma, sus genes, su pasado. Pablo no tiene listo el texto definitivo de la obra hasta pocas horas antes de la primera función en cada ciudad que se presenta. Esa tensión, que repercute en el traductor, el dramaturgista y los técnicos, se vuelve a favor de la pieza, que se mantiene viva. No deja de ser una ficción, pero con grietas, agujeros por dónde se cuela la «realidad» de esta Europa que se desmorona entre festival y festival, entre anuncio de cerveza Estrella y anuncio de cava Freixenet.

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Graz es la segunda ciudad en tamaño de Austria. Menos pomposa que Viena, Graz tiene la atmósfera de una gran ciudad universitaria, y alberga en su seno comunidades turcas, albanesas y de todos los países de la ex Yugoslavia. El festival Steirischer Herbst se celebra cada año desde 1968 y durante un mes se toma la ciudad con una programación que salta por encima de las divisiones clásicas entre disciplinas artísticas.


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